Por Pía Bouzas
Plegamientos en el valle del Challhuaco
Imagen: REP

I

¿Qué había en ese sol que rebotaba con suavidad en el pasto, en las hojas altas de los árboles, en la superficie del lago? Ella no podría decirlo, apenas percibió el reflejo. Tampoco su marido. Quizás el hijo de ellos, sí. Bien temprano había estado buscando a la lagartija entre las rocas que bordeaban la cabaña. La descubrió adherida a la superficie fría de una piedra lisa, quieta, expectante, como un dibujo grabado en el tiempo. La comprobación de que allí podía encontrarla todas las mañanas le dio al chico la alegría simple de que todo en el mundo estaba donde debía estar, de que cada uno ocupaba un lugar preciso. Estiró el brazo y acercó la mano tan lentamente que pensó que esta vez lo lograría, pero la lagartija se escabulló en un santiamén y él también salió corriendo lleno de energía hacia el auto, donde lo esperaban sus padres para iniciar el paseo.

El auto avanzaba tranquilo por la ruta que bordeaba el lago, un espejo oscuro a esa hora de la mañana. Iban en silencio, sin música, cada uno entregado a la contemplación de un paisaje tan espléndido, tan para siempre. A medida que se acercaban a la ciudad una nube blanca, algo amarronada, ensuciaba la transparencia natural del aire. Provenía de un incendio en el basural que había comenzado el día anterior y que no lograban apagar. O que tal vez esperaban que se apagara solo; no se veían carros de bomberos ni policía caminera para desviar el tránsito. Era frecuente, les habían comentado el día anterior.

Para llegar al refugio Neumeyer había que salirse de la ruta asfaltada y tomar un camino de ripio. El camino estaba en peores condiciones que unos días atrás. La ausencia de lluvia se hacía notar. A pocos kilómetros se toparon con un camión que iba echándole agua y más adelante con un tractor que iba aplanándolo. Sin embargo, cuanto más lo trabajaban, los baches se hacían más profundos, las piedras quedaban en punta hacia arriba, los autos corcoveaban como mulas trepando montañas. Algo así dijo él, con cierta ironía, y ella asintió, con asombro. No era lógico que al intentar emparejar la huella se volviera imposible. Pero ella no sabía nada de caminos, así que su razonamiento lógico podía no tener ningún paralelo con la realidad. ¿Quién le decía que los caminos no se alisaban con el tiempo?, ¿que lo que parecía rugoso o intransitable, a la larga el viento lo amansaba?

Dejaron atrás el cartel de madera que indicaba que entraban en territorio mapuche, el puesto abandonado del guardaparque, la colonia de vacaciones fantasma, las hamacas quietas y un pabellón de dormitorios amplio y desierto. Esta vez ella se concentró en el paisaje que asomaba a la izquierda del camino, unos cerros bajos, con rocas inmensas en la cumbre, escupidas unas lejos de otras como cuchillas en punta, pero armando una secuencia de mayor a menor, secuela sin duda de violentos plegamientos geológicos. Lo comentó, miren qué raras, y les sacó unas fotos. Pero a su marido particularmente no le atraían esas formas rocosas y su hijo estaba leyendo una historieta. A ella, en cambio, le producían cierta fascinación esos paisajes, una fascinación que no podía compartir plenamente ni poner en palabras. Por eso insistía con las fotos. Las fotos no eran más que la mirada de la persona detrás de cámara deslizándose sobre los objetos que tenía delante. Eso le había dicho a su marido unos días atrás. Sacame linda. Pero las rocas eran más resistentes u opacas o había que conocerlas mucho para descubrir el ángulo desde el cual captarlas. Todavía no lo lograba. ¿Cuándo llegamos?, preguntó el chico con mal humor. Empezaba a sentirse el calor y esa modorra de mitad de mañana.

Fue el aire fresco de esos coihues altísimos lo que les sacudió el embotamiento. Llegamos, familia, dijo él y estiró los brazos en alto. Agarraron las mochilas, los bastones de trekking, distribuyeron las botellas de agua y hubo una gorra verde para su hijo. Esta vez no fueron hacia el refugio, donde se concentraban los pocos visitantes del parque, sino hacia la izquierda, hacia el sendero que llevaba al mirador del Ñirihuau. A pesar del sol ya alto, se estaba bien dentro del bosque, se respiraba un aire fresco, limpio, con olor a pasto, a flores, a tierra, capaz de oxigenar a fondo el pulmón más urbano.

El sendero estaba marcado doblemente, con círculos rojos pintados en los árboles y banderines amarillos adosados a la corteza. Este lado del bosque era poco transitado; en la huella se atravesaban ramas viejas, árboles caídos, levantados de cuajo por alguna tormenta. Otros, estoicos, con las ramas en alto y sin hojas. Uno, más hacia el fondo, partido y quemado la mitad. Un rayo debía haberle caído encima. Su hijo estaba justamente pasando a su lado. Era tan chico al lado de los árboles de treinta metros. Una escala completamente diferente proporcionaba el bosque. Su hijo era apenas un junco al lado del árbol centenario. Ella preparó la cámara de fotos, disparó. Pensó en las fotos del libro de la expedición de Shackleton en la Antártida. Pero era verano y nada quedaría en blanco y negro. El sol vibrando sobre las hojas verdes. Los amancay florecidos en la base del bosque. Un manto amarillo, como soñado.

Su marido iba adelante, su hijo en el medio, ella más atrás. Cada tanto se juntaban, tomaban agua, se alejaban. Su hijo, entusiasmado, de repente la llamó, mirá, y señaló hacia lo alto. Había descubierto un pájaro carpintero golpeando la corteza de un árbol con su pico. Tenía un crespón rojo y el resto del plumaje negro. Pidió el largavistas. Observó con detenimiento el pico. Era largo y lo incrustaba contra la madera, con golpes rítmicos y fuertes. Le debe retumbar en la cabeza, dijo. Toc, toc, toc, y paraba. Al rato comenzaba otra vez. El golpeteo hacía eco en el bosque. ¿Para qué lo hace?, dijo ella. Busca comida, mamá. ¿En serio? Hormigas, termitas, arañas. Ella lo miró como preguntándose dónde su hijo había aprendido todo eso, en qué momento. Ves, te dije, mamá. El carpintero, después de hacer volar pedazos de corteza seca, había logrado hacer un hueco en el tronco y metía por allí el pico, hurgaba unos instantes y después sacaba la cabeza, la estiraba, una bola bajaba por su garganta, tragaba. Repitió la operación tres o cuatro veces, hasta que se llenó. Pájaro que comió, voló, pensó ella recordando a su abuela, las meriendas al paso y la urgencia por volver a los juegos.

Su hijo también salió corriendo: Papá, papá, no sabés lo que vimos. Él se detuvo, su remera gris y amarillo flúo relumbró como una llamarada y lo escuchó con atención. Él le dijo algo que ella no pudo escuchar, estaban lejos el uno del otro. ¿Qué parte del cielo se abría ahora entre los árboles? Los miró, recortados en ese silencio y pensó o imaginó que eran parte de una escena que quizás siempre le resultaría ajena. Unos días atrás había sentido la misma inquietud cuando ambos, de espaldas a ella, observaban juntos desde la orilla la Laguna Verde, una laguna que parecía fácil de abarcar, y que era verde amarilla, verde oscura, extraña. El chico volvió corriendo. Tenemos hambre, má.

Se sentaron sobre un tronco ancho y comieron. Sándwiches de salame y queso, huevo duro, una manzana o una banana, había que recuperar energía para seguir la caminata. Bastante agua. Caramelos ácidos de mora.

Cuidado, termitas en el tronco, chuceó el papá, y el chico se levantó eyectado y salió con escándalo, exageradamente. Se te suben, ojo. En la base del tronco observaron los hilos de savia amarronada, seca. Un árbol viejo. ¿Es verdad que los anillos del tronco son los años que tiene el árbol? Eso dicen, agregó ella. Y volvieron a caminar. El guardaparque les había indicado que no tenían que confundir el camino que iba al mirador del Ñirihuau con el que iba al río Ñirihuau, y la madre iba atenta a las señales con cierta preocupación. Sobre todo porque se notaba que muy poca gente transitaba esos senderos y que la picada cambiaba de dirección por los árboles que se iban cayendo. De repente el camino se llenaba de arbustos, de matas pinchudas y entonces daba una vuelta mínima, o se desprendían dos calzadas en sentidos opuestos. Para seguir en la dirección correcta había que guiarse por las banderitas amarillas adosadas a los árboles y no por los círculos rojos. En algún momento apareció tumbada la señalización definitiva, un cartel con letras y flechas grandes: hacia la izquierda, el mirador (una hora de caminata), hacia la derecha el río (4 horas de caminata). Ahora sí mamá puede disfrutar del paseo, dijo él con gracia pero sin ironía. Y ella sonrió, como quien admite algo sin estar convencida.

La senda empezaba a subir de manera decidida. El bosque se iba haciendo más ligero y ya no había flores de amancay en la base. Como un milagro, de repente a la derecha se abrió un llano, perfecto, rectangular, parejo, sin árboles ni arbustos, pasto al ras. Un mallín, dijo ella sin saber muy bien si lo era, pero como quien usa una palabra que conoció en algún momento. Nunca había que confundirlo con un lugar de acampe, eso también recordó. Las botas se hundieron en el barro. Su hijo chapoteó feliz. Una alfombra blanda, dijo. Un claro inesperado en el medio del bosque tupido, un remanso que mostraba hacia la derecha qué cerca estaba la cumbre del cerro Challhuaco. Ella y el chico posaron para una foto, apoyándose en los bastones como expedicionarios orgullosos, satisfechos. Ella se dejó puestos los anteojos de sol, con lo cual nunca se sabría si miraba la cumbre del cerro o a su marido. El padre dijo que nunca hubiera imaginado que podía haber un lugar así escondido en un bosque.

Siguieron. Como al comienzo, el papá iba adelante, el chico en el medio y ella atrás. Caminaban en silencio, cada uno entregado a sus pensamientos. De repente, hubo un sonido estremecedor: él pensó en el rugido de un puma, ella en un temblor o un derrumbe. El chico los miró a ambos y se detuvo. Se juntaron los tres. De nuevo el sonido de adentro de la tierra o de un animal, y un golpeteo en el piso. Primero fue una sombra blanca y después un relincho agudo. El cuerpo decidido del animal, trotando, pesado. Un caballo blanco, enorme, frente a ellos, a pocos metros. Lustroso, de cola cortada y crines prolijas. Los miró fijo, como ellos a él, todos quietos, mudos. Fue apenas un instante, pero inmenso. Resopló y largó otro relincho fuerte, decidido, pasó muy cerca de ellos, por el costado, y se fue hacia abajo. ¿Es un caballo salvaje?, preguntó el chico. Vamos, vamos, dijo él. Y fueron tras el caballo. Volaron tras él, siguiéndolo como a un fantasma, o a un unicornio. Desde más arriba sonó otro relincho, más suave, y un potrillo zaino asomó el hocico. Ella lo vio bajar por entre los árboles. Seguía el llamado. No era un caballo blanco entonces, era una yegua.

Ahora estaban otra vez en el mallín, pastando, bebiendo del humedal. No podían ser caballos salvajes porque tenían una yerra, no en el anca, como se usa, sino en el pecho, cerca del cuello. ¿De dónde habían salido? Mágico, mágico, decía el chico. Y quizás hasta pensó en Harry Potter, que era el libro que le habían regalado para su cumpleaños. Lo cierto es que para los tres había sido algo único, como fuera del tiempo. De los mapuches son, les dirían con cierto disgusto después en el refugio, no pueden soltar los animales por el parque, pero no hacen caso.

Continuaron subiendo. No podía faltar mucho. Casi sin transición el bosque se fue achaparrando, hasta abrirse por completo. Para llegar al mirador había que trepar por un terreno totalmente descampado, un pedrero bajo el sol a plomo. Reforzaron los ánimos con frutas, agua y caramelos bajo la sombra de los últimos árboles. Se sacaron fotos. Ella sugirió que los tres juntos, diferentes muecas, jugando a hacer una buena selfie, a ver cuál salía bien. Chequearon en la pantalla de la cámara, en todas estaban bien, con cara de locos, de contentos, de familia. Se dieron ánimos y salieron hacia la picada.

El sol era inclemente. Caía a plomo. Para marcar el esfuerzo. Cualquier cima lo exigía, por más baja que fuera, recordó ella. Los vio alejarse por el sendero angosto, apenas marcado. El padre, el hijo. Su marido, su hijo. Los vio llegar al filo y después desaparecer. Ella subió con los ojos clavados en el cielo intenso, feliz de estar en ese cerro. Una vez en la cima descubrió que la montaña continuaba hacia adelante y se angostaba en un mirador; por el borde hacia la derecha salía una picada que cerraba en un promontorio apenas más alto, y hacia la izquierda se conectaba con un páramo extenso y las rocas como cuchillas que había visto desde el camino abajo. Todo estaba ahí, tan cerca, conectado. El paisaje había cambiado por completo. Árido, pelado, apenas unas lengas achaparradas resistían al viento y a la nieve del invierno. El cerro Challhuaco parecía al alcance de las manos. El viento fuerte, muy fuerte, el sol potente, lacerante. Lo que le gustaba de la vida era así, era estar ahí, pensó ella, aunque no lo dijo. Le hubiera dado vergüenza decir palabras tan qué, tan cómo, las palabras no servían para expresar esa intensidad. En el mirador, el chico sostenía en alto un cartel de hierro hecho con las letras de la palabra MIRADOR. Las letras eran redundantes, la alegría también, y el gesto de triunfo con los brazos en alto, más. La foto que le sacó, ni qué decir, aunque al hacer zoom y recortar el rostro de su hijo, la gorra verde, los labios finos, la sonrisa desafiante, supo que era una foto del futuro, de su hijo ya crecido.

Era un mirador que se abría a la estepa patagónica. Todas las capas geológicas en un golpe de vista. Hacia el valle volvían a crecer árboles, el río debía pasar por allí, aunque no era visible. Qué milagro, pensó ella. La altura abierta invitaba a volar. El chico, entonces, quiso sacar una foto a sus padres. Pónganse, dijo. Ellos se acercaron satisfechos para la foto. Se dieron un beso, el único de todo el día, él pasó su brazo sobre los hombros de ella, ella lo abrazó por la cintura. Sonrieron mirando a su hijo. ¿Siempre sonreirían mirando a su hijo? Hubo una, dos, tres fotos, todas bien, todas felicidad, todas bajo el encuadre armónico del ojo del hijo. Lo hicimos, familia, dijo él. Que era casi como decir, pensaría ella después, hasta acá llegamos.

Tuvieron que insistirle para que ella finalmente comenzara a desandar el camino. Su marido y su hijo ya estaban bajando, ya estaban a punto de entrar al bosque cuando ella todavía seguía arriba. Había caminado por el filo hasta el extremo de la derecha, y había descubierto una suerte de cactus que crecía solito entre las piedras, diminuto. Si había sido tan fuerte como para crecer entre la nada, ¿por qué llevárselo? Prejuicios urbanos, se confesó. Muy cerca, después había descubierto tres más de la misma familia. Amuchados, chiquitos, pero firmes. Ni aun así pudo arrancar al que crecía independiente. Miró hacia abajo y hacia el frente. Hacia abajo estaban el bosque, su marido y su hijo llamándola. Hacia el frente, el páramo y el promontorio de rocas como cuchillas hacia el cielo. Si por ella hubiera sido, habría caminado hasta el promontorio. Vio el páramo, las rocas, pensó en las distancias, en la realidad y en la percepción tan relativa. Parecía lejano, pero su percepción visual no le hablaba del tiempo. Sabía por experiencia que lo que parecía distante muchas veces estaba insólitamente cerca, a pocos minutos de marcha. O quizás el tiempo se sentía de otra manera. ¿Qué hora era? ¿Ya era hora de bajar? Mamá, dale. Levantó el brazo y saludó. Ahí voy. Pero se demoró un poco más. Se sentó en el filo y tomó un poco de agua. Había cierta neblina en el cielo celeste, por exceso de sol, de calor, de polvo. Jugueteó con las piedras sueltas, desprendidas del suelo. En la roca base se podían distinguir con claridad los estratos de sedimentos por colores y relieves. Había una franja blanca que avanzaba a lo largo del suelo como si fuera una falla, una capa cortada y vuelta a plegar. Se trajo una roca de esas, una roca chiquita que encerraba todos los tiempos, que había sobrevivido seguramente a todos los derrumbes, plegamientos y movimientos tectónicos.

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