Hora - día - mes, de Diego Bliffeld, sigue los días de un encargado de garaje

Suerte de sinfonía humana y mecánica

Un texto de Marcelo Cohen, que el propio autor lee, es el núcleo de irradiación de este film de interiores. Como en muchos cuentos del escritor, se trata de investir con el hálito de la epopeya aquello que suele verse como mera y fastidiosa rutina.
Hora - día - mes deja de lado cualquier presunción de relato tradicional desde un primer momento.Hora - día - mes deja de lado cualquier presunción de relato tradicional desde un primer momento.Hora - día - mes deja de lado cualquier presunción de relato tradicional desde un primer momento.Hora - día - mes deja de lado cualquier presunción de relato tradicional desde un primer momento.Hora - día - mes deja de lado cualquier presunción de relato tradicional desde un primer momento.
Hora - día - mes deja de lado cualquier presunción de relato tradicional desde un primer momento. 

No hay mención alguna al Delta Panorámico en Hora - Día - Mes, pero los textos que acompañan las imágenes y sonidos del film de Diego Bliffeld, leídos por su propio autor, llevan algunas de las marcas inconfundibles de la obra de Marcelo Cohen. En realidad, hacen mucho más que acompañarlos, ya que conforman el núcleo de irradiación narrativo y descriptivo de la película, textos cortantes y secos a veces, floridos y barrocos en otras ocasiones, casi siempre irónicos. Producido por la inseparable dupla integrada por Mariano Cohn y Gastón Duprat y presentado oficialmente hace casi dos años en el Bafici, el film deja de lado cualquier presunción de relato tradicional desde un primer momento. En palabras de Cohen: “Dicho sin vueltas, esta es una historia sin planteo, nudo, conflicto, suspenso ni desenlace”. Como el título lo indica, sin posibilidad alguna de confusiones –al menos para el espectador argentino–, la historia transcurre en el interior de un típico garaje porteño y su protagonista es nada más ni nada menos que su encargado. Posiblemente se trate de una primera vez en la historia del cine.

Bernardo Talavera, a quien todos llaman Nardo, un hombre de unos 60 años, trabaja, come, duerme y todo lo demás en el Garaje La Alborada. En otras palabras, su existencia se reduce a la observación, manipulación e interacción con todo aquello que existe dentro del enorme local. Durante el día atiende a los clientes y conversa con un colega o con el policía de la cuadra, y su rutina apenas se ve alterada por alguna que otra changa, como lavar un coche o intentar la venta de un vehículo. La descripción de Cohen desde el off, el rostro y las actitudes físicas del actor Manuel Vicente definen al personaje como un posible arquetipo del hombre argentino, al menos el de ciertas generaciones pasadas: conocedor de muchas cosas gracias a su incansable avidez de información, experto en modelos de automóviles, cilindradas y tipos de inyección. Por las noches, como en un enfebrecido ensueño, Nardo se convierte en un artista de los giros circulares, transformando el suelo del estacionamiento en una auténtica pista de pruebas. En otras ocasiones aflora el artista, como comprueba una clienta, testigo de la más inesperada performance creativa motorizada.

Bliffeld, codirector de otra película de interiores, la futbolera Línea de 4, compone desde el montaje una suerte de sinfonía humana y mecánica, marcada por ritmos repetitivos y ligeras variaciones. Esa escala microscópica, magnificada y diversificada desde el texto de Cohen, tiende luego de un tiempo de proyección a mostrar su cualidad de ejercicio audiovisual, un esquema formal que en determinado momento comienza a agotarse. Tal vez por esa razón, Hora - Día - Mes ofrece a modo de intermedios quiebra-rutina una serie de breves segmentos protagonizados exclusivamente por los autos que duermen la siesta en el garaje, sus líneas y curvas antropomorfizadas por quien mira y describe, la vida de un Renault 12 transformada en épica novelesca. En el fondo, como ocurre en algunos de los cuentos y novelas de Cohen, se trata de reinventar lo común en algo extraordinario, de investir con el hálito de la epopeya aquello que suele verse como mera y fastidiosa rutina.

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