Las batallas de la dignidad, la soberanía y el derecho se juegan en esta frontera
O todos somos México o Trump nos borra
El muro empezó a levantarse bajo la administración de Bill Clinton, en 1994, y lo completó el ex presidente George Bush en 2006. Ya existen muros, alambrados y vallas en un tercio de los 3180 kilómetros de la frontera sur de Estados Unidos.
Un oficial de la Patrulla Estadounidense de Frontera vigila Tijuana con sus binoculares.Un oficial de la Patrulla Estadounidense de Frontera vigila Tijuana con sus binoculares.Un oficial de la Patrulla Estadounidense de Frontera vigila Tijuana con sus binoculares.
Un oficial de la Patrulla Estadounidense de Frontera vigila Tijuana con sus binoculares. 
(Imagen: EFE)

Desde Ciudad de México

Donald Trump le puso a México un muro en la cabeza, un fardo suplementario en su economía y una humillación en el alma. El Primer Mentiroso Mundial exportó al otro lado de la frontera la “guerra no lineal”, la táctica que le copió al inventor de la versión más actualizada del mundo moderno, el consejero del presidente ruso Vladimir Putin, Vladislav Sourkov. Insultos y menosprecios, tratados comerciales por el piso, presiones para impedir las inversiones norteamericanas en México, groserías, muros y amenazas renovadas: Donald Trump ejecuta a su vecino con varias lanzas al mismo tiempo. El acoso a México y la nauseabunda propaganda electoral se prolongaron en una política de Estado. “¿Qué hacer, qué hacer contra ese pinche gringo?”, se pregunta con los ojos henchidos de ira un policía que hace guardia nocturna en un acomodado barrio de Ciudad de México, Polanco. No hace falta ser mexicano para sentir el chuchillo de Donald Trump removiéndose en el estómago. Hoy, somos todos mexicanos, por deber y compromiso. El Muro de Trump se metió en las venas de cada mexicano. Las recorre como un veneno al que la clase política, superada por la velocidad y la indecencia de los acontecimientos, no le encontró un antídoto. El ex canciller mexicano Jorge Castañeda le dijo el New York Times: “Peña Nieto es un presidente débil, en un país débil y en un momento débil”. La frase más memorable la pronunció el escritor Juan Villoro: “Tenemos a un presidente de los Estados Unidos que construye un muro y a un presidente de México que sólo habla con la pared”.

La gente siente la construcción del muro y la idea de que su costo lo asuma México equivale a forzar a un condenado a que pague su propio entierro. “Ya estábamos mal porque éramos dependientes en todo. Ahora nos han puesto la cabeza en el barro”, dice Lucia, estudiante de la UNAM. En las últimas horas, Peña Nieto y la administración Trump pactaron un compromiso que le evite a México continuar bajo los atropellos públicos del sádico vecino: ambos acordaron no hablar públicamente del muro. La prensa, tan mansa como la dirigencia política, celebraba ese intermedio como una victoria. Pero es falsa. A la sociedad no sólo le duele el sadismo político del presidente norteamericano, sino también la forma en que el Ejecutivo se entregó al bochorno con los brazos abiertos. La secuencia del papelón oficial comenzó en agosto del año pasado cuando el hoy canciller mexicano Luis Videgaray convenció al presidente Peña Nieto de recibir en México al entonces candidato de los republicanos. Trump se sirvió de la ocasión para pisotear a México. Convirtió su visita en un acto de humillación y en una inversión electoral. Esa crisis forzó la salida de Videgaray del gobierno hasta que fue reincorporado como jefe de la diplomacia con la misión de desplegar una estrategia de distención. El canciller se pintó como un “amigazo” del yerno de Trump, Jared Kushner, recién estrenado como asesor del presidente. Pero Videgaray volvió a meter al país en las fauces del lobo. Fue él quien organizó el encuentro, en Estados Unidos, entre Peña Nieto y Trump previsto para el 31 de enero y luego anulado tras las dos nuevas agresiones del presidente estadounidense: primero, en el mismo momento en que Videgaray estaba en Estados Unidos negociando la visita, Trump firmó la orden ejecutiva que abre paso a la construcción del muro; en segundo lugar, Donald Trump publicó un mugriento tuit donde decía: “si no pagan (el muro), que no vengan”.

Trump juega a asfixiar a su vecino, a probar con México los mecanismos de lo que será su diplomacia de matones frente a los más débiles. El 80 por ciento de las exportaciones mexicanas van hacia Estados Unidos. De los 12 millones de mexicanos que residen en Estados Unidos, 5,6 son ilegales. En total, en 2016, esos migrantes enviaron a México remesas por un monto de 25 mil millones de dólares (1,8 por ciento del PIB). “El muro es, básicamente, un insulto para México y un horrible símbolo de la ignorancia”, dice el ex congresista mexicano (PRD) y presidente del Think Thank Fundación Imagen de México, Agustín Barrios Gómez. El descaro pendenciero de Trump dejó atónito a todo un país. Barrios Gómez no entiende cómo se puede llegar a esos extremos cuando, asegura, en realidad “la seguridad nacional y la prosperidad norteamericanas dependen directamente de un México estable y cooperativo”. El presidente estadounidense arremete contra ambos principios: la estabilidad y la cooperación. De muros y divisiones México es un congreso de sabios, pero ahora la temática rebasó lo admisible. Ya existen muros, alambrados y vallas en los 3180 kilómetros de la frontera. En un tercio de esa extensión (1050 kilómetros) hay paredes, alambrados, barrotes, sensores, equipos y patrullas de vigilancia, drones más miles de norteamericanos civiles excitados y armados que se restauran de sus amarguras cazando mexicanos vestidos con ropa militar. Los muros empezaron a levantarse bajo la administración de Bill Clinton, en 1994, y los completó el ex presidente Georges Bush en 2006. Los tramos construidos se extienden a lo largo de estados como Baja California/California, Sonora/Arizona y Chihuahua/Texas/Nuevo México. El muro no es una idea original: “lo nuevo es el ensañamiento, el racismo, el odio y la declaración de guerra implícita que lo acompañan”, dice Matías Urriate, un profesor de matemáticas oriundo de Tijuana.

La sociedad busca y manifiesta su unidad para responder a las necedades del sádico marqués. Unas 40 radios del país decidieron difundir al unísono y a primera hora de la tarde una canción del grupo mexicano Caifanes, “Aquí no es así”. El hastag #to2unidos convocó a millones de personas a sumarse a esa forma de repudio pacífico contra un analfabeto que ganó la presidencia de la primera potencia mundial y ha hecho de México su “enemigo nacional”, según escribe en su editorial el diario El Universal. La canción dice:” Sigues caminando / sobre viejos territorios / invocando fuerzas / que jamás entenderás / Y vienes desde allá / donde no sale el sol / donde no hay calor / donde la sangre nunca se sacrifico por un amor / pero aquí no es así”. El coordinador de la radio RMX, Gonzalo Oliveros, explicó que la canción contiene al mismo tiempo “un mensaje de unidad y de contundencia”. Varias multinacionales ya habían iniciado la contraofensiva en los medios. La cerveza Corona y otras cinco marcas le pusieron a Trump un prendedor burlándose de su consigna de campaña “Make America Great Again” (Haz que Estados Unidos vuelva a ser grandioso). Mediante el hashtag #AméricaesGrande, Corona montó una publicidad donde interpela a Donald Trump diciéndole más o menos que América no es un país, sino un continente entero.

Trump y su muro son hoy figuras obsesionales. Nadie se levanta sin pensar en él, en el muro y en los estragos que causaría en México la deportación masiva de indocumentados y otras categorías prometida por el presidente. El ex presidente mexicano Ernesto Zedillo (de 1994 al 2000) publicó un artículo de opinión en el diario Washington Post donde asegura que “México puede prosperar sin Trump”. Zedillo calificó el muro como un proyecto “extravagante, ofensivo e inútil” y reconoció que, en el futuro, no existe posibilidad alguna de que se llegue a cualquier acuerdo con los Estados Unidos “mediante el dialogo o la negociación”. Algo se ha roto en el alma de cada mexicano. Es un pueblo muy diverso, trabajador y noble, oprimido entre una clase política e instituciones corruptas, la violencia de los narcos y la impunidad, la pobreza, el clasismo de otras eras, la desigualdad y, ahora, el megalómano amenazante de Trump que se ha erigido en demiurgo y verdugo todo poderoso del país que está del otro lado de la frontera. “Trump intoxicó a su país y ahora a nosotros”, dice con resignación Patricia, una empleada de banco que trabaja muy a menudo con los Estados Unidos. El muro aún no existe, pero es tan real que se lo puede ver en cada sombra. El mandatario inoculó su veneno en dos sociedades al mismo tiempo. De este lado, consiguió lastimar, pisotear, agraviar, infundir miedo e inseguridad y, al mismo tiempo, ha modificado la relación de fuerzas entre los movimientos políticos. En siete días de mandato, Donald Trump destruyó la poca legitimidad que le quedaba al presidente Peña Nieto, dejó en un tosco ridículo a la diplomacia y su jefe, Luis Videgaray, colocó fuera de órbita la narrativa blanda y nacionalista entonada por la dirigencia política y la oposición y restauró la imagen del principal líder opositor,  Andrés Manuel López Obrador, dos veces candidato a la presidencia y dirigente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Sus diatribas, sus posiciones, sus denuncias contra la inoperancia política han animado y llenado un debate que nunca estuvo a la altura de la magnitud de lo ocurrido. Este líder de la izquierda mexicana resucitó ese patriotismo revolucionario arrullado en el corazón de cada mexicano que tan bien supieron despertar presidentes como Lázaro Cárdenas o Benito Juárez, ambos tenaces opositores a las políticas de Washington durante el Siglo XIX y XX. La escabrosa twittocracia de Donald Trump contra México llevó a Obrador a pedirle a Peña Nieto que presentara “con urgencia en la ONU la demanda por violación a derechos humanos”. El PRI parece haber perdido hoy su pujanza y su dignidad. A lo largo de toda esta crisis ha mostrado un modesto perfil que el líder de Morena aprovechó para ir izándose poco a poco como una alternativa verosímil de cara a las elecciones de 2018. Mientras todos celebraban el pacto de silencio al que llegaron el viernes Trump y Peña Nieto consistente en no hablar del muro, Obrador apuntó hacia la evidencia: “Ya llegaron a un acuerdo, imagínense lo que es un acuerdo para no tratar el tema del muro y de la persecución de migrantes, es un acuerdo en lo oscurito, es la ignominia”. El líder de Morena se apresta a realizar una gira por Estados Unidos en contra de la política migratoria de Washington. Por ahora, ha sabido leer el momento de soledad esencial por el que atraviesa México con un poder menoscabado por el presuntuoso de al lado y una prensa hegemónica que no ha dado batalla y se ha plegado a una suerte de mansedumbre poco decorosa ante semejantes exabruptos. No por nada lo apodan “El Peje”, en referencia a un pez del sureste mexicano que sabe ser muy rápido y difícil de atrapar. Antes de levantar su ignominioso muro, Donald Trump lanzó sus buldóceres y excavadoras contra México. Su populismo es una enfermedad mental que atraviesa todos los tejidos. México aún no encontró el antídoto para protegerse de la invasión del mal. Es mejor no dejar a México solo. Lo que está ocurriendo aquí se trasladará a toda América. Las batallas de la dignidad, la soberanía y el derecho se están jugando en esta frontera. Son un molde en manos de un energúmeno loco. México enfrenta con pocos respaldos el primer movimiento de una guerra sucia. O somos todos mexicanos, o Trump nos borrará del mapa.

efebbro@pagina12.com.ar