El cuento por su autor
Imagen: REP

Hace unos meses, Hernán Ronsino nos propuso a Francisco Bitar y a mí que armáramos un cruce epistolar para la hermosa revista que dirige, Carapachay. Nos pidió que habláramos “del río”, aunque en el fondo –y no tanto– la propuesta era que escribiéramos de lo que nos viniera en gana. De alguna manera eso hicimos. Francisco, por ejemplo, en algún momento escribió sobre los problemas que le provoca el ruido de un bar que, maldita coincidencia, linda con las ventanas de su dormitorio. Una jarana que sobre todo se siente, decía Francisco, los días jueves. La música, los gritos, la cerveza que corre, la hija o el hijo de uno que no puede dormir y mañana viernes que hay que trabajar. No tenemos aún cuarenta años y lidiar con esos asuntos es como un castigo perverso. Parece que ayer nomás estábamos nosotros ahí abajo, en el patio de aquel bar, vaso en mano y a los gritos, y ahora, de repente, reprimimos las ganas de quejarnos como las personas mayores que no queremos ser. La historia de Francisco –como tantas otras de sus historias–, aunque mínima, o quizás por eso, me pegó en el centro del corazón. De pronto somos gente que se acuesta temprano. Por alguna razón, pensé en la amistad. Quiero decir, en los amigos que, llegado el caso, se quejan de que ya no seamos los de antes, de que abandonemos el barco en horarios de apariencia razonable y nos neguemos a la épica del naufragio. 

Una de las mentiras más grandes dice que los amigos son los hermanos que uno elige. Los amigos, en realidad, son esas personas que te obligan a ir más allá del fondo, a pasar de largo la hora del naufragio. Por eso son amigos. “Una vida tranquila”, este cuento, no es más que eso, una historia de amigos a deshora. 

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