Lenguas de cascabel

La ruta que conducía a Laguna de los Patos, un pueblo ferroviario cercano a la capital, estaba húmeda y llena de baches. Una cuneta se precipitaba a ambos lados del camino, y estaba prolijamente cuidada cuando cruzaba pueblos y comarcas, pero se volvía angosta y peligrosa a medida que la meseta se abría inmensa y no cabía ningún vestigio de humanidad. Arriba, entre el alambrado que divide el espacio público del privado, las vías del ferrocarril Belgrano corrían eternas y caprichosas junto a la carretera, y abajo, donde el viento peina la hierba tierna humedecida por la tierra, los horneros volaban rasantes dibujando una melodía entrecortada por un canto crispado que súbitamente se ausentaba cuando pisaban la tierra. Era una mañana agradable.

La manija del ventilete repiqueteó. Una locomotora hizo sonar el claxon. Los vagones de carga se sucedieron. La ruta zigzagueó y siguió las vías del ferrocarril. Gustavo, sorprendido, como si esperase ver algo extraño, bajó la velocidad del coche y alcanzaron a ver. Había un patio cubierto por una parra, y a un costado, formando una manzana bastante holgada, una quinta de hortalizas y lechugas diversas. Zanahorias, zapallos, zapallitos, repollo, tomates, pimientos, cañas de maíz, y hasta un diminuto gallinero cercado con alambres y chapas de zinc. Gustavo paró el coche y en un hueco de la pared Germán apretó la nariz. El olor, lo que despedían los pasos en un basural de barro y chalas de maíz.

--Tenés que abrir la puerta y pasar.

La puerta, Germán no entendía la razón. Miró por el rabillo y dijo adiós. Pero lo hizo con tanta premura que daba lo mismo lo que podía encontrar después. Sandalias, mixturas de caramelo y sudor. Un nibelungo cartografiando una flor. La campera y las medias al revés. Tenía que aprender. Esa talla no era para él. Una y otra vez, por la mañana, por la tarde, por la noche, cuando bajaban la pendiente y desde el río acechaban remolinos en medio de tanto hollín. Gustavo dijo su nombre como si pudiera anticipar su ansiedad. Germán metió el dedo y rascó. Espeso, áspero, dijo dos más dos, y como si necesitara recobrar el pudor deletreo su nombre para que cada letra le hiciera comprender las vainas de un fruto marrón.

--La piel desapareció -dijo Germán.

Entraron y vieron dos tanques de nafta vacíos. Pintado de gris, Germán movía el dedo para sentir. No tenía gracia. Le pasó la lengua y agarró uno de los tanques que había en un rincón. Miró los rayos del sol, las nubes que pasaban mediando la vieja estación.

--En dos horas, a lo sumo tres -dijo Gustavo.

Encendió el coche y pasaron por un lecho de piedras jaspeadas por un musgo opaco que asomó desde la profundidad cándida. El locutor anunció la temperatura y dio el pronóstico del tiempo para los días venideros. Se esperaba una semana de sol y una temperatura paulatinamente en ascenso. La noche anterior había caído una lluvia copiosa, y eso había remediado una sequía de meses. Los arbustos estaban arrancados de cuajo, y la madera lista para afrontar lo que quedaba del invierno. Un letrero advirtió la existencia de una escuela rural. Un camino de barro y maleza corría paralelo y unía la escuela con la primera calle de tierra donde nacían los barrios Los Hornos y Las Camelias. Cruzaron el paso a nivel y una persona mayor los saludó cordialmente. Las casas estaban pintadas de blanco con ribetes colorados. Una panadería recién abría sus puertas mientras una mujer baldeaba la vereda. En las veredas había naranjos y flores silvestres, margaritas, jazmines del aire, rosas y helechos.

Las manos, la voz, la nariz, la boca y la piel le hicieron reír. Germán agarró una hoja y dibujó un agujero con sombra alrededor. Parecía partirse, salirse y tomar otro color. Gustavo lo acarició. No podía ser de ahí, ni él sosteniendo el volante para conducir. Aceleró y paró el coche delante de un almacén. Germán estiró las piernas y esperó. El tiempo pasó sin que se diera cuenta. Finalmente, Gustavo salió cargando gaseosas, galletas, sándwiches de miga, y panes largos ideales para engañar el estómago hasta que llegaran.

Cuando volvieron a retomar el camino de Los Inmigrantes paró el coche otra vez, observó las casas, los carteles estaqueados, y golpeó las palmas en una casa con las paredes resquebrajadas. A los pocos segundos salió una mujer corpulenta, con la piel colorada, las manos llenas de harina, y unos ojos como de luciérnaga. Tenía la voz firme y entusiasta, hablaba rápido y se quejaba del polvo que levantaban los autos que todo lo ensuciaban. Gustavo le explicó la situación con menos palabras de las necesarias, volvió al coche y levantó una bolsa rendida en el fondo. La mujer le dijo algo que Germán no alcanzó a escuchar. Gustavo peinó su flequillo y le pasó por el alambrado la bolsa ya sin mangas. Después de hablar un momento, la mujer se perdió por la puerta y apareció más tarde doblando la esquina de su propia casa, cargada con dos frascos grandes de mermeladas.

En el cuello de la mujer asomaba un tatuaje pardo con las formas de un animal antiguamente venerado. Germán lo miró a Gustavo. Tenía la cara reseca. Cuando eso pasaba se malhumoraba. No podía entender lo que pasaba, y para aliviar su desconcierto le hacía muecas. Una vez Gustavo lo había encontrado lavándose la cara en la pileta de afuera con agua helada. La cara blanca, la nariz colorada, pero era lo que le había enseñado su abuela, y no se atrevió a decir nada que lo incomodara. Tenía menos de veinte años, la vida cortada en migajas, un pensionado y ahorros del año pasado. Germán carraspeó.

--Quizá se arrepienta.

Una arbolada de eucaliptos añejos les hizo de sombra. Los postes eléctricos eran rieles oxidados que los ingleses habían colocado a comienzos del siglo pasado, de la misma manera que los ramales ferroviarios y los vagones ahora se pudrían sobre carriles intransitables. Germán balbuceó una canción, algo como una balada teñida de dolor. Quiso, intentó discutirlo con Gustavo, pero entendió que no tenía razón.

--¿Estará?

--Sí -dijo-, a esta hora ya está levantado.

Germán asomó la cabeza por la ventanilla. La brisa del viento. Preparó unos mates y le convidó. El cielo estaba calmo, y no se veían nubes que pudieran opacarlo.

 

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