Ricardo Greene, el sociólogo chileno que estudió durante diez años la vida en Nordelta
El apartheid por dentro
Investigó el country para su tesis de doctorado. Y analizó cómo se construye la exclusividad en un lugar donde entran 7000 trabajadores por día. En particular, las empleadas domésticas, protagonistas de reclamos por discriminación.

“Sé que es muy difícil no exotizar a Nordelta. Pero lo he intentado”, reflexiona Ricardo Greene, el sociólogo chileno que hizo del megaemprendimiento inmobiliario su objeto de estudio por más de 10 años. En su tesis de doctorado en antropología visual, “Urbanizaciones privadas como aparatos de poder: raza y confort en la Argentina contemporánea”, Greene investigó los mecanismos que construyen los barrios privados para crear un modo de vida confortable, “sin otros amenazantes”. 

“Los barrios cerrados se definen por ser exclusivos. Y exclusivos quiere decir excluyentes: algunos pueden entrar y otros no”, explicó el investigador, que dedicó uno de los capítulos de su tesis al sistema de transporte que utilizan las empleadas domésticas de Nordelta y a la discriminación que reciben a diario por parte de sus empleadores que se niegan a viajar con ellas por su olor, su forma de vestir y su modo de hablar.

–¿Por qué decidió estudiar las particularidades del empleo doméstico?

–Estudiar el empleo doméstico me atraía muchísimo porque es un tema vital para la cultura latinoamericana. Es el empleo que más trabajo le ha dado a las mujeres en la historia del continente. Sin embargo, es un tema que no aparece lo suficiente en los medios, que para los políticos no es importante y que la academia no ha investigado con la fuerza que debía. También me parecía interesante poder sumar a mi investigación un estudio sobre las élites, sobre las hegemonías de poder. Luego de pasar casi un año leyendo sobre este tema, decidí enfocarme en los barrios cerrados o countries, porque hacen una privatización del espacio público que invisibiliza aún más el trabajo de las empleadas domésticas, que de por sí ya está muy invisibilizado. 

–¿Cuáles cree que son los motivos para que esté tan invisibilizado?

–Creo que en parte tiene que ver con que ocurre en espacios domésticos. También porque es ejercido principalmente por mujeres y en la cultura latinoamericana se piensa que el trabajo doméstico es el rol natural de la mujer. Y un tercer factor tiene que ver con un discurso de falsa familiaridad. “Yo la quiero tanto a la Rosita, es tan linda. Es parte de la familia”, repiten muchos. Pero claro, eso se da solo a nivel discursivo, porque hay un montón de lugares, ritos y acciones de los cuales están constantemente excluidas.

–¿Qué lo llevó a centrar el estudio en Nordelta?

–Hay muchísimos estudios académicos que piensan a los countries como islas de riqueza en un marco de pobreza. Visual y estéticamente es difícil pensar otra cosa. Pero a mí lo que más me interesaba observar no era tanto ese aislamiento, sino los intercambios, el mecanismo en el que las cosas entran y salen de un barrio privado. Entonces elegí Nordelta porque es uno de los que se piensa más cerrado, más autárquico, pero a la vez tiene un intercambio muy fluido de personas, de objetos y de información. Tiene cinco escuelas, una universidad, oficinas, centros médicos, un shopping, una laguna, centros deportivos, iglesias, sinagogas. En ese lugar que tiene la pretensión de ser tan autosuficiente, y que tiene tantos mecanismos de seguridad, entran más de 7000 personas a laburar. Y eso es lo que me interesaba estudiar: el sistema que funciona para establecer qué y quiénes entran y cómo funciona ese ingreso, sobre todo el de las empleadas domésticas.

–Frente a este intercambio selectivo, ¿se encontró con alguna barrera en el proceso de investigación?

–Yo llegué a la Argentina en 2008 y fue muy difícil porque no tenía contactos, y menos en las familias que viven ahí. Pasé cerca de ocho meses yendo todos los días a Nordelta desde Capital, y como no podía entrar al complejo me quedaba en los alrededores. Así empecé a conocer gente que trabajaba en la zona y empecé a pasar mucho tiempo en la parada de colectivos de Pacheco, que es donde las trabajadoras domésticas esperan la combi MaryGo para ingresar a Nordelta, ya que no entra el transporte público. Obviamente no fue fácil ser un hombre hablando en una parada con mujeres, y más siendo extranjero. Empecé a invitar a una amiga argentina que me acompañara y después a mi mujer, que estaba embarazada. Y eso ayudó muchísimo, porque las empleadas me hablaron con mayor confianza. Como a los seis meses de estar ahí todos los días llegué a algo que se llama en antropología o sociología “saturar el campo”, que es cuando uno siente que ya había visto todo. Sin embargo, yo sentía que en ese lugar pasaban muchas más cosas que las que se veían. Entonces un lunes, por primera vez, fui con la cámara y me puse a grabar. Y ahí llegaron los guardias y me amenazaron para que me fuera. También llegó la policía, que trabaja en Nordelta cuando no está de turno. Desde entonces fui una molestia para ellos. 

–¿Cómo pudo llegar a las familias?

–Un tiempo después, empecé a dar clases en la Di Tella y me hice amigos que tenían conocidos en Nordelta. Recién entonces, después de ocho meses, pude empezar a trabajar con familias. Con algunos solo pude hacer una entrevista en profundidad, mientras que con otros con los que tuve más confianza trabajé varios meses. Iba a comer, tomar un té, hacer un asado. Les pedí que me hicieran un recorrido por el barrio para ver cómo lo presentaban, o que me hicieran un recorrido por su casa. Revisaba sus álbumes de foto y me mostraban su historia familiar. También pude empezar a entrevistar a personajes claves como inmobiliarios, gente de la Asociación Vecinal de Nordelta, administrativos del barrio, etc. 

–¿Lo sorprendió lo que observó en ese trabajo de campo?

–Sí, porque yo todavía tenía esta idea de countries como islas. No pensé que el intercambio de lo que entraba y salía del barrio iba a ser tan desigual y jerárquico. Además, mi tesis fue mutando porque en el camino noté que había un cambio en la ética de la clase alta argentina. 

–¿Qué tipo de cambio?

–Nordelta no es la aristocracia, pero es una élite. La élite del siglo XIX y XX había estado involucrada, de alguna manera, en el devenir del país. En él se jugaban el prestigio, la salvación, su vida, su nombre y el de su casa. Era gente que se preocupaba porque hubiera cierto desarrollo, ciertos logros. Obviamente, todo esto venía de la mano de la riqueza personal, pero la misma estaba involucrada con el desarrollo del país. Era una élite muy tradicional, enfocada al espacio público. Lo que yo encontré en esta élite del siglo XXI, en cambio, es que ahora se juega su vida, su salvación, en la ética del bienestar, que es la ética del confort.

–¿En qué consiste la ética del confort?

–Significa que ellos quieren dirigir su vida hacia el vivir bien, que se define por una vida confortable, con la familia, en cercanía a la naturaleza. Esta es una élite que tiene una vida mucho más cercana al espacio doméstico que al espacio público. Y esto se vincula mucho con el macrismo y con la ONG El Arte de Vivir, con una búsqueda espiritual que es mucho más individual. No se hace parte del devenir del país sino que es una salvación primero individual y segundo familiar. Los barrios cerrados se masificaron en los 90, al menos como countries. Antes existía como segunda vivienda. Pero en los 90 se masifica como primera vivienda de clase media alta. Son barrios exclusivos, y exclusivos quiere decir excluyentes. Se busca producir una vida sin grandes perturbaciones, sin grandes peligros. Por eso este enfocarse en impedir que entren cosas amenazantes.

–¿Dentro de esas amenazas que quieren mantener a raya se encuentran los trabajadores?

–Sí, totalmente. Ellos ven a los trabajadores como una amenaza. Obviamente, hay distintos tipos de trabajadores. Por ejemplo, su empleada doméstica es menos amenazante que la de otros. A su vez, las empleadas domésticas son menos amenazantes que los obreros de la construcción, que entran por otro acceso, con buses de la constructora. También hay pileteros, jardineros, profesores, guardias de seguridad, cada uno con distinto nivel de peligrosidad. Una anécdota: una vez fui a hablar con una propietaria –así se llaman a sí mismos, propietarios: la propiedad los define–, estaba enferma y no estaba la empleada doméstica. Le pregunté: “¿Por qué no está? ¿No necesitas ayuda?”. Y me contestó: “Le dije que no viniera porque estoy enferma. Ella viene de afuera, ¿Sabes los bichos que debe traer? Puede traer hasta dengue”. Hay cosas, entonces, que se traerían de afuera y que hay que controlar, porque este es un lugar seguro, confortable. No es solamente que se vayan a robar algo, es lo que traen y se llevan. Es mucho más amplio: desde los microbios hasta el guaraní, que también es visto como una contaminación o una amenaza.

–¿Qué papel juega el transporte en ese intento por controlar lo amenazante?

–Uno de los mecanismos más comunes para promover la segregación residencial tiene que ver con no dejar que llegue el transporte público. El 60 siempre ha querido ingresar pero nunca lo han dejado. Hay que tener en cuenta que la calle principal de Nordelta, la troncal, es una calle del estado. La construyó Nordelta y la cedió. ¿Cuál fue el trato que hicieron? Nordelta llegó a un convenio con el Municipio para poder tenerla cerrada por diez años a cambio de ciertas obras de infraestructura. Cuando llegó el 2010 y se cumplieron los diez años, empezó la discusión: ¿Ahora qué hacemos? Como Nordelta S.A. había vendido tantos lotes, había hecho tanta plata, no le importó mucho que la calle se abriera. Hay que distinguir a los actores de Nordelta: por un lado está Nordelta S.A., que es la compañía de Costantini que hizo todo el proyecto; por otro lado está la Asociación Vecinal de Nordelta, que es controlada por Costantini pero tiene participación de los residentes; y, finalmente, están los vecinos en general, que fueron los que se espantaron ante la posible llegada del transporte público. Se alarmaron porque iba a poder entrar gente distinta, iban a perder el control y, sobre todo, porque eso podría implicar una baja en el valor de sus terrenos. Ellos empezaron a exigir a Nordelta S.A. que pusiera más guita para infraestructura y negociara con el Municipio. Y así estuvieron hasta el día de hoy, invirtiendo para evitar que entre el 60. Me han dicho: “¿Pero vos has visto la gente que anda en el 60? Son los Roldán, pero más sudados!”. Otro vecino: “¿Te imaginás? Tendríamos todo lleno de negritos meándonos el lago”. Y una vez, cuando le conté a un propietario que había ido en tren desde Capital, me miró serio, se tapó la cara como el niño de Sexto Sentido y dijo: “I see black people”.

–¿El único medio de transporte que tienen las trabajadoras domésticas para ingresar, entonces, son las combis privadas de MaryGo?

–Sí, las empleadas tienen muchos problemas para entrar en algo que no sea el transporte privado. Si ellas quisieran entrar en auto, la normativa de Nordelta se los hace muy difícil, porque no dejan ingresar autos de cierto año hacia atrás. Si no tenés el seguro al día tampoco podes entrar. Lo mismo con la moto. Y algo parecido pasa con las bicicletas. Ellas podrían entrar en bici, pero a todas las que vienen desde Pacheco les dicen que no porque no hay ciclovías. La pregunta es ¿por qué sí hay ciclovías por las partes que andan los residentes? Ahora las empleadas solo cuentan con los buses de MaryGo. No ha sido la única empresa en entrar. Lo que pasa es que hay un contrato de exclusividad de palabra con MaryGo.

–MaryGo tiene dos servicios. Un servicio interno para las trabajadoras y otro servicio de combis que viajan hasta Capital. Las empleadas domésticas  denunciaron en las últimas semanas que esas combis que van hasta Capital no frenan a recogerlas por un pedido de los propietarios. ¿Presenció alguna situación de este tipo durante su trabajo de campo?

–MaryGo no tiene suficiente flujo para tener una frecuencia buena. Entonces, las empleadas tienen que esperar muchísimo tiempo para poder subir. Y muchas veces cuando llega el bus no para y tienen que esperar aún más. Pero además del problema de frecuencia, están las microdiscriminaciones que las trabajadoras han mencionado tanto en estos días. Durante los dos años que estuve acá viajé mucho en MaryGo y lo vi de primera fuente. Los propietarios muchas veces han pedido a los choferes que no paren. Suelen decir que el bus va lo suficientemente lleno, aun cuando hay asientos disponibles. El chofer no tiene tanta capacidad de negociación, aunque a veces no les hacen caso y paran igual. También escuché a las propietarias decir lo del olor. Lo tengo en mi cuaderno de campo, lo oí varias veces en los buses. Decían que les molestaba el olor de las empleadas, el tipo de jabón o shampoo que usaban, o decían que estaban muy sudadas. También ponen el bolso o la cartera para que no se sienten al lado de ellos. Lo curioso, además, es que después son los mismos empleadores los que se quejan que las empleadas no lleguen a tiempo. Obviamente que esto no lo hacen todos, porque en Nordelta hay 50.000 personas y hay gente distinta que sí le importa que sus empleadas viajen bien. 

–Esas largas esperas en la parada permitieron que las empleadas pudieran intercambiar sus experiencias y luego se animaran a reclamar condiciones dignas... 

–Sí. Y eso a los empleadores no les gusta mucho. Siempre tratan de limitar que se junten entre ellas, porque empiezan a intercambiar información ¿Cuánto te pagan a ti? ¿Quién está en negro? ¿Cuáles son tus condiciones laborales? Me acuerdo que justo la semana que llegué habían echado a una empleada doméstica. Pregunté qué pasó y una propietaria me dijo: “Me pidió permiso para salir con otras tres empleadas en la noche. Dejó todo limpio a las 10 y se fue a conversar con las amigas. Fueron hasta el shopping    –que queda a 40 minutos caminando– y volvieron a las 2 de la mañana”. A los empleadores les pareció que era demasiado tarde, que no correspondía. Echaron a las cuatro y también lograron que echaran al guardia que las había dejado salir. Terrible. En Nordelta pasa esto que hay una cierta responsabilidad de los dueños de casa de todo lo que entra. Si ellas rompen algo o hacen alguna manifestación, es culpa de los propietarios. Ellos son los multados. Por eso mismo se sienten con el derecho de decir “tú no puedes salir”.

–Esta discriminación ha sido muy comparada en los últimos días con el apartheid, ¿qué opina?

–Mi tesis no partió por el racismo y terminó teniendo bastante de raza. El apartheid planteó dividir la sociedad en tipos de razas y cada una tenía accesos diferenciados. Acá también se hacen distinciones, pero tienen que ver más con la clase. Acá dividen por tipos de ciudadanos. Hay algunos que son ciudadanos apropiados, que son los que pertenecen; otros que son los extraños temporalmente aceptados, que son los trabajadores; y después están los extraños, que no son aceptados. Muchas veces se presenta a los barrios cerrados como un producto del poscapitalismo y neoliberalismo. Y en parte puede ser cierto. Pero lo que yo hago es pensar una genealogía del racismo en la Argentina: cómo los barrios cerrados son simplemente un huevo en la góndola de la larga cadena de construcción racista en la Argentina, que comenzó con la formación del estado-nación, con el intento de excluir a los pueblos originarios, a ciertos tipos de inmigrantes, a la figura del gaucho (luego recuperada). Hay toda una construcción racista de quiénes son los ciudadanos apropiados y cuáles son esos otros que ojalá estén lo más lejos posible y no contaminen la salud de nuestro pueblo. Además, dentro de Nordelta hay muchísimos procesos de distinción internos, no solo entre barrios sino entre habitantes: se habla mucho de los nuevos ricos, por ejemplo, que son los que tienen el capital económico para pertenecer pero no el cultural.

–¿Qué otros tipos de discriminación hacia las empleadas encontró durante el trabajo de campo?

–Hay muchos tipos de maltratos. Violencia sexual y física no vi. Pero es probable que pase, porque una de las formas de violencia más comunes en el empleo doméstico en Latinoamérica es que las consideren parte del inventario de la casa. Sí vi que limitan mucho sus movimientos. No solo muchas veces no pueden entrar, sino que cuando entran no pueden salir. O pasa que no pueden caminar por ciertas calles, o no pueden atravesar un parque. Además, en más de un tercio de los casos que yo estudié las revisaban al entrar y salir de las casas por miedo a que roben. Y muchas veces las empleadas domésticas me dijeron: “Los primeros días sentía que me ponían pruebas para ver si soy confiable. Encontré cosas que nunca más vi después: debajo de un chaleco dejaban un montón de dólares, o dejaban a la vista unos aretes bonitos”. Si desaparece algo, obviamente las primeras culpables van a ser ellas. También pasa –y esto tiene que ver más con el empleo que con el country– que les ponen dificultades para comer. En el caso extremo conocí a un par de chicas que no las dejaban abrir la heladera. También hay violencia verbal por el aspecto físico. Porque a veces se da una especie de transmisión del gusto legítimo y las propias empleadas domésticas empiezan a valorar las cosas que valoran sus patrones. Muchas de ellas quieren ser apropiadas, quieren verse bien y se tratan de comprar las mejores ropas. Entonces es mucho más violento cuando les dicen “mirá tus uñas, están sucias” o “tu pelo parece cualquier cosa”. Para ellas es muy violento. 

–¿Los chicos y adolescentes también discriminan a las trabajadoras?

–Sí, reproducen la discriminación que ejercen sus padres. Incluso más. Los padres sienten la necesidad de explicar “Nordelta no es así como lo pintan. Yo he trabajado mucho para poder estar acá”. Los hijos nada que ver. “Somos la crème de la crème” me dijo uno una vez. La empleada para ellos es alguien que vive en la casa y está todo el día con ellos, desde que nacieron. Y muchas veces los límites no están claros. Cuándo corresponde pedir algo y cuándo no, qué forma parte de su trabajo y qué no. Y un tipo de discriminación que suele darse es el menosprecio, el ponerla en su lugar, el disponer de ellas de muchas maneras y a cada instante o el ser descuidado y dejar todo sucio.

–¿Qué opina sobre la reciente atención que despertó la protesta de las trabajadoras en la sociedad?

–Yo creo que estas cosas son muy fugaces. No sé cuánto de esto se va a traducir en mejoras en las condiciones de las mujeres. Hay que ver cómo se transforma el fenómeno de los countries en general, porque Nordelta es el que está ahora señalado, pero hay 600 más de este tipo en el resto de la provincia de Buenos Aires. ¿Cuál es la política más allá de los casos particulares? ¿Cuál es la política pública que hay detrás del cerramiento del espacio, no solo en términos de planificación urbana sino también respecto del empleo doméstico? Ya hubo un enorme movimiento para poner a las empleadas domésticas en blanco y revisar su situación, pero aún falta muchísimo y sigue siendo un rol muy invisibilizado.

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