Nicolás Valentini y lo que significó la filmación de Pañuelos para la historia
“Hay un puente emocional muy fuerte”
Junto a Alejandro Haddad, quien no llegó a ver el documental terminado, el realizador fue testigo del modo en que se enlazaron las luchas de las Madres argentinas y las mujeres kurdas sometidas a un esquema parecido de violencia y terrorismo de Estado.
“Nora es una persona súper enérgica. En ningún momento se le ocurrió decir ‘no vayamos a ningún lado, hoy quiero descansar’.”“Nora es una persona súper enérgica. En ningún momento se le ocurrió decir ‘no vayamos a ningún lado, hoy quiero descansar’.”“Nora es una persona súper enérgica. En ningún momento se le ocurrió decir ‘no vayamos a ningún lado, hoy quiero descansar’.”“Nora es una persona súper enérgica. En ningún momento se le ocurrió decir ‘no vayamos a ningún lado, hoy quiero descansar’.”“Nora es una persona súper enérgica. En ningún momento se le ocurrió decir ‘no vayamos a ningún lado, hoy quiero descansar’.”
“Nora es una persona súper enérgica. En ningún momento se le ocurrió decir ‘no vayamos a ningún lado, hoy quiero descansar’.” 

Pañuelos para la historia es un documental que trasciende fronteras, en más de un sentido. A pesar de los miles de kilómetros que separan a la Argentina de Turquía, y de tantas diferencias culturales, dos jóvenes cineastas hallaron una similitud en la que hacer foco. Alejandro Haddad y Nicolás Valentini acompañaron a Nora Cortiñas en un viaje hacia la región kurda del país asiático y siguieron todos sus movimientos. Fundamentalmente, sus reuniones con las Madres de la Paz, de Diyarbakir, y las Madres de los Sábados, de Estambul, quienes perdieron a sus hijos en los noventa, en un contexto de violencia y terrorismo de Estado, y admiran y toman como ejemplo la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. El viaje se realizó en 2013. El estreno de la película es este jueves en el cine Gaumont, “en un contexto propicio para reivindicar la tarea de las Madres”, según remarca Valentini, en diálogo telefónico desde Rosario.

Culminar el proceso creativo no fue fácil para este director, que antes dirigió 4 3 2 UNO junto a Mercedes Farriols (2009). Su compañero, Haddad, falleció en 2014, con apenas 34 años. No llegó a ver el trabajo final, y a su memoria está dedicada la película. Era maestro, poeta, documentalista y periodista (escribía en medios como Sudestada y Resumen Latinoamericano). Le interesaba trabajar con problemas sociales y, ante todo, con la temática de los derechos humanos. Escribió varios artículos sobre la lucha y la resistencia del pueblo kurdo, conflicto del que era un conocedor. De él surgió la iniciativa de Pañuelos para la historia. Cuenta Valentini que, en México, Haddad se había hecho amigo de un kurdo interesado en la comunidad zapatista. En 2009 visitó Siria y Turquía. Allí “se empapó del conflicto kurdo”. 

“En otra circunstancia, los compañeros kurdos hicieron un Foro de la Mesopotamia y le pidieron a Alejandro si quería invitar a algún referente social de relevancia. Hizo un contacto para que invitaran a Nora. Filmó un poco, y cuando volvió me preguntó si quería involucrarme en el proyecto de Pañuelos para la historia”, relata Valentini. En un principio, la intención era hacer un film sobre la lucha de las mujeres kurdas, a un nivel más general. Pero Valentini sugirió centrarse en el viaje de Cortiñas (de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora), para establecer un recorte y también acercar a los espectadores a aquella realidad lejana. “La estructura dramática es la del viaje del héroe”, sintetiza el director. Al comienzo quedan expuestas ciertas diferencias: una Madre del pueblo kurdo le cuenta a Cortiñas que su hija se inmoló ante sus ojos para pedir paz. El relato avanza hasta que la referente argentina asesora a las mujeres kurdas para presentar una carta ante Naciones Unidas, en Ankara. Un dato interesante es que esta gestión fue una idea que surgió en el marco de la realización del documental.

En resumen, el film profundiza en el conflicto kurdo en Turquía, donde este pueblo sufrió una represión por parte del Estado y paramilitares a su servicio en los noventa. Miles de personas murieron y otras miles se encuentran desaparecidas. Aunque más de costado, el rol de la mujer en esa sociedad está también abordado. Y otro de los ejes es la figura de Cortiñas: se la ve subiendo montañas, curioseando sobre las costumbres de otra cultura, contagiando ánimo de lucha y aportando su experimentada mirada. 

“Hoy está muy difícil todo. No podríamos ir para allá. Los traductores estuvieron moviendo el documental, lo pasaban en dos canales kurdos. Censuraron esos canales. Se recrudeció todo. Había un proceso de paz que se estaba llevando adelante y ahora se fue para atrás”, lamenta el cineasta. “Está todo mucho más pesado. En la ciudad a la que fuimos hubo varias represiones, con muertos y censura.”

–¿Por qué buscaron trazar un paralelismo entre las historias de dos pueblos?

–Queríamos tomar varios temas. Uno es la lucha de las mujeres en sí. Las mujeres kurdas tienen dos luchas: por la reivindicación del pueblo y por las mujeres dentro del pueblo. Tienen sus propias organizaciones, centros de educación y de talleres, una corresponsalía de noticias. De paso, aclaro: una de las chicas que aparece en el documental, que le hace una entrevista a Nora, está presa por ser periodista, hace ya casi dos años. El otro eje era en referencia a los Derechos Humanos y el reconocimiento internacional de las Madres de Plaza de Mayo. Hay otras Madres que sufren lo mismo, con menos experiencia, que las toman como referencia. Quisimos mostrar ese encuentro, porque Oriente y Occidente son muy diferentes en cuanto a la cultura, la religión, la idiosincrasia. A su vez, hay un puente que une a las Madres: compartir el mismo dolor, la pérdida de un hijo. Ese contacto que tienen es muy emocional. Muy fuerte. 

–¿Qué fue para usted lo más fuerte de la experiencia?

–Nací en España porque mis viejos se habían exiliado en los setenta, y esto me tocó desde un punto de vista personal. Me acuerdo que después de una reunión con una de las Madres, que nos contó cómo su hija se había inmolado, me metí en una mezquita –era la primera vez– y con toda esa angustia que llevaba encima, apoyé la frente en el piso y empecé a llorar desconsoladamente. Otra experiencia fuerte fue saber que nos controlaban, que nos seguían. Había policías de civil en la puerta donde parábamos. Autos que nos seguían. Me acordaba de lo que hubiese sido acá, en otra época. Así que me llegó por varios lados. Yo dormía en una habitación al lado de la de Nora. Alejandro dormía en la casa del traductor, que este año estuvo preso como dos meses... Yo estaba mucho tiempo con Nora. Y fue una experiencia importante poder capturar ciertos momentos, como cuando la llaman para su cumpleaños. 

–¿Qué cosas le sorprendieron de Cortiñas?

–Es una persona súper enérgica. En ningún momento se le ocurrió decir “no, no vayamos a ningún lado, hoy quiero descansar”. Tiene una energía que muchos jóvenes no tienen. Se levanta todas las mañanas y sale a la calle a apoyar alguna causa social. Ese modo de vida termina siendo súper vital. A muchos nos puede agarrar angustia y una tendencia a no hacer nada, porque a veces el mundo es tan cruel que te aniquila emocionalmente. Para ella no es así. Y es muy graciosa. Capaz que a a la nochecita se quiere tomar una cerveza o un vinito. Tiene la diabetes en un lugar secundario. Se da lugar a esos caprichos. Enseña con el ejemplo, por eso la llaman tanto. Era un pedazo de historia al lado nuestro en una situación cotidiana. En Estambul, en la última concentración que aparece en el documental, se puso el pañuelo y se acercó todo el mundo a saludarla, sacarse fotos, abrazarla y besarla. ¡En Estambul! Inmediatamente la reconocieron. Tipo estrella de rock. Por ahí acá nos olvidamos de estas cosas.

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