Maligno, de Nicholas McCarthy, terror hecho en cadena
¿La reencarnación de David Bowie?

El reconocible logotipo de Orion Pictures, marca resucitada en tiempos recientes, envuelve al cinéfilo melancólico en un aire de familiaridad. Pero no tanto como lo que sigue: el título original The Prodigy impreso en la pantalla en una tipografía y color rojizo que remedan a los de El exorcista. Y por ahí van, en parte, los tiros, aunque el nuevo largometraje del especialista Nicholas McCarthy –cuyos esfuerzos previos, El pacto y Home, ya transitaban por senderos bastante desgastados– también buceará por las aguas de clásicos como La mala semilla o La profecía y títulos no tan conocidos por el gran público como la notable y olvidada Joshua, de George Ratliff, entre muchos, muchísimos otros. Escrita con esa intencionalidad derivativa como horizonte por Jeff Buhler (responsable del guion de la inminente remake de Cementerio de animales), la secuencia de apertura describe en imágenes lo que se explicará con palabras más adelante: un asesino serial con predilección por la tortura y la mutilación cae ante las balas de la policía y su alma o espíritu o fuerza vital es absorbida, en ese preciso instante, por un niño a punto de nacer.

Llámese posesión, usurpación de un cuerpo ajeno o “reencarnación”, como la denomina un especialista en esas lides interpretado por el canadiense Colm Feore, lo cierto es que el pequeño Miles comienza a hablar a los cuatro meses y a los cinco años ya demuestra tener una inteligencia muy superior a la media. Además de un ojo marrón y otro azulado, “como David Bowie”, según afirma su orgullosa madre. Con ocho abriles recién cumplidos, el niño también comienza a desarrollar un patrón de conductas extremadamente agresivas, lógico motivo de preocupación de sus padres (Taylor Schilling y Peter Mooney), que inicialmente sólo pueden imaginar una seria enfermedad de orden psicológico o neurológico. A pesar de todas las evidencias que parecen indicar otro origen para el mal, como los extensos soliloquios en húngaro –con marcado acento de una región particular– que el pequeño farfulla mientras está dormido.

No pasará mucho tiempo antes de que la mascota de la casa aparezca despanzurrada y la pobre madre decida tomar al toro por las astas. Aunque, claro, ¿quién puede matar a un niño? Menos aún si se trata de la propia descendencia. Producción típica de molde seriado, en su vertiente “horror infantil”, Maligno se sostiene en parte por la seguridad actoral del reparto adulto (al niño se lo dirigió para que sobreactúe un poco su maldad intrínseca), aunque la previsibilidad de actos y consecuencias se ve venir, valga la redundancia, a varios kilómetros de distancia. En última instancia, se trata de otro cuento de terror producido en la cadena de montaje, con profesionalidad pero escaso ingenio. Y menos aún interés por generar algo diferente a los dictados del manual de instrucciones estándar de la industria, sección sustos.

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