Una sentencia de muerte en dieciséis versos

Imagen: Leandro Teysseire

Todo empezó cuando Stalin quiso hacerse una foto mostrando su amor por la lectura. La imagen que le tomó el retratista Nappelbaum pasó todos los filtros sin que nadie reparase en nada, pero cuando estuvo colgada en cada aula del territorio soviético, desató risas por lo bajo: parecía que El Gran Educador necesitaba seguir con el dedo las líneas que leía. El poeta Ossip Mandelstam dio entonces su famoso paso en falso. Compuso un epigrama que recitó en una reunión, para espanto de su amigo Boris Pasternak, que le dijo: “Eso no es un poema. Es un acto suicida, una sentencia de muerte en dieciséis versos. Tú no me has recitado nada y ese poema no existe”.

El poema en cuestión era el “Epigrama contra Stalin” (“Tus bigotes de cucaracha, tus dedos como gordos gusanos”) y, aunque el propio Mandelstam reconocería que eran versos facilones comparados con su excelso promedio habitual, no pudo resistir la tentación de recitarlos de nuevo en los días siguientes, hasta que alguien le fue con el cuento a Stalin y, en medio de la noche, se presentaron tres agentes del NKVD en el departamento de Mandelstam.

Se tomaron su tiempo para revisarle todos los papeles. Anna Ajmátova estaba ahí, junto a Mandelstam y su esposa Nadezhda. Había ido de visita sin avisar y sus anfitriones no tenían nada que ofrecerle. Así que, con los pocos kopeks que llevaba en su bolsillo, Mandelstam bajó a conseguir algo y sólo logró agenciarse un huevo duro, que seguía sobre la mesa cuando los agentes del NKVD dieron por terminada su búsqueda, cerca del amanecer, sin haber hallado el epigrama (Mandelstam había tenido al menos la prevención de no ponerlo por escrito), y se llevaron al poeta a la Lubjanka. Ajmátova puso en su mano aquel huevo duro cuando se despidió de él.

Dice la leyenda que a Mandelstam lo quebraron sin tortura física (“Usted mismo ha reconocido que es bueno para un poeta experimentar el miedo. Se lo haremos experimentar con plenitud”). Dice la leyenda que fue él mismo quien les dio de puño y letra la única transcripción que lograron tener del poema. En el interín, Bujarin había intercedido ante Stalin (“Hay que ser cautelosos con los poetas; la historia está siempre de su lado”) y ahí es cuando tiene lugar la famosa llamada telefónica nocturna de Stalin a Pasternak. El Padrecito de los Pueblos le pregunta a quemarropa a Pasternak si Mandelstam es un gran poeta y si muestra o no maestría en el poema en cuestión. Ese no es el punto, dice Pasternak. Cuál es el punto, pregunta Stalin. Estamos hablando de la vida y de la muerte, dice Pasternak. Stalin le contesta con sorna que él hubiera sabido defender mejor a un amigo y cuelga.

La sentencia fue “vegetariana” para los tiempos que corrían: tres años de destierro, primero en Cherdyn y luego en Voronezh. La orden de Stalin había sido: “Aíslenlo pero presérvenlo”. Nadezhda recibió permiso para acompañar a su marido, que fue confinado en un pequeño dispensario rural (un médico, una enfermera) donde el desterrado intentó suicidarse tirándose por la ventana de un segundo piso. Oía voces, creía que Ajmátova había sido arrestada por culpa de su testimonio, no lograba recordar qué había confesado en la Lubjanka, a cuántos había incriminado. Después pasó a creer que aquella caída del segundo piso le había devuelto la cordura: “Me quebré un brazo y recuperé la razón”. Entendió que el plan era que se doblegara solo, de a poco: le impedían trabajar o le daban encargos humillantes.

A fines de 1937, con la soga al cuello, aceptó lo inaceptable: se sentó escribir una “Oda a Stalin”, el segundo poema que le dedicó al Padrecito de los Pueblos. Intentó que ese poema dijese lo que era Stalin para él y a la vez conformara a las autoridades. Según Nadezhda, “trató de afinarse como un instrumento, someterse con toda conciencia a la hipnosis general hasta dejarse embrujar por las palabras de la liturgia. Un salvaje experimento, por el que quizá yo no fui aniquilada”.

La leyenda se bifurca acá, según como se interprete el poema: hay quienes creen que Mandelstam buscaba apurar su exterminio y hay quienes dicen que trataba de salvar a su esposa de la aniquilación. Joseph Brodsky dice que da igual: lo que importa es el desequilibrio inquietante que producen esos versos, que los censores no supieron cómo tomar (“Si me despojan del derecho a respirar y a abrir las puertas / Si me tratan como un animal y me dan de comer en el suelo / Yo anudaré diez cabellos en mi voz y en la profunda noche / Susurrará Lenin en medio de la tormenta / Y en la tierra que huye de la putrefacción / Stalin despertará la razón y la vida”). Esa es la función de la poesía, según Brodsky: moverle el piso a quien lee. Y eso pasó con los censores del NKVD, que no sabían decir si la oda era a favor o en contra del todopoderoso, así que terminaron pidiendo al jefe Yéshov “una solución al caso Mandelstam”.

La solución fue expeditiva: cinco años en Siberia, más precisamente en los campos de Kolymá. No llegaron a ser ni seis meses: el poeta murió antes de que se extinguiera el año 1938 (cuenta Varlam Shalamov en Relatos de Kolymá: “Sus compañeros de barraca ocultaron su muerte dos días para quedarse con su ración de pan, de modo que sepan los futuros biógrafos que el poeta murió dos días antes de su muerte”). Para entonces, Mandelstam había terminado de entender la lógica del aparato represivo que se estaba construyendo: en 1922, antes de que se le prohibiera publicar, Ossip había sido invitado a colaborar por un amigo bolchevique en “la organización más grande y poderosa de la URSS basada en la palabra, ¿quieres ser uno de los nuestros?”. Hablaba, por supuesto, de la Cheka, que luego sería el GPU, luego el NKVD, y luego la KGB. Hacia 1938, fecha de la muerte de Mandelstam, la policía política era la organización más y grande y poderosa de la URSS. “Hazte invisible. Si no te ven, si logras que se olviden de ti, acaso sobrevivas”, le dijo Ossip a Nadezhda antes de que se lo llevaran a Siberia. Y eso hizo ella, durante los siguientes treinta años.

Mírenla aceptar sin chistar el turno noche en una fábrica perdida de provincia, yendo de máquina en máquina por el taller, moviendo los labios inaudiblemente. ¿Saben qué está haciendo? Está recitando para sí los poemas de su marido. Eso hace hora tras hora, noche tras noche. Tiene en su cabeza más de quinientos poemas, y una sola misión en la vida: preservarlos en su memoria. La única manera de mantenerse con vida que tiene la viuda de un enemigo del pueblo es hacerse invisible al largo brazo del aparato represor soviético, y eso viene haciendo Nadezhda desde la muerte de su marido. No puede vivir en ninguna ciudad grande de la URSS, tiene que huir a la menor señal de que alguien pueda denunciarla, en cada nuevo destino acepta los trabajos que nadie más quiere y sobrevive malamente, recitando todo el tiempo para sí, uno tras otro, los poemas de su marido muerto.

Nadezhda tenía veinte años cuando se casó, y veintidós cuando a su marido le prohibieron publicar. Durante diecisiete años fue la amanuense de cada poema de él, porque Mandelstam tenía una manera muy particular de escribir, que se intensificó cuando empezaron a perseguirlo: no usaba mesa, escribía caminando (si podía, al aire libre; en caso contrario, yendo y viniendo por la habitación), componía mentalmente y después le dictaba a Nadezhda, y después escondían esas copias clandestinas con personas de su máxima confianza, pero antes le hacía recitar a ella cada poema que se iba acumulando, porque esas copias podían ser incautadas.

Imaginen diecisiete años de poemas acumulándose, y después otros treinta, cuando ya era viuda, repitiendo esos poemas uno por uno, día tras día, para que no se deshicieran en su memoria, hasta que vino el deshielo de Kruschev y los poemas de Mandelstam estuvieron a salvo y a ella le permitieron volver a Moscú. Tenía casi setenta años, pesaba apenas cuarenta y cinco kilos, y debía subir cada mañana cinco pisos por escalera los baldes de agua que necesitara esa jornada, pero decidió igual sentarse a escribir sus memorias, su versión de los hechos, un relevamiento asombroso de lo que había ocurrido en Rusia en todos esos años que es, al mismo tiempo, un testimonio extraordinario de lo que es vivir al lado de un poeta, respirar el aire que respira, asistir al momento en que una vibración interna pone en movimiento sus piernas y sus labios y no cesa hasta que el poema encuentra sus palabras definitivas y se desprende de su creador.

Mandelstam decía que las alucinaciones auditivas eran una especie de enfermedad profesional para el poeta. También decía: “Canto cuando la conciencia no me hace trampa”. Por eso sus poemas son todos tan breves, y tan musicales también, como si cada uno de ellos existiera desde antes, como si se tratara nomás de captar cada una de sus líneas con suma atención, encontrar las palabras precisas que los formaban y luego eliminar hasta el último vestigio de hojarasca, para que el poema fuese imposible de olvidar.

Cuando Nadezhda pudo volver a Moscú y dejar de ser invisible, recibió un día una carta que tenía adentro sólo una breve página escrita toscamente en lápiz y una rama seca de alerce. Nadezhda puso la rama en una lata, llenó la lata con agua de la canilla, “esa agua muerta de las cañerías moscovitas” y se olvidó de ella. Unos días más tarde despertó por un vago olor a trementina, que no sabía de dónde venía. Era la rama de alerce: había ínfimas agujas de pinocha asomando de sus nudos. El alerce es el único árbol que huele en Kolymá. De allí venía la rama y la carta. Se la había enviado Shalamov, junto con el breve relato de la muerte de Ossip. Decía Shalamov en la carta que, al principio, el olor del alerce parece el olor de la descomposición, el olor de los muertos. Pero si uno inspira hondamente y con atención, comprende lentamente que ése es el olor de la vida, de la resistencia, de la victoria.

En los meses siguientes, Nadezhda empezó a escribir sin decirle a nadie las seiscientas páginas de sus memorias (que tituló Contra toda esperanza: contra toda esperanza de que sus compatriotas alcanzaran a ver alguna vez la enormidad de lo que habían padecido). Por esos días empezaron a acercársele tímidamente personas que habían guardado o recibido, de mano en mano, clandestinamente, originales de Mandelstam que en su momento habían sido rechazados en revistas y editoriales soviéticas. Le dio altiva satisfacción comprobar que en su memoria se conservaban con las mismas palabras que figuraban en esas páginas amarillentas.

Dice Joseph Brodsky, que llegó a conocer bien a Nedezhda en esa época, que la última vez que la vio antes de partir al exilio la encontró sentada fumando, en un rincón de la ínfima cocina que habitaba en Moscú: “Era invierno y estaba haciéndose de noche a las tres de la tarde y lo único que se llegaba a ver era el leve resplandor de la brasa de su cigarrillo y de sus ojos. El resto, el diminuto cuerpo encogido bajo un chal, el óvalo pálido de su rostro y su cabello ceniciento estaban sumidos en la oscuridad. Me recordó los restos de un gran incendio, unas ascuas que se encienden si las tocas”.

En Contra toda esperanza, Nadezhda cuenta que a su marido le gustaba repetir en el destierro dos frases que ella detestaba por igual. Una decía: “No hay que quejarse; vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella”. La otra era: “La muerte de un artista no es su fin; es su último acto creador”. Más de medio siglo después, cuando aquel primer poema contra Stalin, copiado en letra temblorosa por Mandelstam durante su interrogatorio, fue exhumado de los archivos de la Lubjanka, se descubrió que era mucho más corto que lo que recordaba la gente: la memoria colectiva lo había ido deformando y agregándole líneas, año a año, a medida que pasaba de boca en boca, hasta que llegó a decir todo lo que los rusos no se animaban a decir sobre Stalin.

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