Opinión
De pie frente a los inquisidores

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.”

Jorge Luis Borges. “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”

Héctor Timerman fue, sin agotar el recuerdo, periodista y director de medios, exiliado, militante del ARI de la diputada Elisa Carrió, judío practicante. Hijo de Jacobo, una figura paterna tremenda (supone uno) sea para emular o sea para diferenciarse. Los años finales de sus vidas los acercan y antes que estos el momento en que supieron quiénes eran. En ambos casos se lo hicieron conocer sus enemigos: quienes los persiguieron, rociaron con acusaciones penales y brulotes falsos, torturaron en contextos diferentes por cierto... pero no del todo.

Héctor Timerman, que se fue a los 65 años de su edad, quedará en la historia por su desempeño como Canciller. Asumió en 2010 cuando ya llevaba 57, una vida hecha podría imaginarse. Quedará por el Memorándum de entendimiento con Irán, ya interpretan sus amigos, compañeros, adversarios y enemigos. 

No hay unanimidad con lo que viene aunque es diáfano para quien quiera ver: quedará por la persecución a que fue sometido, por los vejámenes que le propinaron contrariando principios humanitarios primordiales... previos a (y fundantes de) las garantías judiciales también vulneradas.

Quedará, pues, como una víctima del antiperonismo cerril que no respeta vidas ni derechos desde hace más de 60 años. 

Por lo tanto, no queda otra que centrar esta nota en el Memorándum, en las vendettas de los poderosos. Y en la entereza con que Héctor Timerman atravesó los últimos años, afectado por un cáncer terminal. Tal el núcleo de su semblanza, su ejemplo que deja empequeñecidos a los verdugos de cuello y corbata que hicieron más cruel su tránsito final. 

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El Memorándum –opina ahora y opinó en su momento este cronista– fue una decisión política equivocada. Es un punto de vista acerca de medidas que toma cualquier gobierno, en tantos momentos. De ahí a considerarla un crimen media un abismo que es casi idéntico al que separa a la democracia del autoritarismo maquillado o las dictaduras según los casos.

Uno piensa que era errada porque se proponía algo valioso pero irrealizable a la vez. Valioso, hacer avanzar la atrancada investigación sobre el atentado a la AMIA. 

Irrealizable, conseguir que los iraníes concernidos declararan de modo válido para la legislación argentina. 

Los Estados no entregan casi nunca (o nunca) a sus nacionales a los tribunales de otros países para ser sometidos a juicios con condenas graves. Los mecanismos articulados lucían de entrada (como fueron) incumplibles en la maraña de pasos que establecían. Estaba escrito, de antemano, que los trámites se frenarían en algún recodo del camino. Fue al comienzo porque Teherán no aprobó el Tratado que, se supone, tanto lo favorecía. El acuerdo no produjo ninguna consecuencia importante ni perturbó el letargo de la investigación.

Una decisión política legal aprobada por el Parlamento. Tal vez equivocada, como tantas que toman los gobiernos cotidianamente. Equivocada, añadimos, para ciertas percepciones. Discutibles, siempre. Son los riesgos de la democracia, que deben sustanciarse mediante sus mecanismos de división de poderes, cambios de autoridades, participación ciudadana y cien etcéteras.

Atenta contra la democracia la tendencia irrefrenable a judicializar decisiones políticas lícitas. Criminalizarlas, convertir al adversario en un delincuente. La regresión se agravó con cargos penales difamatorios que no se aplicaban desde la Revolución Libertadora. 

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En esta misma edición se publican notas de los colegas Raúl Kollmann y Martín Granovsky a las que se remite para buscar más rigor y precisiones. Para esta columna vale rescatar como realidades-símbolos dos hechos: las alertas rojas de Interpol y el proceso seguido contra Timerman, en especial su presentación espontánea a declarar.

Los mitos sobre el levantamiento de las alertas rojas provienen del Departamento de Estado, los periodistas argentinos que fungen de voceros, parte de la dirigencia comunitaria judía. Kollmann los refutó en una labor impecable: consiguiendo una y otra vez el testimonio calificado de Ronald Noble, ex director de Interpol. Los cultores del relato dominante se ne fregan de los hechos, del periodismo bien hecho: el poder produce ese tipo de milagros. La sanata persiste. 

La impunidad de los autores del atentado (iraníes o no, no está probado ni es sabido) existió desde 1994. Contó con complicidades del gobierno menemista, de autoridades de la DAIA, de integrantes del Poder Judicial. El Memorándum se suscribió muchos años después, transcurrido un lapso que usualmente hace imposible avanzar con la pesquisa. Sobre todo si hubo actores calificados encubriendo, borrando huellas, escondiendo pruebas.

El proceso a Timerman, empezando por el cargo de “traidor a la Patria” sentenciado en primera instancia y revocado por la Cámara Federal, revela la catadura de la mayor parte del Poder Judicial. La prisión preventiva a un hombre que casi no podía moverse: una sevicia indignante.  

Timerman quiso declarar, defender su postura, explicarla. Hacer que constara en ese expediente amañado, conducido a control remoto desde poderes políticos nativos y foráneos. Sus páginas trascenderán a los magistrados, habrá pensado. Le puso el cuerpo a un trámite que tenía que ser respetuoso, atento a su condición humana, a su estado de salud. Los responsables de preparar el acto cancherearon, no adoptaron recaudos mínimos. Un gesto republicano y una rutina tribunalicia se transformaron en una variante de tormento, que sus Señorías miraron pachorrientos. 

Se escribió un nuevo capítulo de la confrontación moral entre el acusado y los inquisidores, un clásico de la historia humana. Enaltece a Timerman, incrimina moralmente a quienes lo pusieron en el banquillo.

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El cuento de Borges sobre Tadeo Isidoro Cruz le inventa una biografía al sargento Cruz, quien enfrentó a la partida policial que integraba porque se negaba a matar al gaucho Martín Fierro. En ese instante supo quién era, para siempre. 

Jacobo Timerman, un protagonista potente de trayectoria sinuosa, lo comprendió cuando fue sometido a cautiverio y torturado por la dictadura militar. Desde entonces puso su enorme talento a confrontar con todas las dictaduras.

Héctor, tal vez, se fue percatando de modo algo más paulatino. Primero con la estigmatización de la dirigencia comunitaria, el odio de la derecha. Habrá cerrado el círculo con la persecución judicial-político-mediática que ayer se prolongaba con impudicia.

El mundo, en una de esas, fue y será lo que decía Discépolo. La política internacional, sospecha uno, es en promedio peor. Estados Unidos, el gendarme del planeta, está gobernado por un facho confeso, violento, racista, misógino. Su antecesor, Barack Obama, mandó matar a Osama Bin Laden violando la soberanía de otro país. Ordenó arrojar el cadáver al mar sin reconocerle el derecho de sepultura conforme su religión. Se hizo televisar mientras miraba el asesinato en vivo por circuito cerrado. Ostenta el premio Nobel de la Paz. Obama es moderado y encantador comparado con el actual presidente, Donald Trump.

La mayor potencia del planeta –que carece de legitimidad o autoridad moral y domina solo por prepotencia armada y económica– se sintió desafiada por la política exterior argentina, desde mucho antes que el Memorándum. Lo usó de pretexto. Actuó de consuno con el macrismo que se preparaba para relevar a Cristina Fernández de Kirchner. Negarle la visa a un moribundo que buscaba atención médica: el imperio contraataca.

Timerman pagó con su salud haber revistado en un gobierno popular. Sobrellevó la barbarie ajena, defendió sus actos, estuvo a derecho. Murió tempranamente con dignidad, en buena medida pagando por sus ideas, valores y creencias. Los debates sobre otras peripecias de su existencia quedan relegados. En su despedida, se sabe quién es, quién fue, por qué lo martirizaron.

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