OPINIÓN
Una lectura de Pampa Húmeda

Durante la reflexión hay momentos en que el presente visita al pasado, lo habita, y en esa acción se conmueve el pasado y el presente. Esta “travesía presente-pasado-presente” provoca que la historia siempre esté en discusión. George Steiner afirma que “lo que nos rige son las imágenes del pasado, las cuales a menudo están en alto grado estructuradas y son muy selectivas, como los mitos. La mayor parte de la historia parece arrastrar consigo vestigios de un paraíso perdido. En algún momento más o menos remoto de los tiempos las cosas eran mejores, casi de oro”. Casi todas las épocas guardan en su memoria el recuerdo de un pasado maravilloso perdido, quedan vestigios, la presencia de esos pasados ha logrado estremecer a las diversas generaciones posteriores.

Lucas Paulinovich (hoy presenta su nuevo libro Pampa Húmeda en Facultad Libre, 9 de Julio 1122, a las 19.30) recoge el lenguaje de la tradición campera (que hablan los habitantes de las chacras del sur de Santa Fe), describe geografías y momentos en la vida de los pobladores de esta región en formación; se lee: “somos llanura larga y un montecito entreverado en las leguas (Vienen)”. Walter Benjamin invitaba a “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”, y en esta obra en general y en Casey en particular, Lucas pareciera aceptar gustoso el desafío. Y entonces baja Casey del pedestal de la plaza San Martín de Venado Tuerto, y camina por la llanura, y suda, observa, piensa negocios, una futura ciudad próspera que dibuja y no le permitirán hacerla en su totalidad, compartirá el diseño con los representantes del ferrocarril y que hoy hospeda, como herencia y como lo llamamos los venadenses 15 “coditos” al cruzar Rivadavia a excepción de la Avenida Casey. Pareciera que solo eso le concedieron.

Casey se mueve en Pampa Húmeda con libertad, negocia con empresarios, habla con habitantes, proyecta un ferrocarril, hace encargos a Estrugamou y le da autoridad. Lucas dice: “es dueño de todo pero no posee nada”. Casey sueña. Y pasa del proyecto al descubrimiento de la soledad, al abandono, al final pensado y temido en esa última noche. El lenguaje arrastra tradiciones, conflictos, pone de manifiesto y oculta. Es utilizado para construir el sentido del mundo o para modificarlo. Y desde ese lenguaje la pluma de Lucas nos muestra al Casey vivo y sufriente, lo saca del museo y lo invita a dialogar con este presente intenso, agrietado.

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