El mapa imposible III

Uno

Me escribe M., también escritor, haciendo referencia a uno de los pasillos que mencionaba en mi contratapa anterior. Es el pasillo donde vive Amanda, la mujer casi ciega de una de mis novelas, en el que supe vivir apenas llegué a Rosario. Lo reconoce o cree reconocerlo a través de mi relato, a pesar de la sucesión de prismas que se superponen entre los espacios reales -el pasillo que yo recuerdo y el que recuerda él, que acaso sean el mismo o quizás no- y las narraciones que ambos hacemos de esos recuerdos. ¿Cuánto de verdad queda de esos lugares después de la erosión del tiempo, la reconstrucción de la memoria, el rescate improvisado a través de la palabra escrita? No sabemos. No nos importa. "La ciudad se modifica y se reinventa, como uno", me escribe. "Lo más real, lo único que de verdad existe, es qué cosa de eso recordamos, qué cosa de eso escribimos, o inventamos o, mejor, narramos". Me pregunta también si ahí no vivía un tal Mariano. Si es así, afirma, pasó muchas tardes en ese mismo pasillo.

Quizás, añade después, con afán corroborativo o complicidad ficcional, hasta se la cruzó a Amanda alguna vez, le tiró algún pelotazo y ella lo esquivó, con esos reflejos afilados que tenía cuando todavía podía ver.

 

Dos

Me llega, por whatsapp, un poema de Elvio Gandolfo. El tema insiste, retorna, se instala. A veces por azar; a veces, como ahora, a través de otros que tejen relaciones. Leo:

 

Las zonas particulares

 

Cada cual,

aunque odie en parte a la ciudad

o la vea como un plato hondo de sopa,

chata, dilatada, calurosa,

elige una zona que ama:

el lugar donde besó,

las pocas cuadras donde no sabe por qué

entra como en una novela o en un cuento.

 

Pienso en la mía:

San Martín desde San Lorenzo al río.

Simplemente el paso por esa calle,

el bienestar,

como si leyera y actuara al mismo tiempo

en una novela o en un cuento

donde al personaje principal

le hace bien caminar

simplemente

por una o dos cuadras de su ciudad.

 

Tres

Como Gandolfo, yo también pienso en las mías. Zonas a las que entro como en una novela o un cuento. Jujuy, desde Italia hasta Moreno (cuando Jujuy corría hacia el otro lado y también después); Moreno hasta Wheelwright y el paredón que tapaba el río. Aunque sobrevive tanto y tan poco al mismo tiempo. Desaparecieron la panadería y el mudo, la carnicería de Amadeo, la verdulería donde trabajaba el Flaco, muchísimas casas, algunos amigos. Los edificios brotaron como hongos después de la lluvia. Sobrevive la escuela Belgrano, en cuyos escalones nos sentábamos a perder el tiempo. La Roma. El edificio de tres plantas donde viví durante la adolescencia. Todo lo que guardan esas calles en algún lugar. Todo lo que no se llevó el viento.

 

Cuatro

M., otra vez. Dice que tiene el recuerdo de una cascada que estaba en alguna parte del parque Urquiza, de cara al río, en la barranca. Sabe que puede que nunca haya existido pero, insiste, eso no importa en absoluto: la ciudad que recordamos, la ciudad que contamos, no es menos real que la ciudad que nos toca transitar cada día. Como escribió una colega en Facebook: puede que el recuerdo y la ficción sean dos modos de la propia verdad. Dice, entonces, M., que recuerda la cascada inverosímil y el nombre que le habían dado con su hermano: La cascada de King Kong.

El nombre despierta una fascinación inevitable. Es promesa de aventura, de mitología de la infancia. Sólo por el nombre, la cascada merece existir, ganarse un lugar en la topografía del parque y la barranca. Le digo que tendría que estar cerca del Caminito de la muerte, ese escarpado recorrido por el borde de la barranca que uno transitaba como al borde de un abismo, y que a través de los años todavía mantiene intacta su mística de prueba iniciática, de paso para valientes, donde generación tras generación íbamos a poner a prueba nuestro coraje en ciernes. Aunque, supongo ahora, que tantos desafíos, temores o ilusiones de la infancia han dejado de generar lo que generaban, seguramente el sendero no fuera tan escarpado ni el abismo tan abismo ni el caminito tan mortal.

O eso me digo, y me repito, sólo para desbaratar esta absurda agitación, esta imagen de cuarentones vacilantes por un camino de tierra, en busca de una cascada olvidada en el Parque Urquiza, en esa otra ciudad que puede ser.

 

 

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