Nada puede el viento contra la llama salvo idolatrarla

Abran las puertas, no hay demasiado tiempo. Las palabras se pudren si no salen y yo estoy hasta el cuello de basura. Después de la lluvia las hormigas salen de la tierra y contaminan con indiferencia los jardines y las veredas. Para cuando el sol cae, ya no quedan migas, ni hojas secas, ni gajos putrefactos a los pies del limonero. El viento sopló y se lo ha llevado todo. Abran las puertas, se acaban los días.

Ah, pero si de mí dependiera, si todas las vidas fueran vida sin que nadie las reclame. Entonces brotarían de mi sangre la espesura y el invierno, y las paredes grises tendrían más sentido. Las calles, los árboles muertos, las manos secas y los ojos dormidos. Todo tendría sentido. Ahora los colores me lastiman, también los perfumes. La melodía perfecta fue apenas un sueño y no lo recuerdo. No había melodía, sólo creí en ella. Era Dios esa música que nunca oí, que jamás existió.

No me presionan las perspectivas, ya no hay mañana, ni siquiera un ahora. Es hacia allá donde se desarrollan las cosas, mis cosas, mi vida cada día distinta aunque ya la he vivido. Si me preguntan cuándo respondo no sé; si me preguntan dónde, les digo que aquí. El pabellón es frío, la bandera se iza cada mañana. Igual. Y agonizo.

Sus manos son ásperas y ofensivas. No tengo fuerzas para rechazarla. Sólo me queda la tristeza.

Antes, porque hubo un antes, mis piernas eran poderosas y mis ojos soportaban tantos colores como si nada. No les daba importancia. Tampoco a los sonidos, ni a los aromas, ni a nada. Poca diferencia salvo que antes era desidia.

Si pudiera empezar de nuevo, ¿haría las cosas de otro modo? No lo creo, soy quien soy, soy mi esencia y volvería a hundirme en la indiferencia.

Rama de un pino. Cae. Las hojas secas crujen al recibirla. Las puertas cerradas. La vida allá. Las manos ofensivas, la espera y el miedo. Yo también tengo una historia. He nacido, fui niño, joven, adulto y viejo. Fui un número, un buenos días, una boca que humeaba tabaco; fui el sabor de un jugo de naranjas; fui los pasos anónimos, unos que iban caminando por la peatonal. Abran la puertas, me fumaría un cigarrillo de marihuana. Y luego mataría alguna hormiga y dejaría las cadenas sin candados. Me asomaría a la lluvia y a la música que no está y dejaría mi huella tan confusa, tan igual a las del resto de la humanidad.

¿Dónde has estado todos estos años? Aquí, dónde más; siempre aquí. Incluso cuando no había luces encendidas estaba aquí, a los pies del ahora y en las faldas del después. Ya saben dónde encontrarme, entonces: ayer.

Puse un pie en el agua y las medias se mojaron. Las miré alelado, ¿esperaba que se incendiaran? Es lo más probable. Y ahora necesito dormir. ¿Despertaré?

Despierto y me da sueño otra vez. Los ojos acusan el golpe del sol. Demasiado sol mientras los pájaros carpinteros rebuscaban en las cortezas los insectos, el almuerzo. Un correcaminos, (sí, era un correcaminos entre el verde de las islas) se aleja a mi paso. Y la trampa que he montado me aprisiona. Estalla en mi cara. Me lanza tan lejos que ya no soy capaz de regresar.

Camino sin rumbo, entonces; algo me empuja hacia una dirección que desatiendo. Pero abro los ojos y me detengo en el fuego.

Una llama descansa sobre seguro. La brisa no puede matarla, ni avivarla; nada puede el viento contra la llama salvo idolatrarla. Una mano desconocida acerca un madero grueso y hueco, lo arroja con cuidado de no derrumbar la improvisada pirámide que arde y en pocos minutos más será un montón de brasas y cenizas. Una tardía botella de ginebra inaugura la última ronda mientras el mate y los cigarrillos se detienen al pie del guitarrero que ahora canta una canción de Tom Waits. Canta con una pronunciación espantosa del inglés, pero a nadie le importa; nadie lo escucha. Es una canción de final de película. Hasta puedo ver los créditos subiendo sobreimpresos sobre la imagen del fuego y de la ronda cada vez más ausente.

Cómo fue que me dejé arrastrar hasta acá. La arena se me mete en los zapatos, el rocío me enfría el alma ya de por sí congelada. Desde hace horas sólo deseo irme. Desde que llegué quiero irme. Sin embargo me quedé. Respondí cuando me hicieron preguntas. Dije alguna que otra cosa cuando fue absolutamente necesario. Luego cerré la boca y a nadie pareció importarle. Podría haberme quedado en casa leyendo un libro, mirando una película, envenenándome con whisky, cerveza y comida basura. Las cosas son como son. Sigo en torno al fuego, en el círculo, y sólo quiero irme, como cuando llegué. Supongo que accedí para demostrarle que no soy tan ermitaño como aparento. O para demostrármelo a mí mismo. Es verdad que a veces necesito estar rodeado de personas. Pero sólo a veces y no era ésta la noche. Todo lo que quiero es irme y alejarme de ese ambiente que me oprime y no sé por qué. Nadie me mira, nadie reclama mi participación, a nadie le importa si rechazo la ginebra o el porro húmedo y casi apagado.

Tal vez acepté para poder luego escribir sobre esto. Pero qué escribir más que "desde hace horas quiero irme". Todo lo demás es innecesario. No es materia de nada. Mucho menos de literatura. Si me paro, si me voy, si dejo atrás el fuego y las sombras sobre la arena, sé que tendré que olvidarme de ella. Ella no hace más que remarcar nuestras diferencias. No nos comprendemos en nada. En nada coincidimos. Tampoco en esto. Pero ella me gusta. Y sin embargo no es por ella que vine. Es por ella que me quedo. Hasta ahora. Porque ya no resisto más. Me paro, me sacudo la arena de los pantalones y, sin saludar a nadie, me voy caminando lento.

Por un instante imagino que me llama, que corre hasta mí para pedirme que me quede. Me detengo antes de llegar a la calle, espero sus manos sobre mi hombro. Pero nada de esto sucede. Miro hacia atrás, hacia el fuego y la veo sentada y con los ojos cerrados, balanceándose al ritmo de la canción, borracha, intoxicada, indiferente. Es tan hermosa. Me tienta regresar y sentarme a su lado, soportar la presión, la angustia, esperar que la mañana y una decisión ajena decidan el fin de la fiesta. Doy un paso retomando el camino. Me detengo. Un murciélago pasa muy cerca de mi cabeza y me rescata de la burbuja que empezaba a formar mi arrepentimiento. Ya tomé la decisión de irme, pienso. Y ya no quiero engañarme más. Me voy. El fuego sobrevive en la arena. Sopla norte y sopla fuerte. Nada puede el viento contra la llama salvo idolatrarla.

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