Entrevista a Mariana Carbajal
La palabra multiplicada
La periodista Mariana Carbajal lleva casi tres décadas de periodismo feminista. En el libro Yo te creo hermana de Editorial Aguilar pone el cuerpo a su propia historia y le da voz a la pluralidad de voces de mujeres e identidades feminizadas de la Argentina, de todos los territorios, clases y situaciones para que, desde las violencias extremas hasta los micromachismos, dejen de verse como situaciones individuales y se puedan leer en un mapa que busca denunciar y transformar. Por que al patriarcado también se le diga Nunca más.

Mariana Carbajal salió del secundario –en el Colegio Nacional de Banfield– y empezó a trabajar como periodista. Jugaba al hockey y con la camiseta transpirada escribía cómo salían los partidos para un diario del sur del conurbano. También agarraba su bicicleta y relevaba como estaban los precios de los productos de la canasta básica en los supermercados de la zona con la inflación como un termómetro constante de un país sin tregua. Estudió Licenciatura en Periodismo en la Universidad de Lomas de Zamora y hace veintiocho años entró a trabajar en la sección sociedad de PáginaI12 donde realizó un trabajo pionero en la cobertura de casos de violencia de género y de abortos no punibles de forma sistemática durante todas las semanas, cuando el periodismo feminista era una mala palabra en casi todos los medios de comunicación. También fue una de las primeras en hablar de feminismo en la pantalla donde ahora sigue conduciendo –por tercera temporada– el programa “Punto Género”, en Diputados TV, que se puede ver los martes a las 21 horas. 

Hace tres décadas que toma y da la palabra. Es una impulsora de la palabra como conquista. Y ahora que la palabra de las mujeres se escucha más que nunca ella tampoco se calla: pone a circular todos los años, los viajes, las notas, las charlas, y las plasmó en un libro indispensable: Yo te creo hermana, de Editorial Aguilar. En ese texto, con tapa de fondo flúo (en tono con el  “Ahora que sí nos ven”) y letras grandes, entre su claridad y su garra, su experiencia y su seguridad, le brindó la palabra a mujeres de toda la Argentina, de todas las edades y de todas las clases, que contaron distintas formas de violencia, desde abusos sexuales hasta discriminaciones laborales y micromachismos. 

Por las páginas pasan trabajadoras rurales de Misiones, abogadas, empresarias, colectiveras de Salta, casos conocidos (como el de Thelma Fardin) y otros que se revelan por primera vez. Están las voces de presas, jugadoras de fútbol, víctimas de trata, ex monjas norteñas, ex guerrilleras y detenidas por la dictadura militar, actrices, universitarias, comediantes, mujeres con cuerpos no hegemónicos, estudiantes secundarias, médicas, instrumentadoras, madres, campesinas chilenas, adolescentes y activistas de noventa años. Las voces son federales, diversas, urbanas, rurales, marginales y muestran todos los puntos cardinales de ser mujer/es, a través de una pluralidad de identidades, en donde la interseccionalidad de su búsqueda periodística resalta que las vulnerabilidades se agravan con mayores condiciones de pobreza o menos acceso a posibilidades.

Mariana recorre los territorios entre talleres, charlas, presentaciones, congresos y coberturas. Por eso, el libro no tiene un ombligo urbano, sino que registra –como una cronista de la desigualdad sin tregua y con una valija que nunca se apaga– las voces de mujeres de todas las tierras. En ese mapa intenso y profundo, en las zonas con más sectores conservadores, las mujeres también hablan y se juntan y Mariana levanta la vista y agudiza el oído para que las letras vengan y vayan a todas las brújulas. 

Una lectora le dijo que sintió que el libro representa el “Nunca Más” al machismo en la Argentina. Los testimonios son tan fuertes y diversos que no dejan lugar a dudas de las consecuencias del patriarcado en las mujeres y cuerpos feminizados. La comparación con el legado histórico no es azarosa. Se intenta dejar asentadas las violencias y se propone erradicarlas. No es solo contar, sino contar para transformar. Y además, es contar para sanar y no para quedarse en el lugar de víctimas. Por eso, con la claridad bien parada, también poner el cuerpo es poner en palabra el cuerpo de todas. 

–En el libro está el testimonio de tu hija Cami (13) que logró que en su escuela las nenas puedan jugar al fútbol. ¿Cómo es que tu hija también forme parte de la revolución que va desde las calles, el trabajo hasta tu casa?

–Yo comparto algunas de las cosas de mi trabajo en casa, pero no soy exagerada. Pero Cami me pidió el año pasado un pañuelo verde para colgar en su cuarto y le explicaba a sus compañeras por qué un aborto no es un asesinato. Lo más impactante es que cuando estaba en quinto grado los varones podían jugar pero las nenas no. Se dio cuenta que era una injusticia y lo empezó a plantear. Primero les dijeron que no. Y después las autoridades de la escuela armaron un taller donde les tuvieron que preguntar a qué querían jugar. Terminaron instalando una cancha y colocando arcos. Ella ya pasó al secundario y me dice que cada vez que pasa por la escuela se le dibuja una sonrisa en la cara. Yo entendí que era una batalla de ella y ella peleó por su demanda de forma autónoma. Así que fue su gran logro. 

–¿Cómo te influyó tu mamá, Marisú Devoto, que fue pionera en la lucha contra la violencia de género?

–Mi mamá tiene 78 años. Y descubrió el feminismo a sus cuarenta. Se jubiló como docente de una escuela diferencial, con chicos con discapacidad, la 505, en el barrio San José, en los fondos de Lomas de Zamora. Ella sabía que tenía que reinventarse y empezó con lecturas como Clara Coria sobre la mujer y el dinero. Y armó, con egresadas de psicología social, grupos de ayuda mutua para víctimas de violencia de género. Creó la Fundación Propuesta, para sobrevivientes de violencia machista que fue pionera en el sur del conurbano. Yo soy una afortunada porque mi mamá y mi papá, Jorge, que siguen casados, de alguna forma impulsaron una crianza más igualitaria. Somos dos varones y dos mujeres (Cecilia, Gonzalo, Rodrigo y yo) y las tareas domésticas en las que nos involucrábamos como hijes eran compartidas. Mis hermanos lavaban los platos y ponían la mesa. Mi papá cocinaba. Sin ser modelos idílicos nos daban a todos las mismas oportunidades. Y hubo una tradición de mujeres jugando a la pelota. 

–En el libro también contás historias de machismo que te tocaron vivir a vos. ¿Poner el cuerpo es una forma de hacer periodismo sin estar más allá de las otras, sino formando parte de lo que les pasa a todas?

–Hay un relato con alguien conocido de la familia que se masturbaba conmigo cuando iba a esa casa en la infancia. Se lo conté a mi mamá ya de grande. Quise trasmitir que a todas nos puede pasar y a todas nos pasa. La idea es mostrar un mosaico de voces y, a la vez, correrme. Solo escribo en la introducción y después doy lugar a amplificar las otras voces. Cuando trabajamos en los medios tenemos el privilegio que nuestra voz se va a escuchar. Por eso, le quise dejar el lugar a otras voces que componen una cartografía del machismo. Pero todas hemos sido toqueteadas, agredidas o sufrimos discriminaciones laborales. Por eso tenemos una escucha empática. Hoy muchas mujeres se animan a contar y lo vimos con el “Mira cómo nos ponemos”. Antes lo contaron pero no las habían escuchado ni en su propia familia. Si a otra también le pasó te ayuda a darte cuenta que no es tu culpa. También me encantaría que lo lean los varones para que entiendan por qué estamos tan enojadas cuando salimos a la calle. Hay conductas que pueden no ser delictivas pero que son inapropiadas. Por eso queremos cambiar el mundo. Cuando decimos “se va a caer” es que se van a caer las conductas inapropiadas. La mayoría de los hombres que cometieron estas conductas no son sátiros o psicópatas, sino que son tipos comunes y corrientes, totalmente insertados en nuestras vidas: el escritor famoso, el director de cine, el juez, el cura, nuestro compañero de laburo, nuestro jefe, el novio de nuestra madre. No son monstruos, chacales u ogros. 

–Hoy las redes sociales acercan a las lectoras a las autoras y con la narrativa feminista se da un intercambio circular y muy sensible. ¿Cómo son las repercusiones de Yo te creo hermana?

–Una lectora me dijo que cuando terminó el libro se quedó esperando la teoría. Pero después se dio cuenta que las historias reflejan lo que el patriarcado hace con nuestras vidas por ser mujeres o tener una identidad femenina. Muchas de esas conductas estaban tan naturalizadas y, todavía, siguen tan vigentes, que recién ahora se pueden ver y nombrar. Por eso el libro intenta mostrar cómo el patriarcado ha permeado en nuestras vidas desde que un padre no festeje el nacimiento de una hija mujer y sí el de un hijo varón –que lo cuenta la abogada Nelly Minyersky, de 89 años– o que las mujeres no estudiaban y se quedaban a realizar las tareas domésticas hasta los abusos más dolorosos. 

–¿Cuál es la importancia de reflejar los micromachismos?

–Los relatos de las especialistas en sistemas revelan los micromachismos en las oficinas machirulas y por lo que tienen que atravesar en una jornada de trabajo. Hay una abogada que es gerenta en una empresa y cuenta que en negociaciones importantes se producen obstáculos que representan el techo de cristal o una ingeniera naval a la que no dejaron subir al bautismo del barco en el que ella participó de la fabricación porque la tripulación seguía considerando que las mujeres son yetas en el mar. 

–Una lectora te dijo que sentía que era el “Nunca Más” de la violencia machista. ¿Cómo interpretás esa lectura sobre las violaciones a los derechos humanos de las mujeres?

–Yo obviamente no me arrogo esa comparación. Pero sí es un relato del horror que atraviesa nuestras vidas, pero no de modo excepcional. Es lo que nos pasa. Hay situaciones más graves de violencia y otras gradualidades como que a las chicas del Nacional Buenos Aires no las dejaban competir en básquet aunque juntaban cuatrocientas firmas todos los años. 

–En estos días Amalia Granata, que hoy es vocera de los sectores antiderechos, acusó a las mujeres de quererse empoderar y hacerse las víctimas. ¿Cómo se equilibra contar las historias, denunciar las violencias y, a la vez, no quedarse en el lugar del dolor o en el rango de víctimas?

–La palabra sana. Y eso me lo han dicho muchas mujeres. Cuando las mujeres cuentan no es porque están en el lugar de víctimas, sino que se trata de un retazo de su historia. Es un relato coral el que hacemos que ha estado silenciado. ¿Dónde están las mujeres que hicieron la historia argentina además de Juana Azurduy? Faltan las mujeres en la historia y hay que recuperarlas y también hay una recuperación de esas voces fundamentales para poder avanzar en la propia historia. Ninguna mujer se queda en las situaciones que atravesaron. A pesar de la violencia y el machismo construyeron sus vidas. No demostramos que somos heroínas. Pero esto es parte de nuestra historia. ¿Cómo no lo vamos a contar?

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