Fabio Obregón y El Equilibrio Cósmico grabaron El fuego encantador
“Nos metimos en el alma de cada canción”
A la manera de un “cantautorquesta”, el compositor y multiinstrumentista plasmó musicalmente sus vivencias a través de los caminos más profundos de América.
El Equilibro Cósmico, las derivaciones de un “mambo astrológico”.El Equilibro Cósmico, las derivaciones de un “mambo astrológico”.El Equilibro Cósmico, las derivaciones de un “mambo astrológico”.El Equilibro Cósmico, las derivaciones de un “mambo astrológico”.El Equilibro Cósmico, las derivaciones de un “mambo astrológico”.
El Equilibro Cósmico, las derivaciones de un “mambo astrológico”. 

Fabio Obregón tenía un plan colectivo, y se topó con la individual. Ese plan, que él mismo llamó “mambo astrológico”, consistía en armar una banda de cuatro integrantes en la que cada uno representara un elemento de la naturaleza (tierra, aire, fuego y agua) pero la primera gira le salió como solista. “Tuve que afrontar individualmente esa responsabilidad cósmica, y algo ciclotímica”, arranca el músico en esta entrevista con PáginaI12, cuyo fin es desentrañar tal mambo astrológico hecho nombre de banda (El Equilibrio Cósmico) y hecho disco. Se llama El fuego encantador, y también tiene su explicación. “El disco refleja la renovación que acarreó la nueva formación. Hubo un fuego arrasador y encantador que nos reinventó, y los temas vienen de esa revolución, de haber descubierto un nuevo grupo humano entrelazado con nuevos sonidos. Lo introspectivo está en las composiciones, porque la mayoría parecen compuestas frente a un fuego contemplativo y poderoso... Como cuando uno se queda mirando una llama como un punto fijo”. 

 Dadas ambas instancias (banda y disco) queda por definir cómo Obregón y sus circunstancias llegaron hasta aquí. Fue en 2013, tras la gira iniciática que llevó al compositor, multiinstrumentista y cantor a cruzar selvas y cordilleras por los caminos de América. El brazo musical de tal experiencia quedó sellado en un EP llamado Asheriallá. Ya de vuelta en la gran urbe, Obregón afinó guitarra, mandolina, sitar y armónica y, junto a cinco “cómplices” (Sebastián Salvador, Matías Buteler, Nelson Collingwood y Christian “Champion” Buera), volvió al plan inicial: el colectivo. Publicó Boutique en 2015. Y al año siguió Insutil. “Le puse así porque es un disco crudo, sin demasiados retoques, grabado de aire, en una toma y con mucho corazón… Poco sutil”

–¿Qué hay de distinto y qué de parecido entre ambos trabajos y El fuego encantador?

–Boutique es básicamente un disco pequeñito de canciones que adoro. Por eso el título. Es de guitarra y voz, y algunos instrumentos sumándose oportunamente. Sus canciones fueron cocinándose a fuego lento, mientras las presentábamos en vivo con la orquesta estrictamente acústica, sin cables ni amplificación. Insutil, en cambio, surgió de la necesidad de la banda de aquel entonces, de tener la foto de esa etapa tracción a sangre. Muchos ensayos y shows con ese modus operandi hizo que la banda se afilara. El disco se grabó en vivo para reflejar ese momento. Lo distinto entre ambos y el flamante es que cambiaron radicalmente el sonido y las búsquedas. Dimos un giro drástico. 

–¿En qué sentido?

–En que el sonido debía ser otro. Más “grande”, y contrario a lo que se puede pensar cuando se acude a recursos técnicos y tecnológicos. Nos metimos en el alma de cada canción y usamos esos recursos no como capas sino como condimentos fundamentales. Las composiciones fueron pidiendo lo que necesitaban.

El fuego encantador, como aquel viaje iniciático de Obregón, pasa por diferentes instancias estéticas y textuales. De la intención de un personaje tal de divertirse en un karaoke porteño (“Flores”)  a la más escéptica, introspectiva y nostálgica “Brasil”, cuya rítmica “invita a seguir el oleaje del mar y su trance”, pasando por la viajera “La vida donde”, que combina el sonido del sitar con samplers basados en rituales ancestrales. “La variedad instrumental tiene que ver con la necesidad de jugar. Incluso, en otros idiomas hacer música y jugar se dicen de la misma manera”, sostiene el músico. “La primera vez que vi un hombre orquesta fue cuando tenía diez años en un programa de jazz. Era un sujeto que tocaba con el mismo virtuosismo la guitarra y la batería, y eso me marcó. De ahí en más, cuando tuve la oportunidad de experimentar con más de un instrumento a la vez lo hice con extremo placer. Ya por estos tiempos, durante la gira desde México hasta Argentina fui sumando instrumentos para convertirme en “cantautorquesta”.

–¿Qué es un “cantautorquesta”, específicamente?

–Alguien que canta, y toca guitarra, bombo, xilofón, pandereta, armónica, semilla y kazoo. Y ahora también mandolina y sitar. Que canta y toca todo, solo.  

–¿Cómo fue ese camino iniciático de selvas y cordilleras resumido en tres escenas fuertes, Fabio?

–¡Difícil pregunta! La primera que recuerdo fue mi presentación en el Museo Nacional de Colombia en Bogotá, uno de los shows más importantes de la gira. Otra que me viene a la mente es la primera vez que toqué en un transporte público. Fue en Venezuela, ciudad de Mérida. Y otra muy bella fue compartir una tarde de tocar boleros con músicos cubanos en el malecón de La Habana. Todas ellas -y más-huellas imborrables.

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