Opinión
Un feminismo para el 99 por ciento
Imagen: Joaquín Salguero

No soy feminista, dijo el otro día una actriz famosa y millonaria en una entrevista. No es la primera vez que una mujer dice algo así. No nos enojemos, compañeras. Pensemos qué de nuestras construcciones colectivas deja afuera a aquellas mujeres y disidencias que no compran combo completo. A esa también, la que dice que no es feminista, a la que es feminista y no sabe, a la que dice que no es pero goza de los avances del movimiento, a la que está en las barriadas y no se dice feminista pero sabe muy bien qué quiere decir “Ni una menos”. A esa también la queremos feminista, la queremos hermana. 

Estamos haciendo política. Desde la fundación de ese espacio que nos reunió en Ni Una Menos hacemos política. Una política que nunca se basó en descalificar ni en ser vigilantes de nadie, ni de amigxs ni de contrarixs. La construimos en el proceso de asambleas feministas donde confluimos miles para marchar juntas en las calles. Incluso con disidencias, buscamos una base común de demandas. 

Es histórico que en la Argentina hayamos conseguido llevar a cabo tres paros –internacionales– contra el Gobierno con documentos de reclamos unificados y transversales, que representan a millones. Ese es el feminismo popular que hace de las precariedades un común desde el cual articular y aportar a la construcción de una alternativa a los proyectos miseria y muerte del neoliberalismo lleva adelante de forma constante. 

Es así. No vamos a estar todas de acuerdo. Hasta hace unos años, las personas trans no eran bienvenidas en los Encuentros Nacionales de Mujeres –que ya están en hora de cambiar su nombre–, tampoco eran recibidas las trabajadoras sexuales. Esas barreras las derribamos nosotras. Porque lo que menos necesitamos son muros estilo Trump que nos separen de nuestras propias compañeras. 

Los tiempos nos llevan en una larga marcha a través la emergencia de nuevxs actorxs políticos y sociales en los últimos años, a generar alianzas insólitas y alianzas estratégicas que nos dan la fuerza de lo colectivo. Así se vio en las jornadas de debate por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Allí estuvieron, aliadxs, [email protected] [email protected] de distinta extracción política, del rojo al amarillo, todxs aunadxs por el pañuelo verde. Pocxs se atrevieron a subestimar las potencias feministas de ese ejercicio político que intentó conquistar justicia social para todas sin privilegios, es decir el aborto legal, seguro y gratuito. 

Los pañuelos no se guardan y esa lucha continúa. Al mismo tiempo la dinámica coyuntural nos planta en un país desocupado, endeudado, empobrecido. Y ahora, con la aprobación parlamentaria de un presupuesto de ajuste, recesión y represión. Nosotras, las que pensamos un feminismo del 99 por ciento desde la transversalidad creemos en un movimiento que cruce e incluya todos los ejes de opresión. Y de cara a un proceso eleccionario que tendrá lugar en menos de un año, no podemos perderle el pulso al clima social.

En medio de un escenario en ruinas, es posible que la economía defina en parte la elección del 2019. Macri ya se anunció como candidato para la reelección. Parece un contrasentido que en medio de este panorama pueda volver a erigirse en rey. Pero el oficialismo cuenta con una enorme ventaja: incluso con sus bufones y rebufadores, tiene la espada de la unidad. 

Podríamos decir que sí, que la unidad de ellos es disciplinamiento para nosotrxs. Pero nosotras no creemos que ese ejercicio epistemológico y político del discernimiento deba funcionar al mismo tiempo como estrategia clasificatoria del volumen, la calidad y la cantidad de feminismo que cada compañera posea. Nos negamos a ser clasificadas de esa forma según la cercanía o distancia respecto de un centro “iluminado”. Entendemos que esa concepción de la política constituye un problema, ya que nos obligaría a suspender la lucha contra el neoliberalismo cada vez que padecemos un embate, o cada vez que queremos exigir una política. Fue en este sentido que los feminismos fuimos parte sin titubeos del rechazo a la represión al pueblo mapuche, a la reforma previsional y al presupuesto 2019, y otros tantos. Fue en este sentido que, con la elaboración y la sofisticación política que los feminismos populares practican, se articuló una estrategia para la conquista del aborto legal, que incluyó los acampes masivos de 2018 y al mismo tiempo el tejido parlamentario que logró visibilizar ciertas contradicciones del propio bloque dominante en relación a su vocación democrática. 

Para nosotrxs, para la oposición, la unidad es un objetivo, una meta a conseguir, pero no somos ingenuas en relación con las limitaciones del mito de la unidad –vaya como ejemplo revisar la experiencia de la Alianza en la historia reciente–. Sin embargo, ¿no contamos con saberes, experiencias, prácticas milenarias de la articulación de las resistencias ante los imperios, para saber que la unidad es un mito pero que la praxis de hacer unidad transversal es la fuerza que mueve las resistencias históricas a la opresión? ¿Alguien llegó alguna vez realmente a producir una unidad? La respuesta es no. Pero las fuerzas políticas dinámicas que ese ejercicio popular puede arrojar como saldo son aquí el punto más importante, el que realmente nos mueve a pensar con humildad y seriedad: ¿no dejó acaso el kirchnerismo un saldo de acumulación popular de densidad que también es parte de esta nueva resistencia? Aclaramos esto porque creemos que los elaborados ataques a aquellas que articulan militancias con un dirigente popular como Juan Grabois –a quien conocemos y valoramos por su trabajo en los movimientos sociales desde hace tiempo– también tienen una silenciosa trama: obviar que es con el objetivo de fortalecer la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner que se formó el Frente Patria Grande. Un Frente que se compone de tres sectores: Vamos, Nueva Mayoría y Tres banderas, para tratar de componer un ámbito de respeto, democracia y honestidad que se sostiene en su transversalidad y diversidad ante cualquier estrategia destructiva hacia los lazos entre militantes. Y por supuesto que queremos que CFK –hoy perseguida por el régimen como principal candidata de la oposición– no vuelva a estar rodeada de corruptxs, así como también queremos que sean juzgados los curas abusadores y haya una contundente separación de Iglesia y Estado. Nos une con Juan y los compañeros del Frente Patria Grande un objetivo: derrotar el proyecto de Cambiemos. Y utopías de igualdad, libertad, sororidad y fraternidad comunitaria.

Entendemos que para ensanchar y transversalizar nuestros movimientos, no podemos ni desplazar nuestras demandas ni seguir fragmentándonos. Tenemos que incluir todas las luchas, integrar las expresiones de distintos movimientos. Incluso si no se ajustan de manera perfecta a nuestros programas. Esos debates que daremos, hacia adentro, pero también hacia afuera como siempre, nos acercan a la utopía que perseguimos. Porque el feminismo se potencia en tanto esté en sintonía con los conflictos sociales. La transversalidad es sumar luchas, no adeptos.

La crueldad del neoliberalismo con las excluidas encuentra su imagen más atroz en la niña wichi analfabeta que llegó en estado desnutrición y con un embarazo avanzado producto de una violación a un hospital en el que le fueron negados una vez más sus derechos de niña. La plena implementación de la Ley de Educación Sexual Integral en toda la Argentina no puede ser escindida de la lucha y la garantía de los derechos humanos más fundamentales de alimentación, educación básica y vivienda digna. 

Sabemos por la experiencia de siglos que para conquistar lugares y derechos tenemos que abrirnos paso, nunca nos es nada dado. Incluso en nuestros propios espacios políticos, donde tenemos que disputar equidad, paridad, representatividad. No es noticia para las feministas estar en batalla constante con aquellxs que del mismo color nos ponen a un costado del escenario, como adorno violeta en la lista, o relegan nuestras demandas en pos de un mal supuestamente mayor. La unidad y la transversalidad que queremos son las que abrigan contradicciones, cuestionamientos y también puntos de desencuentro. No la que dicen erigir cuatro tipos en una mesa elegante bajo una luz fría y azul. 

La disputa por los sentidos de los feminismos no está en juego en un debate televisivo y facebookero, sino en cómo conseguimos que se componga una oposición sólida, inclusiva y transversal que le ponga freno a la avanzada antipopular que nos arrasa en Latinoamérica y el mundo. El mundo que proyectan es de pocxs para pocxs. Con otra cantidad de personas de servicio y descarte. Lxs más vulnerables, con sus condiciones específicas de exclusión, por género, por migrantes, por pobrxs, quedarán bajo ese proyecto, cada vez más afuera del mundo. En este sentido entendemos que los feminismos son parte de una rehabilitazación histórica contra el capital que no ocurría desde comienzos del siglo XX. Acá, ahora, está en juego la democracia y vamos a luchar por eso sin bajar ninguna bandera, sin renunciamientos. 

Parte del feminismo copó pantallas y vidrieras. También las calles. Qué proyecto político nos lleva a sostener nuestras demandas desde el poder es la pregunta que nos hacemos. Qué posibilidades tenemos quienes queremos cambiarlo todo de huir de la captura neoliberal y de llevar realmente a cabo nuestros proyectos. Qué proyecto político nos lleva a poder hacer realidad nuestros sueños, aún si en ese proyecto político debemos luchar incansablemente por ponernos de acuerdo. De luchar sabemos bastante quienes acompañamos desde hace décadas las luchas de lxs más humildes. Es posible que nuestros sueños no quepan en las urnas. Pero en la próxima posta del camino hay urnas. Y en la urnas entran también AUH, reformas laborales, cloacas, pavimentaciones, políticas de extractivismo de nuestros recursos, salud, educación. Y entonces, a las urnas, tenemos que usarlas.

* Ensayistas, escritoras e integrantes de Ni Una Menos. 

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