Camila Sosa Villada presenta las malas, su novela autobiográfica y su recorrido en el mundo trans, el teatro y la literatura
Vestida para contar
Escritora, poeta, autora de un mítico blog perdido, actriz y dramaturga trans, la cordobesa Camila Sosa Villada irrumpe ahora con su primera novela después de dar a conocer un ensayo sobre su formación como lectora y un puñado de obras teatrales. Las malas (Tusquets) es una vuelta de tuerca a la literatura confesional que, detrás de un exasperado verismo, incorpora elementos fuertemente imaginarios para contar la vida de un grupo de travestis en su doble cotidianidad, el día y la noche, la fiesta y la furia, el parque clandestino y la casa comunitaria como refugio. Camila Sosa Villada cuenta en esta entrevista el recorrido que culmina en su novela desde la búsqueda de la identidad no sólo a través de los vestidos y el maquillaje sino, fundamentalmente, de un lenguaje que la consolidó en su singularidad, la afirmó en su cuerpo y, sobre todo, en la fuerza del arte y la literatura.
Imagen: Catalina Bartolome

Hice un pacto con el diablo”, responde Camila Sosa Villada cuando se le pregunta cómo empezó a escribir. Enseguida lanza una carcajada transparente, levísimamente infantil, que le sube desde el fondo de la garganta; una aparición como de niña espectral que irrumpe en medio de la conversación, encantada de provocar desconcierto. Dispuesta a redoblar la apuesta, agrega: “Hice pacto con el Maligno, con Belcebú, con Satanás, como Sharon Olds”. En los años ochenta, esa poeta norteamericana –referente ineludible del feminismo lésbico– escribió Satan says, un poemario memorable con versos como: “El niño grita en su cuarto./ La rabia/ le sube a la cabeza./ Cuando se calme y salga a través de esa puerta/ no será más el mismo que entró/ dando el portazo”. La risa de Camila remeda los versos de Olds porque tiene ese fondo abisal donde se adivina a aquel niñito que ella fue, incómodo en su cuerpo. 

Escritora, poeta, actriz y dramaturga trans, Sosa Villada es uno de los secretos mejor guardados de la literatura. Después de un libro de poemas, un ensayo autobiográfico y un puñado de obras teatrales, ahora irrumpe con su primera novela Las malas: relato de infancia y rito de iniciación como travesti, cuento de hadas madrinas que emergen cada noche de sus infiernos privados. También, una historia de terror urbano, con policías violentos y ciudadanos bien pensantes que condenan la prostitución con el mismo vigor con que la consumen en secreto. 

Camila nació en La Falda en 1982 y vive en Córdoba. “Mi primer acto oficial de travestismo no fue salir a la calle vestida de mujer. Mi primer acto de travestismo fue a través de la escritura que fui creando y que me volvió a crear a mí”, dice. Ella ha transformado esa alquimia de belleza y una pizca de maldad en escritura deslenguada, inteligente y originalísima, sedosa como una piel y a la vez, capaz de erizarse y mostrar sus garras, pulidas y esmaltadas. La combinación de memoria, invención, ternura y sangre, se transforma en una novela original y poderosa. Las malas acaba de ser publicada por Tusquets para la colección rara avis, que dirige Juan Forn. De este modo, Camila empieza a ocupar el lugar que merece: el de las mejores narradoras de su generación más allá de su singularidad. 

Este texto mestizo cuenta en primera persona la historia de un grupo de travestis que se prostituyen en el Parque Sarmiento, en el microcentro cordobés, cuando se apaga el sol. “Las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la primavera al mundo”, escribe Sosa Villada en una de las primeras páginas. Para no ser vistas (las persecuciones y maltratos son moneda corriente), de día viven protegidas “en la mansión más maricona del mundo”: la casa de la Tía Encarnación. Esta matriarca travesti no solo las protege a ellas sino también a un niño recién nacido que aparece abandonado de madrugada, en una zanja del parque. Encarnación se convierte, entonces, en madre de El Brillo de los Ojos. Así bautiza al chiquito La Machi, una trans venida de Paraguay, en una ceremonia colectiva, con todas las travestis luciendo sus mejores galas de madrinas. Sosa Villada relata la escena como si quien leyera pudiera ser parte, también, de ese rito que por un segundo suspende toda pena y solo derrama amor. “El corazón travesti es una flor de la selva, una flor henchida de ponzoña, roja, los pétalos de carne”, escribe.

Es viernes cerca del mediodía y la tormenta veraniega amenaza con estallar en Córdoba. También en Buenos Aires. Cronista y escritora conversan por videollamada. El aire, espeso y caluroso, se va colando por los dos balcones que Camila tiene en su departamento en pleno centro de la ciudad. Ahí cuida de una pequeña selva en gajos: helechos, malvones, jacarandás, limoneros, cactus y tréboles rojos permanecen enhiestos como soldados sedientos de lluvia. Ella conoce de flores. Y de animales. “Mi papá había hecho saltar la banca en el casino y se compró una casa en Los Sauces, en el medio del monte que había sido de la familia de María Paula Albarracín. Tenía una amante, entonces nos dejó a mi mamá y a mí ahí un par de años”, relata. Con el tiempo, la familia se mudó a Mina Clavero y cuando cumplió 18, Camila se fue a Córdoba capital a estudiar Comunicación Social. Pero de aquella estancia en Los Sauces, recordará –además de su soledad de niño enamorado del vecinito–, la mirada de los animales que caían en las trampas que debía poner para cuidar sus gallinas. Zorros, nutrias, gatos monteses que morían con un odio infernal en los ojos. 

Quizás de ese recuerdo, ella no lo sabe bien, nació la idea de crear dos personajes que complejizan la espesura de Las malas. Una es Natalí, séptima hija varón en su familia y por eso mismo, ahijada del presidente Raúl Alfonsín. En las noches de luna llena, se encerraba en un cuarto con una botella de whisky porque se convertía en lobizona. Según la novela, Natalí contagió de animalismo a María, una prostituta muda a quien el hijo de Encarna adora. En vísperas del bautismo de El Brillo, María descubre azorada que empieza a tener plumas. El tiempo pasa, la narradora aprende a dar algo parecido al amor a hombres de todo tipo –solteros, casados, ricos, pobres, activos, pasivos– que en las noches peregrinan hasta el Parque Sarmiento. Mientras tanto, de día ella estudia en la Facultad. En cercanías de la pensión, los vecinos miran con suspicacia a la Tía Encarna, que puertas afuera sale vestida con buzos gigantes y el pelo atado y puertas adentro amamanta a un chico como si alguna gota de leche pudiera salir de una teta aumentada con aceite de avión. María, finalmente, se convierte en pájaro.

¿De dónde surgió tanta animalidad que habita Las malas?

–Se fue desplegando durante el tiempo de escritura, que duró más o menos un año. Ese proceso no tiene mucho secreto aunque recién ahora puedo decir de qué se trata porque, en general, escribo cuando quiero, sin método específico. Pero en este caso empecé armando una estructura, un esqueleto. Y a partir de ahí lo fui ampliando. El esqueleto es eso, unas pocas páginas que con mucha reescritura y corrección, finalmente engordan. Y un esquema posible es lo que Forn recibió cuando me invitó a publicar en rara avis. El, como editor, empezó a pedirme a partir de ahí algunas cosas; que hablara más de ciertos aspectos, que especificara otros. Ese sí fue un proceso de normalización, hay que decirlo. 

¿A qué te referís?

–Las travestis hablamos todo cruzado, todo al mismo tiempo, nos confundimos, decimos una cosa por otra, tenemos un sentido del humor particular. Esa mezcla resulta ilegible para mucha gente porque no está habituada a la práctica de una lectura trans. Entonces, bueno, me dejé normalizar, aceptando una sintaxis no tan fragmentada ni anárquica. Sin embargo, a lo largo de todo el libro, me fui sintiendo habilitada para decir lo que quisiera decir, ya sea autobiográfico o inventado. 

El recorrido útil

Su padre le enseñó a escribir; su madre, a leer. Esa conjunción aprendida durante la infancia es la deriva que Sosa Villada despliega en su libro anterior, la memoria autobiográfica El viaje inútil (editada por la editorial cordobesa Documenta/Escénicas el año pasado). Con rabia, con intensidad, dice: “El deseo de escribir encontró que soy fértil, que soy una hembra viable para incubarlo, pone sus huevos y yo lo cargo dentro de mí como una madre”. Las malas, cuenta, tiene justamente una dimensión maternal. Es decir, la travesti que cuida a El Brillo de los Ojos; Laura, la prostituta embarazada de mellizos y luego enamorada de una travesti con quien forman una familia; las mayores que le enseñan a Camila a moverse en esa jungla de clientes voraces, aprendiendo a negociar tarifas, cuidándose con una navajita escondida en la cartera hecha con una gilette sujetada con elástico sobre un jabón de telo.

“Hace rato que vengo pensando en la maternidad trans”, confiesa Camila mientras avanza la conversación. “No como experiencia personal mía... Digamos, no es que yo quiera ser madre. O sí. Pero no es esa la cuestión. Acá me interesó indagar lo que significa para una sociedad que una travesti sea madre o tenga deseo materno. Yo escribí un unipersonal, El cabaret de la Difunta Correa, donde ya contaba la historia de la tía Encarna, que se había encontrado ese bebé en una zanja del parque. Mi idea era estrenar la obra y publicar la novela al mismo tiempo pero no llegué”, agrega. Del mito de la Difunta Correa, explica, le interesa ese niño prendido a la teta de su madre exangüe, sobreviviendo milagrosamente en medio del desierto: “Poco se sabe de ese niño. Me gusta pensar que él es El Brillo de los Ojos, el salvado por las travestis, el protegido por ellas”. 

Esa hermandad de mal miradas, mal queridas, mal tratadas, mal juzgadas, mal habladas, es el origen de este libro. Para Camila, esa distinción está vinculada a la singularidad del mundo que retrata, al que le da visibilidad y voz: “Era necesario escribir sobre esas travestis como las últimas revolucionarias, como la última bohemia que conocí. La última poética que parte de algo tan inesperado como las zonas rojas y una comunidad tan marginada como hemos sido las travestis”.

Frente a la estatua del Dante en aquel parque oscuro, ella (que ya había elegido su nombre femenino luego de ver una película sobre Camille Claudel) escuchaba José Luis Perales en sus auriculares para ocultar el nerviosismo. Tenía 18 años. Sabía que ahí se juntaban chicas como ella. Una se le acercó. Tenía el pelo largo, negro, cubierto de briznas de pasto porque ese era el colchón que ella usaba para dar placer. Detrás, llegaron las otras. Entre todas, la cobijaron. Con el tiempo, esa comunidad se disgregó. Y Camila siguió su camino.

El año pasado, estrenó en el Teatro Cervantes su recital poético Oda a mis tetas junto al músico Marcos Bueno, en el marco del Ciclo Escena Editada, curado por Gabriela Halac (su editora en El viaje inútil). “Cuando era chico, rezaba a la Virgencita del Valle para que me despertara un día llevándome la sorpresa de que me habían crecido las tetas. La Virgen del Valle no me escuchó”, dijo ni bien se plantó en el escenario con un vestido color verde mar de falda amplísima, que terminó enredado entre sus piedras cuando cantó boleros en versión extra sexy/punk acostada boca arriba. Por entonces ya se había llevado todos los aplausos en el Ciclo Carne Argentina, que fue una suerte de presentación de El viaje inútil en Buenos Aires. Más tarde, participaría de la décima edición del Filba 2018 y luego viajó al Festival de Cine de Guadalajara para participar como jurado. En 2012, allí había recibido el Premio Maguey por su protagónico en la película Mía, estrenada un año antes, con Rodrigo de la Serna y Maite Lanata como coprotagonistas. Mía cuenta la historia de Ale, una travesti cartonera, que establece un vínculo con una niña huérfana de madre. Ale vive en una “barriada maricona” que efectivamente existió en Buenos Aires a mediados de los noventa. El director de la película, Javier van de Couter, la eligió luego de verla en su unipersonal Carnes tolendas. Es que tras abandonar Comunicación Social, Camila empezó a tomar cursos de teatro, devino actriz, decidió crear su propia dramaturgia: “Tuve que inventarme mis propios papeles porque nadie había pensado en roles para travestis como yo”.

Van de Couter también la dirigió en la adaptación de El bello indiferente, de Jean Cocteau, que se pudo ver en el Teatro San Martín en 2014. Dos años antes ella se había transformado en la pareja ficticia de Luis Machín para la serie La viuda de Rafael, que se vio en esa época gloriosa donde la Televisión Pública difundía contenidos nacionales novedosos, de factura impecable. También es autora y protagonista del espectáculo performático Llórame un río o evocaciones dramáticas sobre Tita Merello y Billie Holiday. Además escribió tres unipersonales sobre Frida Kahlo, entre otras obras, y anduvo de gira por años con recitales como Misa negra –con un repertorio que incluía viejas baladas de jazz, boleros y cumbias– junto al músico Agustín Albrieu Llinás. En su departamento, entre guirnaldas de papel traídas de México, hay cuadros de Billie y Frida, que también forman parte de esa liturgia peculiar que Camila armó, donde también reinan Wilsawa Szymborska, Carson McCullers y Marguerite Duras. 

La ferocidad de la belleza

Mientras habla, fuma y se corre el flequillo castaño con sus dedos finos. Lleva la boca pintada con un rosa suave que combina maravillosamente con su solero a rayas. Camila diseña y cose su ropa –la de calle y la del escenario– y bromea con que en cualquier momento lanza su línea de prêt-à-porter. “La belleza es genial pero también, agotadora. En Guadalajara, un yanqui me dijo que él no entendía cómo no estaba cansada de ser tan bella. Porque en todos los eventos aparecía maquillada y producida. Yo conecté con una idea de belleza y sensualidad cuando empecé a cantar con Agustín, que era un pibe muy guapo. A las travestis nos dicen que somos machos con pollera, se fijan si tenemos barba, si tenemos tetas... Entonces me pregunté dónde estaría mi propia belleza, dónde yo refulgía. Así empecé a probar vestidos, maquillajes y looks en los shows. Te estoy hablando de algo muy reciente, de tres años atrás, cuando me empecé a gustar a mí misma”, destaca.

En Las malas, la belleza es una construcción deseada y trabajosa que desafía a la muerte. Encarnación, por ejemplo, tiene cortaduras de todo tipo, fruto de peleas callejeras, ataques en la cárcel “incluso de la época de los milicos” y clientes miserables. Venida de Formosa, se moldeó el cuerpo con aceite de avión, como muchas, convirtiéndose en una suerte de mamma italiana aunque el aceite se le dispersó, causándole unos moretones que transformaron su piel en un territorio hecho de accidentes. Sin embargo, “la tía Encarna era la ferocidad de la belleza. No la belleza entera, sino una fracción doliente e intocable: la más feroz”. O Angie, alta, delgada, con el pelo a la garçon, la más hermosa y divertida de todas ellas que exclamaba “Yo me hice travesti porque ser travesti es una fiesta”, antes de morir de sida.

“Cuando llego a un lugar todos se/ retiran, y como buena negra que soy, me arrimo al fuego/ y relumbro, con un fulgor inusitado, como una trampa,/ como si el mismo mal se depositara en mis destellos”, escribe Camila en La novia de Sandro, su primer libro, un poemario publicado en 2015 por Caballo Negro en Córdoba, pero escrito mucho antes. Cuando volvía a la pensión donde vivía después de trabajar, bocetaba poemas que a la mañana siguiente tipeaba en un cyber. Los fue guardando en un blog, que cerró para ocultar su pasado. Sin embargo, algún lector devoto guardó esos posts y se los mandó. Ser travesti, decía Angie, es una fiesta. Y también, una furia. 

De esto habló Camila en una charla TED en 2014: trece minutos de belleza incombustible, con la voz de la escritora convertida en cristal roto, a fuerza de contener las lágrimas de a ratos. “Cuando comencé a travestirme, mi papá puso una maldición sobre mí y me dijo que un día iban a llegar a mi casa, iban a tocar la puerta y le iban a dar la noticia de que me habían encontrado muerta en una zanja. Porque el único trabajo al que yo podía aspirar, era a tener sexo con hombres por dinero. También dijo que me iba a morir sola”, suspira. Y continúa: “Antes de los premios, de convertirme en actriz de culto, antes de los viajes y el prestigio, yo terminé siendo prostituta como mi viejo había dicho. Pero no terminé tirada en una zanja”. 

¿Es posible leer Las malas como un ajuste de cuentas con el pasado?

–Hablo de muchas travestis que conocí, eso sí. Pero sobre todo, voy creando una mitología porque también invento personajes, situaciones, universos. No escribí a partir de ninguna deuda. Escribí más bien desde la defensa del goce que significa la escritura.

Tu novela además es amorosa y sensual. 

–Me ocupo del amor en tanto nos puede poner a gozar, a coger, a abrazar. En estos términos me interesa. Pero viste, el amor hoy está lleno de discursos evangelistas. Además, me gusta pensar en la sensualidad del tacto, que para las travestis no es un dato menor. Y es que a nosotras no nos tocan fácilmente. Yo me acuerdo de ir en un colectivo lleno de gente y aun así, las personas no se sentaban a mi lado. Por eso para mí ese contacto tiene mucho sentido. Porque es nuestra última gran batalla: que nos deseen.

¿Tienen tus textos una dimensión política?

–Eso es una lectura de quien lo recibe, lo lee, lo interpreta. Es válido porque la sociedad está estructurada en torno a una política. Pero esa política es inhumana, corrupta, sucia, llena de intereses que no terminan de solucionar el malestar de los pueblos como sí lo hacen la poesía, la música o el teatro. O como sí lo hace una persona que acaricia a otra. Entiendo esa dimensión política pero, en mi opinión, la literatura es más bien una construcción cultural. Me gustaría no actuar en el corazón político de las personas sino en el sensible.

Gracias a la escritura, dice, ella pudo darle una vuelta de rosca a sus recuerdos, a su memoria. Y en ese tránsito, emanciparse: “Primero me fui de la casa de mis padres. Y después me fui del Parque Sarmiento. Y siempre, siempre, me acompaña la pregunta de quién soy yo, quién voy siendo. Lo que significa para mí ser mujer, ser travesti. Las mujeres y las travestis no nos construimos solas. Hay una historia que nos construye desde hace millones de años. Y a la vez, cada una tiene su propia historia. Entonces era necesario escribir sobre la juventud frágil de mi mamá, el amor extraño y contradictorio de mi papá, capaz de decirme que era un puto que iba a morir en una zanja. Tuve que hacer frente a eso, cuestionarlo, decir no. Y el asunto tampoco se resolvía quedándome con las otras travestis. Todo el conocimiento que ellas me dieron, me sirvió. Pero yo también tuve que irme aunque ellas hubieran sido mis maestras”.

En ese tránsito, Camila traza su propio destino, su propia gesta de identidad. No es tanto un desafío heroico como humano, la posibilidad de mostrar a través del arte cuántos mundos caben en este. Así es su escritura, encendida como un carbón en medio de la intemperie nocturna, echando chispas hacia todos los costados. “Yo me curo con las palabras”, afirma la escritora mientras las primeras gotas de una lluvia caen a la vez allá en Córdoba, acá en Buenos Aires.

 “No sé si puedo decirles esas palabras al niño que fui, ni a los otros niños o niñas trans, ni a los niños y niñas que viven en un mundo doloroso, violento y que a veces encuentran refugio en personas impensadas, como una travesti. Pero lo intento. Y no son palabras de psicoanálisis sino de la poesía”, enfatiza. Asegura que no desea se deudora de ninguna verdad. Por el contrario, desea implantar un registro que solo sea leal consigo mismo, poético, velado, caleidoscópico. Camila apaga su cigarrillo, mira a la pantalla y afirma: “Mi escritura deja a la verdad mal parada”.

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