El bizarro comandante José Melchor Lavín

-¡Viejo maricón, qué se piensa que soy yo! -se alejó maldiciendo entre dientes de la casa del gobernador Gutiérrez de la Concha el púber mensajero José Melchor Lavín. Podía sentir todavía el asco y la excitación que le provocó la furtiva caricia del viejo invertido, mientras esperaba en el despacho que llegara Liniers.

Con la imagen del insolente repicándole el entrecejo, repasó una y mil veces lo sucedido aquella noche: el Deán Funes se había retirado con el gobernador a deliberar en privado sobre las nuevas que llegaban desde Buenos Aires. Y al joven recién llegado lo habían dejado bajo la vigilancia, más que con la compañía, del criado mayor. El hombre, ya casi anciano, lo miraba con descaro y, cuando el agotado emisario pareció dormirse, le rosó con dedos blandos la mejilla sucia de tierra y sudor. Lavín, sorprendido, saltó como disparado de la silla y lo derrumbó con un violento manotazo de revés. "¡Nativo infeliz! -le gritó el sirviente desde el piso-, te dices español, pero no eres más que un bruto y sucio campesino americano!

Lavín iba a emprenderla a patadas contra el viejo, cuando por fin se abrió la puerta y apareció el ex virrey, escoltado por el gobernador y el deán. El viejo se levantó rápidamente, hizo una reverencia, y salió.

"No es momento para dar ni pedir explicaciones", dijo el gobernador, y le ordenó al joven que entregara el mensaje urgente de una vez. Liniers leyó la carta que de puño y letra había redactado Cisneros. El escenario era mucho peor de lo que a viva voz había mentado el joven Lavín. La revolución era un hecho y los sediciosos se habían hecho ya del mando de Buenos Aires. El Virrey le pedía a Liniers que se pusiera al frente del ejército de la contrarrevolución. Dejando de lado rencores más que justificados (las acusaciones de corruptela y traición, las injurias por sus amores con la Perichona y, por sobre todo, el cuasi destierro ignominioso), el ex virrey decidió acudir al pedido de auxilio. Envió emisarios hacia Montevideo y el Alto Perú anunciando la asonada y solicitando refuerzos. Él mismo bajaría hasta la llanura, sin perder más tiempo, para iniciar la lucha al mando de los hombres con los que pudiera disponer. Había que recuperar inmediatamente el puerto de Buenos Aires para la corona de España.

José Melchor Lavín fue testigo extasiado de los aprestos militares y sentía en lo más profundo de su ser que había vivido sus 17 años nada más que para esperar el día en que iría junto con el héroe vencedor de los invasores ingleses hacia una nueva reconquista. Por eso, cuando el Deán Funes lo apartó para advertirle que los revolucionarios ya conocían los planes de Liniers e iban por su cabeza y que ahora su deber como nacido de esas tierras era pelear por el bando de los patriotas, sintió una repulsión aún mayor que la que había experimentado días atrás con las insinuaciones del criado. ¡Qué se creía también el cura que él era! Si no lo derribó de un golpe, como al viejo maricón, fue porque sentía aprecio por aquél religioso que fue rector y tutor de sus estudios.

Hubo un tiempo en que sonreía al rememorar aquellos episodios. Los mentaba en las rondas de vino y ginebra en el fuego de los campamentos, a veces en tono cómico, pero las más en clave de epopeya: ya no eran, entonces, un viejo pederasta el que lo acosaba en el despacho de Gutiérrez de la Concha o un cura ladino el que lo tentaba a la traición sino un grupo de sediciosos que lo interceptaban en la fría noche cordobesa y que él lograba poner a escape con tres puñetes, dos insultos y un talerazo. Habían pasado años desde aquel viaje al galope entre Buenos Aires y Córdoba, 140 leguas soportando el viento y el frío inusitado de aquél fin de mayo. Y como cuando con los seminaristas en el colegio cordobés, como con el viejo criado del gobernador, como con la soldadesca lujuriosa, borracha de alcohol y ausencia de mujer, había debido demostrar su hombría abofeteando, humillando y castigando despiadadamente las insinuaciones viciosas, después de cada batalla ganada contra los enemigos de la corona, sentía la urgencia de bañar con sangre y cuerpos decapitados las ciudades arrasadas para que nadie dudara de su pertenencia a España y al Rey.

El bizarro comandante Lavín, le llamaban ahora propios y extraños. Desde los primeros días de la guerra, cuando los soldados nativos desertaron en masa para unirse al ejército argentino, se había sentido obligado a demostrar con fiereza su fidelidad. Fue el único que escapó de la emboscada en la que apresaron a Liniers y de la Concha en la huída al Potosí. "Moreno mandó fusilar al héroe de la reconquista y el "infeliz nativo" sigue con vida", se imaginaba en voz de los realistas. Por eso se convirtió en el más sanguinario de los guerreros del general Joaquín de la Pezuela. De teniente a capitán, de capitán a coronel, cada ascenso alimentaba su sed de confirmación realista con litros y más litros de sangre americana.

Su tropa asentada en Salta era una frontera inexpugnable; por tierra, sabía el comandante, los enemigos de la corona jamás llegarían al Alto Perú. Y lo supo también el general San Martín cuando se hizo cargo del diezmado Ejército del Norte en reemplazo de Belgrano, tras las caídas de Vilcapugio y Ayohuma.

Cuando más tarde llegaron a Tarija las noticias del cruce andino, el comandante Lavín entendió inmediatamente el plan pergeñado por el general correntino. Las nuevas que llegaban desde la Gran Colombia también eran desalentadoras. San Martín subía, Bolívar descendía. Y era un hecho que tarde o temprano ambos ejércitos confluirían en Lima, el centro neural de las colonias del sur.

Desde hacía semanas, él y sus hombres permanecían acuartelados esperando las órdenes del Alto Perú. Medio borracho de ginebra, se le arrimó al fogón un soldado vestido de paisano. Era el cabo Alvarado, mancebo de mejilla lampiña al que apreciaba especialmente y buscaba siempre en las noches de campaña para beber y hablar al calor del fogón. Se sentó junto al comandante y le ofreció de su porrón. Bebieron hasta vaciarlo. Cuando el bizarro Lavín ya no podía tenerse en pie, el cabo aprovechó para confesarse: "Comandante -le dijo-, lo admiro y lo respeto, usted es mi amigo, mi hermano, pero no puedo quedarme en el cuartel, me voy para unirme a las montoneras de Güemes". Lavín balbuceó algo inentendible y se le llenaron los ojos de lágrimas. "Comandante -prosiguió el soldado-, usted sabe que peleamos en el bando equivocado".

Lavín apoyó una mano torpe y pesada en la mejilla de Alvarado y el cabo suavemente la apartó. Luego tomó las riendas del caballo y se alejó caminando en silencio hacia la oscuridad. Lavín tuvo el impulso y la necesidad de gritar, de frenarlo con un golpe, de estaquearlo en la noche por traidor a la corona y a él mismo, pero su cuerpo no respondió y al intentar levantarse cayó de boca al piso, vomitó y se fue quedando dormido mientras soñaba con el tacto suave de la piel del cabo Alvarado.

Llegaron por fin las órdenes del Virrey Pezuela: las tropas debían marchar hacia el noroeste, hacia el mar y concentrarse en Arequipa para luego subir a reforzar las defensas de Lima ante el avance de San Martín. Se despidió de los dos hijos y de la mujer que, sin saberlo todavía, estaba gestando el tercero. Pensaba con fuerza en la familia, en la esposa que dejaba atrás, pero las cavilaciones una y otra vez desviaban el rumbo y se estacionaban en el rostro lampiño que se obligaba a no ver. Los soldados lo notaban taciturno como nunca antes, y se preguntaban en qué ideas andaría rebotando la cabeza del bizarro coronel Lavín.

Tropa, animales y artillería desfilaron en línea y sin problemas durante el primer día de camino, hasta que, en el cruce de una hondonada, los emboscó un pequeño grupo de montoneros que les provocó decenas de bajas antes de poder terminar con ellos. Al finalizar la escaramuza, ordenó recolectar armas y municiones de caídos propios y enemigos. Lavín trepó el barranco donde se apostaba el tirador que él mismo abatió y allí reconoció al joven Alvarado. Cayó de rodillas junto al cadáver y se echó a llorar como no lo hacía desde la infancia. Lo alzó de los hombros y lo acomodó sobre su falda, los ojos apagados conservaban la sorpresa con la que el cabo encontró la muerte. El comandante le despejó la frente de pelos y sangre y, todavía llorando, le cerró los párpados y lo abrazó.

Lavín murió en Cuzco, fusilado por los realistas después de que intentara desertar con una facción de los hombres a su mando para ponerse a las órdenes del general San Martín. Desde el primer momento, y aún sin prever la delación de uno de sus subordinados, sabía que su idea era irrealizable, rodeado como estaba de las milicias del rey y perseguido, en el otro bando, por su fama de sanguinario asesino de patriotas. Pero no había otro camino para él más que la sublevación, porque aquella mañana en el cruce de la hondonada, el bizarro comandante descendió desde lo alto del barranco con un cadáver a cuestas y despojado del miedo de aceptar por fin quién era.

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