Historias de La Trova (XXXVII)
  • En mi muro colgué una tarde la foto de mis 18 años, torso desnudo, 30 kilos menos y sin asomo de barba o bigote, eléctrica al hombro."¿Quién es?", algunos me preguntaron. En la foto parezco un trovador rocker, y hoy estoy semejante a Cafrune. El tiempo cambia todo y lo devora como el fuego. Cuando insisten les digo que es un amigo fallecido en la Curva de la Muerte en Pérez. "Tenía unas canciones muy buenas", consigno. Y les muestro los bocetos de mis elementales primeros escritos. Se sorprenden y se maravillan. "Una pena", agregan. A veces, dentro de la burbuja de la mentira, me pregunto si soy peor o mejor que el que fui, que el muerto que a veces matamos para seguir avanzando, pero comprendo que ya soy muy grande y no creo en lo que digo, en lo que dije sin saber que habría de partir hacia las estrellas dejando a la vista este impostor que firma como si fuera el otro.

     
  • Estaba yo ocupado primero en huir de la dictadura y sobrevivir ganando algo para el puchero. Los militares no tenían la mira fija en mí, pero yo sabía, por historias que se narraban, que no hacía falta andar armado con diez fierros para caer. Cualquiera era subversivo, cualquiera era prontuariado, cualquiera era desaparecido. En la consideración de estos terrores me dediqué a ensayar con bajo perfil, irme de la casa de mis padres y conseguir una piecita en un hotel céntrico. "Libertad", me dije, mientras tomaba una cerveza tirado como un fugitivo sobre la colcha rojo furioso del lugar. La guitarra, un bolsito de cuero y dentro de los zapatos el DNI y algo de dinero. Con eso me bastaba para borrarme de la vista de los monstruos. Pelo corto y esperar a que todo pase. Pero las hormonas trabajan de manera invisible. Una chica del hotel -una pupila de prostíbulo cuyo origen era francés, que ignoro cómo vino a dar ahí- se fijó en mí y la cité en un bar de la vuelta. Esperanzas de que se filtrara en mi pieza con la complicidad de la noche, estirar los dedos y tenerla cerca, oler su perfume de pobre a colonia. La esperé y no vino. Pero por la noche, mientras estaba en mi pieza, sucedió algo horrible. Oí un disparo y gritos que llegaban desde la cocina. "¡Lo voy a matar a ese hijo de puta, voy a llamar a la policía que se lo lleve!" .Las piernas me temblaron. Era el cafiolo que la habría descubierto en alguna andanza y él temía estar envuelto en ella. La vi pasar con los de Emergencias, brazo vendado colgando, y al tipo desencajado seguir gritándole desde arriba. Yo espiaba por el intersticio de la puerta. A la mañana pagué a la encargada y huí hacia otro hotel, con el miedo a la sombra de ser buscado no por subversivo sino por querer un poco de sexo en medio de esa locura milica que nos intoxicaba.

     
  • Con Rodrigo Aberastegui, un geniecito de Tigre cuyos trabajos de arreglador y compositor están por ahí, por el mundo y muy poco en su país, habíamos empezado a trabajar en un disco titulado Sertao da Souza. Tengo un abuelo que nació en Río de Janeiro cuyo hermano traficó de todo hasta que se compró una fazenda a la que llenó de cafetales y frutas. Le fue muy bien, pero más aún con el contrabando y otras cositas. Ello me habilitaba para componer junto a Rodrigo una obrita conceptual sobre estos orígenes. Poco sé del portugués, pero soy un valiente en cuestiones de empresas imposibles: me tradujeron algunas letras y las canté por fonética; cuando empezamos a retocar algunos detalles un campeón que nunca falta, de oído certero y origen brasuca, nos llamó y aconsejó aprender a pronunciar mejor algunas palabras. En un castellano perfecto deslizó: "Van a hacer un kilombo, como dicen ustedes. ¡Hasta es probable que armen una guerra diplomática!" Y se rió, pero el consejo era serio. Abandonamos la disco a la espera de que yo pudiera mejorar mi portuñol desastroso. En la mala dicción, el brasileño amigo me aclaró que pronunciaba palabrotas y frases incomprensibles. "Soy un surrealista", le contesté. "No, sos bruto", culminó y me dió una palmada afectuosa.

     
  • Calma del interior, siesta, la musiquita del vendedor de helados, Chico Buarque sonando al fondo. Comimos algo leve pero no fuimos a dormir: todo aquel fuego parecía haberse retraído, pero lo atribuí a que nos habíamos visto solo una vez en seis meses pero yo aún mantenía mi instinto a la espera y mi voluntad de arribar a un puerto común.

    -Tengo algo que decirte -susurró mirándome desde la red de su pelo azul y negro.

    -Yo también -respondí. Lo mío era simple y profundo: quería que seamos novios sin importarnos la distancia, ni el viento pampero o el zonda o el calor tucumano: quería que nos quisiéramos mejor y estar de algún modo juntos.

    -Yo también -repetí.

    -Bueno, empezá vos -me animó.

    -No, no mejor vos.

    Intuía lo extraordinario para nuestros estados. Se mudaría cerca de mi ciudad, iría a escucharme cantar,emprendería algo para que estemos más cerca. Lo venía venir y juro que el corazón no me cabía en el pecho.

    -Bueno, empiezo yo -alargó. Y me extendió un mate.

    -Tengo un novio alemán que viene la otra semana, me voy a ir con él a Europa. ¿No es increíble? -pronunció con naturalidad.

    Me paré y le di un besito en la frente.

    -Te felicito -traté de decir ante el cablerío doloroso de la pena que vendría para arrasarme y ahorcarme. El tiempo todo lo envara o lo acomoda. Vía messenger cierta noche le confesé lo que le iba a decir y no le dije. Parecía un retruécano pero me escribió muy afligida: "Si esa tarde me hubieses propuesto eso, yo cambiaba mis planes".

    La noche brumosa y fría se me derrumbó del todo sobre el teclado. Armé y regalé cierto tema que cualquier compositor que se precie de obtener letra del amor y el desamor tarde o temprano relata: la causa común de seguir viviendo pese a todo. Y de considerarme un pelotudo importante por quedarme callado.

     
  • El profesor viejo me miró las manos. "Con estos dedos mochos no vas a poder hacer nada, mejor dedicate a la fábrica. Pero bueno, ya que pagaste quedate un mes más". Yo observé el entorno: una luz lechosa de junio pretendía entrar por las paredes y las ventanas pero la semioscuridad del lugar lo impedían. Había un pájaro disecado en la vitrina. Las partituras olían a meo de gato. Y él era un casi anciano lleno de rencor.

    -Usted nunca va a hacer una canción -le dije a modo de despedida.

    -Las canciones no sirven para nada -me retrucó.

    -Bueno, yo voy a ir a cantarle las mías sobre su tumba.

    Cerré la puerta verde horrible y huí de allí. En el Cementerio La Piedad sobre un rectángulo sucio de portland es que le dejé, enganchado a unas plantitas con solo una flor mi primer simple. Pero lo pensé mejor y volví para introducir por un intersticio de la tumba el disco que entró justito y sentí su golpecito leve sobre lo que debía de ser el ataúd de aquel profesor.

     
  • La música, cuando se es jovencito, abarca un montón de posibilidades: desde la vocación hecha y derecha que no admite fraude ni tormentas ni desastres naturales y sobreviven como un alien a los desvíos familiares, humillaciones, dudas y encrucijadas del camino y otras navegaciones, a la pelotudez total de perderse en la ruta y olvidarse de quienes éramos. Cuando se es sincero, la música es un trámite que no conlleva dolor ni trauma, sino horas ante el instrumento y punto. Pero algunos, cuando repito, somos implumes aún, no sabemos si nos subimos a un escenario para figurar, por diversión o para forjar un hierro candente, que será la espada con que cortar el hilo absurdo de trabajar de cualquier cosa accesoria y terrible. Por ello es que ficcionamos la aventura de salir a escena como un juego, cuando en el fondo sentimos latir el corazón como un sapito anhelante, sabedor de que ese será el frente de batalla, la pitanza y el orden casi divino que acordamos con nosotros mismos. Todo ello, de forma embrollada y despeluchada como mi cabeza de tortolito pensaba yo cuando salíamos a tocar con el grupo de folclore. Pero la verdad sea dicha ahora y para siempre: yo me animaba a cantar y tocar por Ella, la maestra que me había enseñado lo poco o mucho que pude abarcar; ella en primera fila anhelante y a la vez despreocupada, morocha de piernas poderosas y ojos negrísimos como la noche de las zambas que tan bien la relataban. Como reza el viejo adagio: uno toca para levantarse minas. Yo lo hacía para que Ella, veinte años mayor que yo, me eligiera, me amara, se entregara a mí un día y abandonara a su feo novio peinado a la gomina que nos atragantaba con el maldito solfeo.

     
  • El arte es una disciplina absurda a veces. Se suelen canjear acordes por objetos. Lean sino lo que sigue. Claudio Cardone, un batallador elocuente que sostuvo el peso de ese pájaro gigante y devocional llamado Luis Alberto Spinetta desde su teclado, lloró a su amigo tanto o más que nosotros. Estaba tan triste que pasaron muchos días con el calefón roto y ni notaba el agua helada en la casa. Llamó a un técnico que, rareza al fin, lo reconoció y se mostró muy charlador y conocedor de la obra del Maestro que se nos fuera. A la hora de cobrar dijo que nada, que por favor, que como le iba a cobrarle a él, quien estuvo al lado de Luis embelleciendo su obra. Entonces una luz se encendió en el fondo de sus pupilas. "Ya sé, no te cobro el trabajo pero te lo canjeo si vos me ayudás". Y le llevó un tema para que Claudio bordara, surfilara y remendara de la mejor manera la canción de aquel gasista. Lo que se dice, un arreglo a cambio de otro.

 

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