En 2012, el mundo las conoció cuando fueron presas después de una acción fallida en una Iglesia Ortodoxa de Moscú, en la que intentaron tocar sin permiso. Artistas locales e internacionales se movilizaron para liberar a Pussy Riot, el grupo de punk feminista que se había formado un año antes en Rusia con una agenda muy clara: denunciar la alianza burocrática de la Iglesia y el Kremlin, funcionar como agitación opositora a Putin, difundir temas de género y derechos LGBT. Después de la cárcel, este colectivo que perdió parte de su anonimato lidia, ahora, con la fama. Sus acciones son muy visibles e internacionales: desde participar en el MoMA hasta actuar en House of Cards, tocar en Glastonbury o irrumpir en la final del mundial Rusia 2018. Esta visibilidad fue vista como comercialización por algunas integrantes y, desde 2015, hay conflictos internos. Ahora Pussy Riot llega a la Argentina: tocarán el 14 de abril en Buenos Aires y el 16 en Córdoba. Al mismo tiempo se distribuye El libro Pussy Riot: de la alegría subversiva a la acción directa, el relato de Nadya Tolokonnikova, la más conocida del colectivo, sobre sus inicios como activista adolescente en Siberia, y sus días en la cárcel y en un campo de trabajos forzados cuando tenía 22 años.