A prueba de uña

En marzo y en su baqueteada libreta de las ideas había reseñado: "Hace dos meses tengo un hongo en la uña de mi pulgar izquierdo. Presencia muda pero notoria a la que intento por un lado tapar, por otro eliminar". Horas, minutos, días, segundos: en algún momento esta vida no deseada que había venido a anidar en su uña se haría visible, ¿o desaparecería para siempre? O quien sabe, quedaría ahí, en ese punto que, aun pensando con gusto y cariño, era imperceptible: estaba, y movía a otras conjeturas, a otros movimientos. Se preguntaba una y otra vez si lo que más le molestaba era su propia mirada o toda potencial mirada ajena.

En abril viajaría a su ciudad de origen. Allí, en medio de la apiñada premura por intentar resolver asuntos extremadamente complejos, se haría el tiempo para visitar a su dermatóloga de antaño. También estaría dispuesto a probar métodos no tradicionales de cura. Su vida, después del diagnóstico de la enfermedad crónica, ya no era la misma. Su familia no era la misma. Su padre no era el mismo. Ni siquiera nosotros, los de entonces, somos los mismos, aunque no se nos note tanto todavía.

No voy -se dijo- a permitir que esta contingencia zonza opaque mis planes, no voy a intentar que me cure un brujo recién llegado de Senegal ni una viejita zíngara a quien nunca hubiera consultado si no fuese por esta presencia muda, notoria, tapada, y eliminada. Sin ardor, dolor o molestia, sólo la visión revulsiva y morbosa lo detrae del ignorarla. Los momentos que antiguamente dedicaba a, por ejemplo, soñar con viajes a lugares exóticos, asistir a conciertos de Iron Maiden, desear romances tormentosos o incluso extrañar con lascivia las pasadas noches de pasión ya no eran cabalmente gozosos.

De este modo el hombre decide, para un mientras tanto, envolver la uña en marlo de elote untado con pomada de mango, papaya y tamarindo, remedio que según le habían dicho, es muy común en Haití pero poco usual en Cuba. Mezcla, venda y termina y ya está llamando a la clínica para pedir, impetrar, solicitar un turno con la Dra. Streptis, célebre dermatóloga local. Se lo dan para los primeros días de mayo, irá con su padre, y su cada vez más obvia demencia senil. Sabe fehacientemente que su presencia silenciosa y oscura es un modo de asomarse al vértigo, ¿será que esta vez se mantendrá callado, confundirá a la doctora con una de sus amantes o volverá con su perorata moralista contra peronistas y radicales?

El hombre nunca pudo dejar de escuchar música por más de una hora. Ahora, esperar con su viejo -que no cesaba de hacer comentarios irrelevantes o incomprensibles- y sin los auriculares era perturbador. En la recepción, responderían ambos y al unísono al mismo nombre y apellido: Humberto Frañassi. Pero el más joven se identificaba para sí como el Beto. Y así en su mente soñaba alguna vez ser presentado en un gran escenario de rock heavy metal.

Humberto, sin embargo, nunca había preferido la laxitud experimental del jazz a la certidumbre populista del Rock. Criado en las afueras de un pueblo grande, su derrota sentimental estaba jalonada de pobres triunfos pasajeros que, como los del tango, habían modelado esa fama que lo precede, tallada sobre una realidad incierta y lábil.

Todo estaba en la superficie: la realidad, las circunstancias, la piel de un padre y de un hijo.

A los dos les quitarían lunares, de la cara y del torso, usando una eficiente pistola láser que dejaría olor a quemado en el consultorio de una clínica para pacientes de clase media alta pero ni una gota de sangre. La voluptuosa Dra. Streptis agregaría una nueva inquietud al más joven de los pacientes: "Es típico de su enfermedad" y observando su larga cabellera castaña -a pesar de su creciente calvicie- y los apretados pantalones de cuero negro algo desteñidos, agregó: "Puede pintarse sin problemas". Les regalarían una treintena de muestras de un gel de aloe vera que se colocarían una y otra vez en los sucesivos días para calmar el ardor.

De regreso a la casa paterna, Beto recordó que algo olvidó decir en el consultorio esa mañana: "A veces me late". El pensamiento le provocó risa. Y la risa contagió a Humberto. En su mente comenzaba a sonar The wicker man: "Hand of fate is moving and the finger points to you". No pudo más que suspirar. La uña sin sabañón venía señalando, casi como en un sueño de antaño, el preludio a un ineludible fin. Compañeros, caminaron tomados del brazo, pisando con energía las hojas secas del otoño.

Uña, año y otoño no constituían para el Beto un recuerdo aniñado. Entre todos los niños del barrio, este ñoño nunca se había destacado durante su niñez y si arañó en lugar de pelear a las piñas era más por adueñarse de la victoria que por no saber defenderse con su propio puño. Añoraba ahora añadir el aliño de antaño al chuño, al guiso, aunque siempre se las apañaría para acuñar ideas aledañas al disparate.

Pero ahora había llegado el fin de año...

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