Federico Lisica y su novela Mi abuelo caníbal
“Escribir es como una forma de canibalismo”
El autor tomó trozos de su genealogía para darle forma a una historia apasionante, que cruza a tres generaciones desde un inmigrante soviético.
“Nunca se escribe desde la nada. Siempre en relación con otro, otros, otras”.“Nunca se escribe desde la nada. Siempre en relación con otro, otros, otras”.“Nunca se escribe desde la nada. Siempre en relación con otro, otros, otras”.“Nunca se escribe desde la nada. Siempre en relación con otro, otros, otras”.“Nunca se escribe desde la nada. Siempre en relación con otro, otros, otras”.
“Nunca se escribe desde la nada. Siempre en relación con otro, otros, otras”. 
Imagen: Leandro Teysseire

Trepar el árbol genealógico no es tarea fácil. Y la dificultad no siempre se debe a la impericia del escalador: a veces el árbol está seco. Por eso muchos de los que emprenden la tarea de narrar agitando la memoria de la parentela (tan de moda en estos tiempos) optan por echarse a la sombra y contarla desde abajo. No es el caso del narrador y periodista Federico Lisica que, sin soga ni escaleras, llegó a lo más alto del árbol familiar para convertir/transformar su propia historia en Mi abuelo caníbal (Hormigas Negras) donde narra las desventuras del inmigrante soviético Sergei Paltsev y su descendencia argentina.

Abuelo, tío y padre. El primero, soldado durante el sitio de Leningrado que sobrevivió comiendo carne humana y entró al país en los 40 como polaco para terminar en San Nicolás; el segundo un embustero, falso veterinario y aficionado a las mujeres y al billar; y el último, dueño de un pobre hotel porteño y admirador de la danza clásica. Los tres (cada uno caníbales de sus tiempos) se van dibujando frente a los ojos de Federico, un chico de 12 años que, sin juzgar ni censurar las acciones delirantes de su entorno (el abuelo se sometía a una terapia de electroshok, el tío cruzaba mercadería de contrabando desde Paraguay, y el padre se hacía de amigos impresentables), va mordiendo y digiriendo su propio origen. Durante ese proceso, el narrador se encuentra con un fruto extraño: la lengua rusa, y sus deformaciones con el español, que atraviesa a las tres generaciones de los Paltsev. Esa lengua, para el chico es un “ruido” y la llave que lo llevará a aceptar su origen.

Si bien Mi abuelo caníbal transita los modelos de la novela de conocimiento o relato iniciático (el personaje se conoce a sí mismo a través del espejo de su entorno), Lisica con ingeniosidad y alevosa (y saludable) impunidad estructural (la novela consta de tres partes con su propio desarrollo) se escapa del derrotero biográfico canibalizando el verdadero origen para alimentar al lector de literatura de la buena. 

“Sí, es la historia de un inmigrante soviético”, dice el narrador. “Un soldado que fue caníbal durante el sitio de Leningrado, reconvertido en inmigrante, padre de dos hijos y un narrador tratando de armar su propio rompecabezas con piezas que no son suyas y debe robarlas para hacerlas encastrar. Si la novela tiene parte de realidad sólo puedo decir que traté de ser respetuoso, pero no pudoroso con mi historia. Nikita Lisica, mi abuelo biológico, al igual que Sergei también fue considerado polaco, pero nació en Ucrania y tuvo descendencia en la Argentina. También se casó con una enfermera italiana. También le faltaban algunos dedos. Creo que algunas de las partes más terroríficas –al menos para mí– son aquellas que efectivamente pasaron. Y, por el contrario, las más verosímiles, las más tiernas y costumbristas, las que nos abrazan, me las imaginé. Ahora si me preguntan si mi abuelo fue caníbal, debo decir que no, o hasta donde yo sé no de carne humana en sentido literal, pero seguro que él se alimentó de las proteínas de aquello que lo antecedió, para conformar su historia, tal como luego lo hicimos mi padre y, en el futuro, lo hará mi hijo José Ignacio. Cuando le contaba a mi viejo la novela él me decía ‘este soy yo’, ‘tal es Nikita’, y yo intentaba decirle que no, que más o menos, hasta que decidí darle la razón. Ese personaje de ficción con todos los elementos que da la literatura son reales”. 

La indagación familiar ya está presente en Un error maravilloso, primera novela de Lisica, aunque en ésta ahonda en el proceso iniciático de los personajes. “Mi primera novela es iniciática en un sentido estricto”, explica. “Es un género que los gringos llaman coming of age, pero ahí hay algo erróneo porque que no creo deba estar atado a una cuestión etaria. En esta novela el padre y el abuelo también participan de un proceso iniciático. Al comienzo juego con dos frases: ‘el tiempo cura todo’ o ‘el tiempo lo destruye todo’ y que quizás sea en una destrucción donde radica la cura. Los personajes van construyendo desde la imposibilidad de dar con ese origen o despertar, sea familiar, educacional, fraternal o sexual. Todo está dado en espasmos. Y por eso también la construcción de la novela es un poco espasmódico, tres capítulos donde cada uno tiene su nuevo comienzo”.

La elección del término caníbal hace referencia a un procedimiento de escritura: “El título esconde una falacia, ahora caigo en que había otro más apropiado: El nieto caníbal. Es cierto que detrás del título con ese pronombre posesivo ya está presente la línea sucesoria de quién narra la historia. Por otra parte, también aparece el tema no menor de comerse a otro sujeto, la antropofagia. Digo ‘el nieto caníbal’ y no ‘El nieto del caníbal’, por una cuestión particular: el canibalismo real, el de comer carne humana, entiendo que antes que terror genera incomodidad. Después viene el terror, claro. Pero primero está ese resquemor, esa cosquilla impertinente que sentimos, porque es una acción humana muy inhumana, la menos civilizada de todas. Y todos/todas, a su vez somos caníbales, pero de una clase particular. Somos caníbales de nuestra historia, de los que nos antecedieron. Nos alimentamos de esa historia y andamos famélicos siempre, a conciencia o sin saberlo. La mordemos de a pedazos. Y nunca quedamos del todo satisfechos. Hay muchos canibalismos dando vueltas, y escribir es uno. Nunca se escribe desde la nada. Siempre en relación con otro, otros, otras”. 

Uno de los elementos que pone en juego Lisica es la canibalización del lenguaje de la inmigración, la lengua natal que muta y se desnuda ante los “ruidos” (los militares, el peronismo, las canciones y el cine yanqui): “Desarrollo un poco la colonización cultural. En la novela hay muchas referencias desplegadas: canciones de Creedence traducidas al castellano, las revistas El Tony, Nippur de Lagash o D’Artagnan y las películas El Arlequín, Jesús de Nazareth; la Revolución Libertadora, el Colegio Mariano Acosta, los skinheads del Parque Rivadavia, Chuck Berry tocando en Obras y hasta el payaso Oleg Popov del circo de Moscú. Desordenada, yanqui, del litoral y también del Europa del Este. Así también es esta historia”.

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