Chicos que sangran

Alexis jugaba el jueves pasado en la casa de un vecino, frente a su casa en zona oeste. A las ocho y media de la noche escuchó detonaciones pero no distinguió bien de qué se trataba, así que se asomó. Recibió un disparo en la pierna. Su alarido de dolor se mezcló con la corrida de los tiradores: dos chicos de unos quince años que huían enfierrados y a toda velocidad por el pasillo ubicado al fondo de calle Rouillón al 4600.

 Alexis, de 8 años, es sólo uno de los once niñxs de entre 1 y 11 años que fueron baleados por error en la periferia de la ciudad en los últimos once meses. Dos de ellos no sobrevivieron a esa ráfaga feroz de tiros justicieros. El primero tenía tres años y estaba sentado en el umbral de su casa en calle Crespo al 3800 junto a su papá de 20. Los acribillaron a los dos desde una moto el 8 de febrero de 2018. A Maite Ponce la mataron en julio mientras dormía en su casa de Avalos y Larralde, en barrio Parque Casas. Un reguero de pólvora impactó en el frente y atravesó la puerta de chapa detrás de la cual estaba ella. Tenía cinco años.

Un mes después, dos personas a bordo de una moto hirieron en una pierna a un nene de siete años en Lima al 2100. Los tiros eran para su papá y él ligó de rebote. Lo mismo le pasó el 18 de septiembre a otro chico de la misma edad en calle Medrano y Valle Hermoso, en La Cerámica.

Dos meses más tarde, el 18 de noviembre, Brian, de 11 años, caminaba por barrio Stella Maris cuando un disparo le atravesó las tripas. Terminó internado en el Hospital de Niños Zona Norte pero salvó su vida. Tres días después, una nena de 3 años que llegaba con su mamá a su casa en Nuevo Alberdi fue herida en la pierna por una lluvia de balas que cayó sobre el auto en el que estaban las dos. Ese mismo día, Pablo Silva, de 14 años, fue a ver a sus hermanos jugar un partido de fútbol en Grandoli y Pueyrredón, en barrio Itatí, cuando una guerra de plomo entre dos bandas que venden droga en esa zona le quitó la vida. Tenía catorce años.

El 17 de diciembre un bebé que estaba en los brazos de su papá dentro de una casilla ubicada en Oroño y Savio recibió dos tiros, uno en cada pierna. Cinco de sus familiares también terminaron internados por heridas de arma de fuego esa misma noche. Dos días después, en Panambí al 200, otro nene de tres años era herido en un ajuste de cuentas. Los tiros eran para su vecino, pero al menos uno le pegó a él.

Los violentos disparan porque alguien tiene una deuda impaga con los narcotraficantes. Disparan porque una banda nueva llegó al barrio y quiere demostrar quién manda. Disparan porque ese bunker perdió protección policial y hay que hacerlo cerrar. Disparan porque esa propiedad fue elegida como centro de distribución de estupefacientes. Disparan porque un soldadito se quedó con un vuelto producto de su adicción y su certificado de defunción ya está firmado. Disparan porque tienen armas. Y quienes se las proveen son parte de un jugoso mercado negro. Sus nombres nunca aparecen en las crónicas policiales. Porque el verdadero poder, el económico, mueve los hilos de la narcocriminalidad en las esferas más altas y pulula muy lejos de esa periferia en la que matar o morir es cuestión de suerte.

En algunos barrios pobres, los chicos aprenden a gatear al mismo tiempo que a taparse los oídos y esconderse debajo de la mesa cada vez que escuchan el zumbido de las balas. También aprenden a guardar silencio si alguien les pregunta. Porque el precio de la supervivencia es no decir nada. Aunque a veces no alcance.  "Todos están arreglados", nos dicen los padres mirándonos fijo a los ojos a los pocos periodistas que llegamos al lugar de los hechos. "Todos" incluye al poder policial, judicial y político.

Mientras la lluvia de balas detona a toda hora en las barriadas más vulnerables de Rosario, los chicos sangran, y a veces se desangran. Se llevan la peor parte de una disputa interminable y feroz en la que todos son rehenes. Hacerlo visible es sólo una manera de no resignarse.

 

 

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