Garúa
En el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner (2011-2015), la Inversión Extranjera Directa (IED) fue de 9549 millones de dólares, promedio anual. Durante los dos primeros años de gobierno de la alianza Cambiemos, más los nueve primeros meses de 2018, el promedio fue de 8358 millones de dólares. Más allá de no ser lo esencial de un modelo productivo genuino, la “lluvia” de IED que Macri prometió nunca llegó.

Igual que el mantenimiento del “Fútbol para todos” que no fue; que la inflación fácil de vencer que sin embargo aumentó; que los haberes jubilatorios que iban a mejorar pero empeoraron; o de la pobreza cero que, en verdad, sumó varios ceros; no sólo no ha habido durante el macrismo “lluvia de inversiones”, sino que estas bajaron comparadas con el gobierno anterior, según cifras del Indec. Las inversiones que iban a llover, de acuerdo con el presidente Mauricio Macri, eran las extranjeras. En la balanza de pagos ellas se registran en el llamado “pasivos netos incurridos”, y dentro de ellos, en “participaciones de capital y participaciones en fondos de inversión” (no distingue entre ambos). Es así porque, al ingresar dólares, el Estado los toma y genera a cambio pesos con algún instrumento de deuda, por eso se lo considera un “pasivo” a los fines de la contabilidad en la balanza de pagos.

En el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, ese rubro supuso para la Argentina un ingreso anual promedio de 9549 millones de dólares, con picos superiores a 10 mil y a 12 mil millones, respectivamente, en 2013 y 2012 (ver cuadro). En cambio, durante los dos primeros años del gobierno de Macri más los nueve primeros meses de 2018 (último dato disponible), el promedio fue de 8358 millones de dólares. Quizá suba un poco cuando se conozca y pueda agregarse el último trimestre de 2018, pero no alterará la idea. 

Si se toman los dos gobiernos de CFK, el promedio de esos ocho años cae algo respecto de si se toma sólo su segundo mandato, y casi iguala al del macrismo hasta ahora. En cualquier caso, de “lluvia” desde 2016 ni hablar.

Insignificante

Como señalaba Aldo Ferrer, las inversiones extranjeras directas (IED) no son la clave de ningún desarrollo nacional, excepto en casos mínimos de países pequeños o más bien enclaves. Desde luego las IED son bienvenidas si cumplen las leyes laborales o impositivas (muchas veces las vulneran o eluden a través de triangulaciones con “precios de transferencia” entre sus filiales), pero en cualquier caso son mucho menos importantes que las inversiones internas.

En Argentina, las inversiones internas suponen hoy un muy bajo 12 a 13 por ciento del Producto Interno Bruto, y durante el pico del ciclo de acumulación kirchnerista –seguramente porque había mucha reposición de maquinaria con una economía boyante–, la inversión interna bruta fija total llegó de 17 a 20 del PIB, como había ocurrido a mediados de la década de 1990 durante el menemismo –en ese caso, por el furor privatizador–, según un trabajo de Marcelo Capello y Alejandra Marconil para el Ieral. En cambio, la IED en general ronda apenas entre 2 y 3 por ciento del PIB. No es significativa.

Alieto Guadagni ha escrito que “las evidencias históricas nos dicen que los países que crecen económicamente, es decir, expanden de una manera firme y sostenida su producción y empleo, lo hacen siempre impulsados por el esfuerzo de su propio ahorro interno, orientado a financiar las inversiones de carácter productivo, o sea, orientadas a aumentar la oferta de bienes y servicios producidos en el país (…). El papel de la inversión extranjera es complementario, pero nunca sustituto de la inversión financiada por el propio ahorro nacional”. 

En ese trabajo, el ex secretario de Energía, entre otros cargos, señala que las IED son mucho más importantes, en la región, en Panamá, Costa Rica, Brasil, Chile o Colombia, pero siempre aclarando que lo que mayormente moviliza recursos y aporta al crecimiento del PIB es la inversión de sus empresas y de sus residentes. En las estadísticas de la Cepal citadas por el experto, Argentina luce un pobre 268 dólares por habitante.

El tema es que, más allá de no ser lo esencial de un modelo productivo genuino, Macri -al menos decía eso- confiaba en una “lluvia” que no llegó. Un cálculo privado, pero en base a cifras oficiales, también da cuenta del fenómeno. Martín Schorr, sociólogo especializado en desarrollo económico del Conicet y la Faculta Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), calculó para Cash que la IED fue de “200 millones de dólares promedio por mes durante el último gobierno de Fernández de Kirchner, y cae a 189 millones por mes durante los dos primeros años más el primer cuatrimestre de 2018 durante el gobierno de Macri”.

Ventas y fuga 

Siempre insistiendo que las IED no son la base del desarrollo, pero para  continuar con el balance acerca de la confianza inútil que Macri tenía o decía tener en ellas, hay que aclarar también que las cifras siempre son relativas, porque en cada período debería tenerse en cuenta el tipo de cambio y la inflación estadounidense (al medirse en dólares). Aún así, las cifras citadas y las del cuadro adjunto dan una idea del fiasco de Cambiemos en este asunto.

Otro aspecto que contribuye a relativizar el fenómeno de las IED es que no hay cifras sobre lo que realmente es inversión nueva y lo que, en verdad, es compra de activos ya existentes. El economista Horacio Rovelli, de la Universidad de Buenos Aires, señala que “por ejemplo, cuando Mastellone se vendió a la francesa Danone o cuando Terrabusi se transfirió a la estadounidense Nabisco, en la década de 1990, se tomaba como inversión directa, pero en realidad compraron fábricas y equipos ya existentes en Argentina; es difícil, luego, determinar cuánto llega a ser realmente inversión nueva”.

Igual que ha estudiado Schorr (junto a investigadores como Daniel Azpiazu o Eduardo Basualdo, entre otros), Rovelli señala como cuestión de fondo el proceso de extranjerización que vino viviendo la economía argentina desde la dictadura cívico–militar de 1976. Y en un trabajo reciente, otro economista del Conicet y la Universidad Nacional de San Martín, Alejandro Gaggero, justamente sostiene que “un aspecto derivado de los procesos de extranjerización de la economía argentina son las fortunas obtenidas a partir de la venta de grandes empresas nacionales. En lugar de ser reinvertidas en el país, la mayoría fueron fugadas al exterior. Otras compañías locales se internacionalizaron, pero desplazando sus centros financieros a guaridas fiscales”. 

Como ejemplo, cita el caso de quien fuera la principal accionista de Loma Negra, Amalia Lacroze de Fortabat, quien “terminó vendiendo la empresa en 2004 al grupo brasileño Camargo Correa por unos 1000 millones de dólares. Casi la totalidad de esos fondos fueron invertidos en el exterior a través de una firma especializada en administradora de patrimonios, Tilton Capital, dirigida en ese momento por Alfonso Prat Gay, ex directivo de JP Morgan que luego se transformaría en presidente del Banco Central y posteriormente en ministro de Hacienda” de Macri.

Rovelli agrega otro dato: “Para medir bien las IED deberían compararse con la fuga de capitales, para ver la diferencia real entre lo que ingresa y lo que egresa del país. Desde enero 2016, primer mes completo de gobierno de Macri, hasta noviembre de 2018, según el balance cambiario del propio Banco Central, esa fuga, llamada “formación de activos externos”, sumó 58.466 millones de dólares, muchísimo más que las IED registradas”.

Concentración y especulación

Schorr también señaló a Cash que las “señales” de Cambiemos al capital extranjero “han tenido implicancias muy acotadas en términos de incrementos en el stock de IED y de ampliar y diversificar las capacidades productivas y el perfil de especialización e inserción internacional del país. La debilidad de la “lluvia” largamente pregonada constituye un resultado previsible, toda vez que en el marco de una crisis mundial que lleva varios años, la tendencia es hacia una retracción general del volumen de IED y una concentración de la misma en países centrales, de modo predominante bajo la modalidad de centralización del capital”. 

Sí, en cambio, añade, se logró “generar el ingreso destacado de inversiones especulativas que se articulan con un ciclo de endeudamiento externo” acompañado de una “salida de divisas por diferentes canales: gastos en turismo, importaciones de bienes (en muchos casos desplazando producciones nacionales), remisión de utilidades y dividendos (y otras remesas ligadas a la operatoria del capital transnacional), pagos de interés, fuga de capitales”.

El mismo especialista, en un trabajo publicado junto con Francisco Cantamutto y Agostina Costantino, sostiene que detrás del nodo discursivo de querer atraer una “lluvia de inversiones” está la idea de que “el lugar de Argentina en el mundo surge de forma inmediata de su dotación existente de recursos (naturales y, como “apuesta estratégica”, bajos salarios), respecto de la cual cualquier intromisión sólo distorsiona ese orden y empeora la situación. Siguiendo esta lógica se consolidan los rasgos estructurales más regresivos de la economía argentina”. 

Los autores se preguntan qué efectos tuvo la desregulación sobre la entrada de inversiones durante el macrismo. Responden: “Desde los primeros meses de la nueva gestión aumentó la IED y, al cuarto trimestre de 2017 alcanzó su mayor valor desde 2014. Sin embargo, la misma se explica por un aumento del endeudamiento de las filiales con las casas matrices (datos de la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional, 2018), lo cual implicará a futuro una vía más de salida de divisas (por el pago de esa deuda) y la posibilidad de declarar dificultades de pago por la inversión”. 

Para los años por venir, las dificultades económicas argentinas no resueltas o generadas por el macrismo no alientan nuevas IED reales, con muy pocas excepciones como podrían ser proyectos energéticos o mineros como Vaca Muerta, o lo que puedan aportar los pocos capitales que se están expandiendo hoy en el mundo, por ejemplo los chinos, si la geopolítica hemisférica no los reprime

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