Films de la francesa Agnès Varda y del israelí Nadav Lapid en el Festival de Berlín
Historias de vida, de cine y de luchas
La legendaria “abuela de la nouvelle vague”, premiada con la Berlinale Camera, vuelve a repasar su obra y cuenta sus métodos.
Agnès Varda trajo a Berlín su nuevo documental, Varda par Agnès, presentado fuera de concurso.Agnès Varda trajo a Berlín su nuevo documental, Varda par Agnès, presentado fuera de concurso.Agnès Varda trajo a Berlín su nuevo documental, Varda par Agnès, presentado fuera de concurso.Agnès Varda trajo a Berlín su nuevo documental, Varda par Agnès, presentado fuera de concurso.Agnès Varda trajo a Berlín su nuevo documental, Varda par Agnès, presentado fuera de concurso.
Agnès Varda trajo a Berlín su nuevo documental, Varda par Agnès, presentado fuera de concurso. 
Imagen: EFE/Adam Berry

Desde Berlín

“Inspiración, creación y luego... compartir”. Para esta gran dama del cine que sigue siendo Agnès Varda, considerada “la abuela de la nouvelle vague”, esos son los tres momentos clave de un film. Inspiración, para ella –que a los 90 años sigue siendo una mujer tan curiosa como cuando comenzó a hacer cine en 1954–, pueden ser sus vecinos de la Rue Daguerre, los recuerdos de infancia de su marido Jacques Demy, un movimiento político como los Black Panthers o la gente que recoge lo que otros tiran cuando cierra un mercado callejero. Nada del mundo le es ajeno. “La creación es el trabajo en sí mismo”, aclara luego. Cómo se estructura un film, si será un corto o un largometraje, ficción o documental, en color o blanco y negro, o si fusionará todo ello. Y finalmente el encuentro con el público, al que ella todavía se presta siempre feliz, porque “todos quienes hacemos cine tenemos terror a la sala vacía”. Estos primeros conceptos son solo algunos de los muchos que va desgranando esta pionera de la modernidad en el cine y pilar del feminismo de su país en Varda par Agnès, que vino a presentar personalmente en estreno mundial a la Berlinale, fuera de concurso, como un pequeño regalo. 

A diferencia de Las playas de Agnès (2008), que era un auténtico autorretrato, al modo en que se lo concibe en la pintura, aquí se trata de otra cosa: de una suerte de charla magistral de casi dos horas, donde Mme. Varda, con ese tono siempre afable y tierno que la caracteriza (al menos en su vida pública) repasa momentos clave de su obra, que incluye no solamente cine –más de cincuenta films entre cortos y largos– sino también su etapa de juventud como fotógrafa y las instalaciones que, como artista visual, ha venido presentando en los últimos años en la Biennale di Venezia y en los principales museos del mundo. 

“A decir verdad, mis películas nunca hicieron dinero, salvo quizás un poco Sin techo ni ley”, confesó Varda en la conferencia de prensa aquí en Berlín, en referencia al film protagonizado por Sandrine Bonnaire y que le valió el León de Oro del Festival de Venecia en 1985. “Pero siento la misma necesidad de trabajar que tuve siempre, aunque ahora tengo alguna dificultad en la vista, lo cual es un problema para cualquiera pero especialmente para quien tiene una profesión como la mía”. Amable, tierno, instructivo, pero también convencional, Varda par Agnès es un film que está muy lejos de esa cumbre todavía reciente que fue Les plages d’Agnès o incluso de su film inmediatamente anterior, Visages Villages (2017), su bella road-movie por los pueblos perdidos de Francia. Pero no deja de ser una excelente excusa para que el festival honre a Varda con la Berlinale Camera por su trayectoria.

Un punto muy alto de esta edición, en cambio, es Synonymes, del director israelí Nadav Lapid, que junto a los films de la alemana Angela Schanelec y del canadiense Denis Coté –los tres en el tramo final del festival, que concluye el domingo– vuelve a elevar la vara de una competencia oficial que se había iniciado con un nivel llamativamente bajo. Synonymes es un film potente, libre, furioso, pleno de energía, de humor y de sorpresas, desde la primera escena hasta la última. 

“Ruin, ignorante, odioso, viejo, sórdido, cruel, abominable, fétido, lamentable, repugnante, idiota, malintencionado...” Todo eso y  mucho más dice el joven Yoav (Tom Mercier, una revelación) de Israel, su país, de donde acaba de escapar como quien huye de la peste. El protagonista de Synonymes llega a París en pleno invierno, casi con lo puesto, y la primera noche se queda literalmente desnudo: le roban hasta los calzoncillos. Un encuentro fortuito con una pareja de jóvenes burgueses de su edad le salva la vida: algo de ropa, unos euros y la posibilidad de practicar su nuevo idioma con alguien que no sea su Petit Larousse de bolsillo que lleva consigo a todas partes. 

Incluso a la Embajada de Israel, donde consigue trabajo como agente de seguridad, pese a que se resiste a hablar su idioma natal y de donde es despedido casi al día siguiente, cuando permite que entre libremente al consulado toda una fila de personas que esperaban bajo una lluvia torrencial para hacer un trámite odioso. Personaje rebelde si los hay, Yoav dice identificarse con el mitológico Héctor de Troya: prefiere siempre ser un perdedor, un derrotado, a sumarse al triunfalismo que se practica en Israel.

Lejos de cuestionar al judaísmo, aquello contra lo cual Yoav –una suerte de alter ego del director– está dispuesto a embestir una y otra vez es la identidad nacional israelí, que es otra cosa. En todo caso, y empezando por la suya propia, ataca todas las identidades nacionales, como lo prueban las hilarantes secuencias en el curso de integración cultural a Francia, donde la película se carga desde la Marsellesa hasta el himno nacional tailandés.

Nada ni nadie parece quedar en pie en Synonymes, un film de una vitalidad contagiosa, donde Nadav Lapid recupera por un lado los violentos, homoeróticos rituales masculinidad de su opera prima Policeman –la escena de Synonymes en la que dos agentes de seguridad israelíes se trenzan en una súbita lucha cuerpo a cuerpo en una oficina diminuta es desopilante– y por otro resuma la capacidad reflexiva de su segundo largo, La maestra de jardín, de donde parece provenir también una poética casi surrealista. 

Se diría que en el cine de Lapid (Tel Aviv, 1975) todo es una cuestión personal, y que lo personal en él se vuelve ferozmente político. Como el incómodo niño prodigio de La maestra de jardín, Lapid también escribía poesía a los 5 años. Y como el protagonista de Synonymes, el director también llegó desesperado a París después de cumplir  con el servicio militar en Israel. Que los protagonistas de ambas películas se llamen Yoav no parece entonces una casualidad. Ni que la película esté dedicada en sus títulos finales a Era Lapid, madre del director, y montajista de Synonymes: sin duda debe haber sido ella quien supo encauzar la iracundia de Yoav, o de Nadav, que parecen ser uno y el mismo, los dos filos de la misma espada con la que el Héctor del cine israelí se bate a duelo con su propio país, sabiendo de antemano que lo espera la derrota. 

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