Ya casi no quedan mariposas
Imagen: Gentileza Carina Blangetti.

Jueves. 18 pm. Somos inciertos. Somos origen y destino. Somos vuelo. Mariposas. Somos cinco amigos conocidos de otros amigos que emprenden un viaje detrás de esos intríngulis. Somos del sur. Caldo de cultivo sojero en la pampa gringa con un destino definido: Rosario. Ya no existen mariposas en Venado Tuerto, la tierra está envenenada y el sumun de la excitación colectiva es poner el cuerpo al ritmo de la cumbia santafesina. La necesidad de poner el cuerpo es visible por esta comarca al sur de la bota. La necesidad de sacarlo también. Nadie puede asegurar quién tiene razón. De oruga a mariposa o la hormiga y la cigarra. Esos cuentos de escuela primaria que nos planearon como un viaje la dualidad entre esencias y mutaciones muchos antes de bañarnos dos veces en el mismo río. Donde la naturaleza se apiadaba de la fealdad y daba una lección de esperanza al mundo. 

Jueves. 19 pm. El reproductor de música marca el punto cero de la conquista, van nueve minutos y una fracción de "Man-Erg", el punto cero de Van Der Graaf Generator, y nuestro meridiano Ecuador. La redención en estado salvaje, el salto mágico que nunca llegamos a dar. Estamos perdidos, y nos encontramos quebrados entre eslabones de una cadena evolutiva. Seguimos adelante, bañados en fe. Algo parecido a ser creyentes de una religión que habla en arameo. Vamos detrás de tres gringos perdidos en Rosario. Sí. Tres. También con destino incierto. Creemos con profunda convicción de las buenas minorías que el mundo ha vivido equivocado. Que la transformación del poroto y la metamorfosis del bicho a la mariposa solo se puede reconstruir en la secuencia de una canción con mucha imaginación.

Jueves. 20 pm. La veredita francesa del bar Pasaporte sigue en su lugar. Amable, ofreciéndose como un tobogán que rodea el edificio de la Aduana para dejarnos en el descenso con los pies frescos a la vera del río. Lo que nunca averiguaremos fue la opinión de la mariposa en su último aleteo. Qué sintió en aquel momento, si recordaba cómo era su estadio anterior. Si siguieran vivos los viejos amigos del árbol o si había quedado sin memoria para olvidar el malestar de nacer dos veces y disfrutar de la belleza que tiene delante. Vamos con envión -de camino al concierto de Victor Wotten- y no nos damos cuenta por el entusiasmo que el paso de un estado a otro son dos cuentos de la vida adulta. Algunos son jóvenes con manada propia. Pocos, pero propios. Nadie alquilado. No conocen todavía al ogro del tiempo que todo lo arrasa y transforma y corrompe y acumula sombras en su legajo. Hay quienes pretenden estudiar la historia de un tiempo perdido para entenderlo. Nosotros sabemos que el tiempo olvidable no existe, venimos a la carga con esa pesada biblioteca musical comprimida en un Pen-Drive, detrás del tesoro de esos gringos perdidos en Rosario. Victor Wooten y sus amigos, también son músicos. Para unos y otros, fieles a los instintos. La fórmula es cantar panza arriba porque la vía es inexorable y no hay escape.

Jueves. 21 pm. Quienes estuvieron allí, aseguran que fue la gota que rebalsó el vaso. Las circunstancias estaban dadas y no había nada de viento en contra. Solo faltaba el brote. Y ahí estaba Wooten brilloso como una perla, sonriente, el brote que faltaba. Seguíamos vivos, el virus subsistía en nosotros, en cuclillas, esperando el momento para dar el salto. Es tranquilizador saber que alguien subió a la cima de la montaña y bajó para contarlo. Que ha conquistado el método y la esencia. Wooten, un profesor de "coaching" en vivo enseñando el método para sacarle provecho a las habilidades en desuso. La potencia en el acto de existir y el clavo de remache en el ataúd punk de Proust. Ese mismo que todavía seguía atorado con las magdalenas queriendo encontrar el tiempo perdido. Qué iluso. Solo hacía falta sacudir el árbol para que caigan los frutos, alguien que nos avisara a qué club debíamos afiliarnos. Suerte que la mariposa no sufría por diferente ni por cambiada, sino por confundida. Solo estaba perdida. Nada más triste que una mariposa perdida. O una hormiga fuera de la procesión. 

Jueves. 22 pm. Nunca sabremos cuál es el lado correcto, si el camino del cambio o la permanencia. Quizá la evolución de lo permanente sea cierta. No se puede cambiar la naturaleza del aleteo, pero si la técnica, parece decir Wooten, en el centro del escenario, desde un paisaje sónico casi infinito. El mundo de los graves otra vez había sido abofeteado. Y nosotros, en medio de ese fuego cruzado. Almas perdidas e idénticas con principios coherentes de camino obsoleto. Pensamos en quienes usan variantes son unos panqueques antes que alguien que puede adaptarse a las coyunturas, al viento de cola. Las costumbres que no cambian están mal y las que cambian demasiado, peor aún. No es cierto. Algunos cambian permanentemente para no cambiar.

Jueves. 23.30 pm. Final de concierto. Sabemos que jamás veremos a una mariposa perdida. No hay mariposas perdidas. Siempre encuentran la hoja de ruta, el camino que, según dicen, sólo consultan los días de lluvia. Una treta elegante de negociar con el pasado, con la nostalgia, con el recuerdo. Después de todo no estábamos tan perdidos como creíamos. Tampoco los gringos. Sabemos que ya casi no hay mariposas, que la sumatoria de Trypnotyx da mucho más que tres. Y también que el resto, luego de muchos luegos, inexorablemente, tendremos un final de oruga.

 

 

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