Tárrega, Chopin y encaje antiguo
Escena de la película "Arsénico y encaje antiguo", de Frank Capra con Cary Grant.Escena de la película "Arsénico y encaje antiguo", de Frank Capra con Cary Grant.Escena de la película "Arsénico y encaje antiguo", de Frank Capra con Cary Grant.Escena de la película "Arsénico y encaje antiguo", de Frank Capra con Cary Grant.Escena de la película "Arsénico y encaje antiguo", de Frank Capra con Cary Grant.
Escena de la película "Arsénico y encaje antiguo", de Frank Capra con Cary Grant. 

Si es que ya no lo saben, todos los argentinos tienen que saber que hasta los años ochentas en todos los barrios había uno o varios profesores de música. Digo hasta los ochentas, porque cuando se fueron muriendo, (es que en los ochentas ya eran gente realmente mayor), su relevo quedó en manos de otra generación de profesores. Apareció el Berkeley -con toda su wannabe jazzera- o la Cantarock para los que iban más por el lado del cantante animador de fiestas familiares cantale-a-la-tia-la-de-León-Gieco.

Hablaré de aquellos viejos profesores. Para nosotros eran realmente dinosaurios, más viejos que nuestros propios abuelos; viejos tenaces que vivieron durante muchos años dando clases de música y querámoslo o no, cumplieron una función muy importante para los que vivimos cerca de la música: se dedicaron durante muchos años a esparcir los rudimentos del género "clásico" del siglo XVIII y XIX por los oídos y las manos de varias generaciones de argentinos.

Eran hombres y mujeres que habrán nacido en la década del 20, en familias que podemos suponer serían de clase media. No sufrieron la coacción de tener que buscarse un "trabajo seguro" en épocas en que eso existía (ahora todo es flexibilización). Imagino un piano en la casa natal y también imagino un profesor europeo, muy probablemente italiano si era de piano o canto, más probablemente español si era de guitarra. Y allí en sus casas, habrán comenzado tocando los famosos valsecitos que tanto se mencionan en el repertorio tanguero para pasar luego a los más avanzados Chopin o Tárrega.

Ya como emprendedores, si eran cuentapropistas, le ponían "conservatorio" seguido de su apellido; si eran más de uno, el nombre podía ser más ampuloso "Santa Cecilia", o quizás el apellido de alguno de los más famosos compositores. Incluso algunos tenían una especie de currícula con estructura de años y algunos -los más institucionalizados- emitían título de "profesor". Los exámenes en muchos casos, se rendían en otro conservatorio de la misma laya, pero la tercerización le daba un tinte de exigencia que alguno se creyó.

Eran una especie de segunda selección; eran los que no llegaron por malos o por cagones, aunque quien sabe si desde un comienzo pensaron en las clases de música como salida profesional. En el caso de las mujeres me permito pensar que con un mercado laboral de músicos copado por hombres, eligieron eso como trabajo domiciliario para evitar la tortura de la oficina.

Ese trabajo (aunque se convirtió luego en una rutina de 40 años) evitaba lidiar con las toneladas de remitos y facturas, notas de crédito y débito de cualquier administración, pero implicaba minutos y minutos de la mejor música del siglo xviii y xix (porque sepanlo, chicos: Ravel no entraba, Bartok menos y Villalobos apenas pudo abrirse paso a los codazos colgado de las tetas de Andrés Segovia con algunos de sus famosos preludios). Atenti: lo que ellos hacían por conservadores halló su posterior justificación en que quien quisiera dedicarse a "lo clásico" aprendía un repertorio que aún está vigente. Sor y Bach son parte de cualquier repertorio standard del género, su fecha de caducidad aún no ha sonado.

Yo los conocí viejos, y en cierto punto decadentes, pero no sé si en verdad lo fueron o es que mi mirada de hoy me traiciona. Creo que eran sus manos temblorosas y manchadas, sus tinturas de pelo, o sus vestidos y pantalones "de vestir". Su caligrafía enérgica pero errática resolviendo todo casi en un solo trazo, inclusive las figuras más complejas, ponele: tres fusas, la tercera con puntillo y la última una semifusa o el espantoso silencio de negra.

Sus casas, o conservatorios, de alguna manera mantenían algo de sus épocas de prosperidad que ya no era tal: decoración, olores, muebles. Por momentos ellos mismos, parecían parte del mobiliario, que cobraba vida cuando llegaban los alumnos. Lo que allí se hacía y del modo en que se lo hacía teñía todo de un viejismo recalcitrante y en algun caso intimidante.

Afuera escuchábamos rock, Charly, Spinetta, Zeppelin o Los Beatles. Y al trasponer la puerta, pesada, vidriada, biselada con herrajes, sólo quedaba espacio para Tárrega, Sor, Carcassi y Rodríguez Arenas.

¿Eran raros esos profesores? No sé. Más allá de la gran diferencia de edad, evidentemente poseían un conocimiento indispensable y socialmente reconocido. Era la vía regia para entrar a la música para quienes no podían o no querían ir hasta las escuelas oficiales ubicadas en el centro.

Me inquieta pensar que así, tan fuera de época como los recuerdo, ellos enseñaron a mover sus dedos a la mayoría de los que nos acercamos a la música antes de los 80'. La teoría de Rubertis y el solfeo de los solfeos. Horas y horas dibujando todas las figuras musicales, incluso fusas y semifusas, que esos alumnos nunca tocarían, leer en clave de Fa y clave de Do, aunque tocáramos guitarra con su aburrida y monótona clave de Sol.

¿Cuál sería la relación de esa gente con la música? imposible saberlo, Porque pasión lo que se dice pasión, no transmitían. Tampoco nos impresionaba (en una edad en que uno se impresiona con el ejecutante) su forma de tocar. Quizás los años de trabajo y de transmitir siempre lo mismo y del mismo modo les generó el terrible aburrimiento que trasuntaban al transmitir sus cosas.

Esos profesores, algunos acompañados de sus mascotas durante las clases, (los fanáticos actuales de los gatos no inventaron nada) hicieron llegar a Bach, Beethoven, Chopin y Schumann a todos los hogares argentinos. En versiones que adolecerían de todos los defectos que queramos encontrarles, pero indudablemente instalaron un background musical muy particular, sobre el cual sus alumnos teníamos que realizar la difícil tarea de relacionar ambos mundos musicales: el del siglo pasado, con esos nombres célebres (que venían en la contratapa de los cuadernos Istonio) con nuestros ídolos de verdad, con los que escuchábamos todo el día y a quienes les copiábamos cada nota.

Tengo serias dudas acerca de si esos mundos convirtieron las partituras de los próceres en remitos, facturas y recibos para cumplimentar, sellar y pasar a la siguiente fase. Si lo hicieron mal, salió bien. Porque en un punto, encarar la música como trabajo (gracias Bluhn) es compilar y procesar data buscando hacer lo que uno quiera o pueda. Ellos tiraban data. No podemos acusarlos de lo que hicimos con ella.

PD1: Piensen un minuto en su amigx, ese entusiasta músicx que pone en Facebook que da clases de canto, guitarra o piano. Lx ves feliz, conociendo siempre gente nueva, incorporando los temas que sus alumnxs les llevan. Imagínenlx ahora dentro 30 años. Sus rastas gloriosas ocuparán solamente su espalda, su pollera con calzas será un atuendo absurdo, su patio con plantas de cannabis -entonces legal- serán apenas pintorescos y tendrán un dejo de nostalgia. Y cuando algunx de lxs alumnxs pregunte por ese pañuelo verde desteñido que está atado al atril, el docente dirá "uf, el tema es así… resulta que en 2018 el aborto todavía no era legal".

Musica: El arte de combinar los sonidos en el tiempo.

PD2. Si no vieron la pelìcula homenajeada en el título, ya es hora.

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