Opinión
Un bono, una unidad, una advertencia
Imagen: NA

Son unos días de avances, retrocesos, contradicciones, ingesta de sapos, pero algo asoma como indicador de esperanzas hacia un frente opositor que todavía carece de nombre.

Lo más evidente es que la CGT –entendiéndose por tal cosa a los pocos dirigentes que la emblematizan pero, todavía, con un poder de influencia realmente existente– canjeó el paro por un bono de fin de año. 

Suceden al respecto varias sensaciones y evidencias. Lo más fácil de entender es (a) que Casa Rosada busca atravesar diciembre con turbulencias controlables, (b) la improvisación de la medida y (c) que el monto y características del instrumento son, en cualquier caso, poco menos que un chiste al cotejárselos con la pérdida del poder adquisitivo. 

Se largó la noticia y después de eso hubo, hay, idas y vueltas en torno de si alcanzará a los empleados estatales, si las pymes tendrán excepciones, si la obligatoriedad es discutible, si el bono se tomaría como parte de arreglos paritarios. 

El Gobierno se lava las manos, juega a su sensibilidad social y, de ser necesario, la culpa la tendrá el círculo rojo que no lo acompaña. 

Las cámaras empresarias, con algunos de sus referentes de manera más explícita, descubren la cuadratura del círculo y reconocen que, cuando en el gobierno anterior se tomaron disposiciones similares, era demagogia pero con un mercado interno activo. 

No había recesión. Se podía hacer el “esfuerzo”. Ya no. La economía está planchada. Admiten que poner unos pesos en el bolsillo de la gente reactivaría el consumo, pero con el pequeño detalle –insostenible en el caso de las grandes empresas, harto comprensible en el de las chicas– de que no hay más plata con el proceso recesivo en esplendor y el crédito inaccesible por unas tasas de interés incalificables en el mundo entero.

Mientras tanto, el vocero del canje cegetista, Héctor Daer, se sienta a la mesa ampliada de la unidad peronista. Que vaya si está bien. Que se siente, que quede del lado al que se van corriendo casi todos en términos de agrupamiento antimacrista; que se haya avanzado, y cómo, en la foto de la unificación. Si es por el bono, entregó. Si es para articular en tiempos electorales, que quede bajo el paraguas.

Por algo se empieza, o se prosigue, y esa foto de la semana con el regreso “oficial” de Solá, Moyano, Pignanelli, el Evita, intendentes del conurbano, es imprescindible. Quedaron afuera los que definitivamente juegan al peronismo blanco o cosas peores. Como Miguel Angel Pichetto, que habló de los que se calzaron el traje de la revolución cubana en el debate por el Presupuesto. Un chiche. 

Puristas, abstenerse. Chiquilinadas de la (no) lucha por el poder, otro tanto. Después se verá cómo se ensambla esa dialéctica. Primero, sacarse de encima a Macri con una vocación efectiva. Pero, simultánea o muy próximamente, el plan de acción que trascienda a la táctica electoral. El panorama es mucho más grave de lo que parece.

Hay un aspecto de la crisis que, siendo por lejos el prioritario en la denominada economía “macro”, es al que menos atención se le presta. 

La razón sería sencilla. Una inmensa mayoría de la población, comprensiblemente, está muy sin cuidado sobre lo que significan las imposiciones del FMI a mediano plazo. En concreto, después de 2019. 

Desde ya que se sabe cómo terminaron tarde o temprano todas las experiencias de relaciones carnales con el Fondo. Que ahora mismo se padece el ajustazo contra quienes menos tienen, más –sobre todo, en función de las expectativas creadas por el macrismo en ese sector– el apriete a la clase media.  

En medio de esta situación dramática, precisamente, las víctimas no se ponen a sacar cuentas de lo que, encima, les espera para (de piso) dentro de un par de años.

El jueves pasado  se conoció que FitchRatings le bajó la nota a la evaluación de la deuda argentina en dólares. Pasó de “estable” a “negativa”. Podría metaforizarse como un descenso del Nacional a la B Metropolitana. O aún peor. 

Fitch es una de las agencias internacionales que, como Standard & Poors y Moody’s, se dedican a reputar los títulos de deuda de países y compañías. Sus economistas, en línea con las previsiones de Wall Street y ante todo de la patria financiera internacional (que no son exactamente lo mismo), consideran que la economía argentina es mucho más débil que la previamente estimada. Advierten que la recesión es un obstáculo para cumplir el objetivo oficial del Déficit Cero. Y que ya se nota la influencia de una elevada incertidumbre electoral. 

En otras palabras, y como bien lo resaltó la crónica del informe publicada en PáginaI12, Fitch les adelanta a fondos de inversión, bancos globales y grandes operadores del mercado que, probablemente, Argentina declarará un nuevo default en 2020. Será entonces cuando se agote el dinero provisto por el FMI.

También en este diario, el último miércoles de octubre, el economista Julián Zícari explicó las cifras con destacable simpleza numérica y política. Entre este mes y diciembre del año próximo vencen cerca de 83 mil millones de dólares mientras el Fondo presta 36 mil. Significa que, aunque se trate del paquete de “ayuda” más espectacular de la historia del organismo, la tropa de Christine sólo podría cubrir la mitad de la deuda. Al resto, se supone, el Gobierno lo refinanciaría en la plaza local. Pero, para fines de 2019 y en adelante, la montaña de vencimientos impagables presagia que el default es inevitable si la deuda en dólares queda como está.  

Uno de los objetivos, sintetiza Zícari, es canjear “deuda tóxica” por “deuda limpia”. Argentina, en vez de deber, por ejemplo, dinero en Letes en manos de un inversor particular, “le deberá ese dinero al FMI, (...) al cual es imposible dejar de pagarle porque rompería con las grandes potencias”. Y así, continúa, como ocurrió en Grecia y como se busca que nos pase a nosotros, el país quedará preso de las políticas del Fondo más allá de que electoralmente pudiera triunfar “el populismo”.

La dimensión de este ahorcamiento siniestro en el que, por ahora, pocos reparan, debiera obligar a que los esfuerzos en busca de la unidad verdaderamente opositora sean paralelos a avanzar en acciones de gobierno específicas y clarificadas. 

Que primero está el programa y después las candidaturas no tiene que ser una frase hecha. Es un imperativo.

En lo básico, ninguna opción que se pretenda como tal al desastre macrista deberá privarse de plantear la renegociación de la deuda con el FMI. No hacerlo implicaría otra estafa electoral. Y hacerlo será tomar nota de la fuerza social y la capacidad de liderazgo popular que se necesita para un desafío inédito.

De la crisis por el endeudamiento externo en los ‘80 del siglo pasado, junto con la hiperinflación que acabó con el gobierno de Alfonsín, se salió por la derecha neoliberal –la única que quedó, en rigor– encarnada en el menemismo. 

Acabada esa fantasía con la eclosión del corralito, surgió la anomalía kirchnerista que hizo una lectura notable de las condiciones socio-políticas. Aprovechó un escenario internacional favorable en los precios de las materias primas. Eso no fue magia ni viento a favor. Fue decisión política, luego articulada con los gobiernos progresistas de la región en una ruta que se extraña cada día más. 

Nada, o muy poco de eso, sucede ahora. Un fascista del libre mercado gobernará Brasil, nada menos. Y en la escena local debería ser increíble, pero no lo es, que Macri, su pandilla de CEOs, o alguna carta de última formateada como Heidi, conserven chances de reelección gracias a motivos sociológicos, publicitarios, de memoria colectiva crecientemente efímera, de aliento al odio cotidiano contra los más débiles, de eventual “rebote” económico desde las catacumbas que se habrán comido cuanto se adelantó durante los años de ampliación de derechos, de cuanto se quiera para comprender lo injustificable. 

Se viene, o debería venirse, que la unidad no sea sólo unificación. 

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