En una de las brillantes entrevistas que Paul McCartney sigue dando cada tanto a la prensa musical, en la que por suerte parece seguir creyendo, lo retrataban caminando de aquí para allá por Londres con el cronista en cuestión detrás, tratando de seguirle el ritmo. Parece ser algo común viniendo de Sir Paul: se han difundido fotos suyas viajando en tren; hace poco fue viral un famoso video en el que cantaba canciones de los Beatles paseando en auto por Liverpool, e incluso dicen que estuvo paseando en bicicleta por la Reserva Ecológica porteña. 

Sucede que Paul es algo así como el Beatle humano, el Beatle como nosotros, como vos, como yo. Es el que, como cierre de aquel mítico concierto final del grupo en la terraza, dedicó sus últimas palabras en un disco de Los Beatles a una fan, la fan original, la única presente en ese lugar en representación de todas. Como señala el periodista norteamericano Rob Sheffield en el prometedor prólogo de su flamante libro Dreaming The Beatles, las últimas palabras del siempre ingenioso Lennon fueron una broma: “Espero que hayamos pasado la audición”. Pero la frase de Paul fue simplemente “Gracias Mo”, en referencia a Maureen Cox Starr, la esposa de Ringo, una de las fanáticas del grupo desde las lejanas épocas de Liverpool, la fan que consiguió casarse con un Beatle. 

Cuenta la leyenda que antes de terminar en brazos de Ringo, Mo llegó a darse unos besos con Paul, que incluso le escribió una canción cuando supo de su muerte por leucemia a los 48 años, en 1994. El nombre del tema es “Little willow”, y está incluido en su disco Flaming Pie (1997). Medio siglo atrás, en aquella terraza, Paul le dedicó su gracias final a ella: no a Billy Preston, no a los técnicos ni a los policías, sino a la divina Mo, la encarnación de los fans de los Beatles, las fans, las que importan. O al menos las que siempre le importaron a Paul, eterno caballero inglés, que nunca olvida dónde empieza su negocio o su suerte. Ni a quiénes les debe realmente eso de ser Paul McCartney for ever. 

Pero volvamos a su caminata por Londres, de aquí para allá, que aquel cronista destacaba en su nota como sorprendente. Porque le resultaba increíble que un Beatle pudiese deambular a sus anchas por la ciudad, tan campante. Hasta que en un momento de esa caminata cuenta que Paul se detuvo a mirar algo, y enseguida se empezó a juntar gente a su alrededor. El cronista confiesa haberse asustado, comenzado a buscar posibles rutas de escape, pero Paul simplemente lo miró y le dijo: “Siempre en movimiento, no hay que olvidarse de eso”. Y volvió a caminar, escapando fácilmente de la pequeña multitud que se había reunido a su alrededor y amenazaba con atraparlo.  

Siempre en movimiento es el consejo de Paul, y tal vez por eso es que no deja de tocar, que sigue girando por el mundo, cantando sus canciones. Estar atrapado no es cantar siempre los mismos temas, sino dejar de moverse. Qué ironía que Paul sea entonces el último rolling stone, la piedra rodante que nunca junta moho, el laburante eterno, el músico que gira por el mundo cantando sus canciones para ese mundo que le dio vida, que lo eligió como su sonrisa eterna, y que está dejando de existir lentamente. 

El fin de semana pasado Paul durmió en Buenos Aires, acá mismo, soñando con todos nosotros sus sueños de Beatle eterno, y luego sus temas Beatle quedaron flotando en el –por un rato, al menos– buen aire. El que dijo que los de la platea podían sacudir sus joyas ya no está en este mundo, así que Paul no mencionó ese detalle en el Campo de Polo: no habló de riquezas, sólo siguió trabajando. Porque eso es Paul, un laburante, tocando ante los que pueden pagar la entrada, noche tras noche. Vaya uno a saber si necesita el dinero, uno quiere suponer que no, pero evidentemente necesita seguir haciendo su trabajo, o sea cantar. Por suerte. 

Días atrás, durante su escala en Santiago de Chile en el transcurso de esta gira, el cantante, poeta y mito chileno Mauricio Redolés celebró en una carta abierta justamente eso, al Beatle laburante, y se preguntó también qué habría soñado en su ciudad. “¿Con un George gigante cantando ‘Something’ con un enorme ukelele sentado en la cima del Cerro San Cristóbal, y la Virgen haciéndole espacio para que se afirme mejor al Cerro? ¿Con Ringo bajando una batería de una van en el barrio Yungay, y silbando ‘Octopus Garden’? ¿Un sueño santiaguino en el cual lo llega a visitar John para hacerle una vez más bullying por la bella ‘Ob-La-Di Ob-La-Da’, llamándola una vez más esa ‘granny shit song’?”, se reía el amigo Mauricio, que enseguida nombraba a una serie de músicos y personajes de Santiago que habían adoptado y popularizado la canción, invocándolos en defensa de Paul, y a los que desde acá podríamos sumar a todas nuestras hinchadas de fútbol, que nunca han olvidado ese bendito tema. 

También Andrés Calamaro le escribió a Paul el fin de semana pasado, al recibirlo en Buenos Aires, en una carta que tradujo y le hizo llegar casi en secreto. “Con amor infinito, agradecemos la vida que nos diste”, lo celebra en sus breves líneas. “Pura vida. Pedazo de obra a tus pies, inventor del invento y del tiempo. Y del viento. Al lado de Lennon y Mozart, no hay apuro para llegar al Olimpo. Donde, en cualquier caso, vos ya estás”. 

Vaya uno a saber qué soñara Paul, qué pensará de todo esto, qué pensará de todos nosotros, si es que nos piensa. Sólo sabemos lo que canta. Y lo que Paul canta, noche tras noche, son canciones de Los Beatles para todos. No hay mayor maravilla en este mundo nuestro que, pese a tener dueños cada vez más avaros, puede pasar a ser de todos en una canción.