En una de las respuestas más épicas del freestyle en español, Aczino le replicó a Troka: “Yo sí soy un engreído, un presumido, un crecido; sí, un maldito malnacido. Pero hay algo que no pueden negar del Aczino: ¡que es el mejor maldito freestylero que se ha parido!”…

¡RUIDO! ¡MÁS RUIDO! ¡MUCHO MÁS RUIDO!

Fue en 2015, en el camino a la final mexicana de la Red Bull Batalla de los Gallos. Desde entonces, ésa cotiza en alza como la mayor epic shit de todas las batallas y Aczino se consolidó como el mejor competidor de su generación, con un escalón en el podio de la historia del freestyle en español. Para muchos, incluso, al tope de él. Después de esa compe –palabra atajo que resuena a competición pero también a compa–, el rapero consolidó una presencia internacional que lo coronó como el mejor de todos en 2017 y lo puso a pelear con Wos el juego de tronos del año pasado. En 2019, también está apuntado en todas.

En estos años, Mauricio Hernández González, nacido en 1991 en el conurbano lindante a la Ciudad de México, descolló por su dominio de métricas y ritmos, de palabras y tempo, de arengue y manija, y por su conocimiento estructural de poesía. Pero debajo de sus capuchas, dentro de sus cuadrillés y detrás de su garganta, también se reveló como uno de los más entrañables dentro de una movida que en paralelo al estado de gracia de él, D Toke, Wos, Kódigo o Teorema copó el mainstream en todos los países de la región afines a la música pop y la cultura rock: México, Argentina, Chile, Colombia.

Esa efervescencia burbujeó acá con movidas espontáneas que rápidamente ganaron pista, bajo el modelo matriz de El Quinto Escalón. Instagram y el porro fueron catalizadores para que esa cultura barrial, placera, casi geopolítica, se volviera viral. Los referentes más pendejos de la movida, como Duki, Ecko o Dakillah, se pasaron a sacar temas. El trap lo tiñó todo y así en apenas un par de temporadas se llegó a Tumbando el club, el We are the World de los traperos centennials. Un We are the World de todos modos sectario, que incluye solo a uno de los teams de este movimiento juvenil que todavía resulta incomensurable, donde las generaciones se cruzan y los senderos se bifurcan.

Mientras hacía experiencias de composición, Aczino se quedó en las compes. Pero más claramente se quedó en el hip hop. Y ahora acaba de estrenar para RedBull.TV el show No lo intenten en casa, un toque en México con el que finalmente se decidió a salir con un proyecto de banda propia, con temas, casi una decena de músicos y el espíritu hardcore del rap clásico. El toque –que también se puede ver desde el NO– estará disponible gratuitamente hasta el jueves en http://redbull.tv/aczino y es la nueva patente de un MC que viene haciéndola en el circuito competitivo hace diez años. “Las batallas son más como un deporte: te afecta tu estado de ánimo, el físico y el mental, y son experiencias que solo disfrutás al final, cuando ya está el resultado”, le responde Aczino al NO.

¿Cómo cambia tu manera de abordar el escenario entre las competiciones de freestyle y los shows de tu banda?

--Es otro ambiente, otra vibra. En la banda somos casi diez y hay más gente que se ocupa de las pantallas o luces. A pesar de que sigo siendo la voz principal y el proyecto lleva mi nombre, pasas a ser un órgano más de todo ese cuerpo que tiene que funcionar. Eso te hace tener más humildad ante el arte y ser más paciente. En la improvisación tenés un tiempo limitado, ciertas reglas. A pesar de la libertad de decir lo que quieras, hay limitaciones del contexto, del rival, de si estás inspirado. Durante el torneo no creo que haya quien lo pase tan feliz: estamos muy nerviosos, con adrenalina, el cuerpo no disimula. El estómago se me hace vueltas, las piernas débiles y empiezo a transpirar y a pensar lo peor, como que me voy a trabar, que me va a fallar la pista o el mic. Creo que a muchos les pasa. En el recital llevas una preparación, un ensayo previo. Hay nervios y todo pero ya es salir a disfrutarlo, a gozarlo, a confiar en el equipo de trabajo por todo lo que hemos practicado.

Pero esto no es tu despedida de las batallas, ¿o sí?

--No porque aún disfruto batallar y me gusta mucho esa adrenalina. Lo que va a pasar este año es que estaré en varias competiciones y daré algunos shows míos o compartiendo cartel en festivales, pero recién el año próximo me concentraré más en esto nuevo con la banda. Tenemos proyectos muy grandes y será un año intenso, así que deberé dejar de lado las batallas.

Pese a que muchos exponentes de las batallas argentinas también se pasaron a los temas, el modo en el que vos lo hacés es distinto: salís con un proyecto más afín a la cultura hip hop.

--A lo mejor muchos de esos chicos ni siquiera tuvieron contacto con la cultura hip hop, entonces tuvieron un acercamiento distinto al freestyle. No digo que no sepan o no sean dignos, solo digo que lo vivieron de otra forma. En nuestro tiempo el freestyle era algo a lo que solo llegabas a través de la cultura hip hop, pero ahora se volvió muy popular. Antes, si te gustaba algo tenías que ir al lugar donde estaba. Ahora lo buscas en la red y te sale otra cosa parecida y luego una distinta, y te salta algo que no tiene nada que ver porque es una publicidad que alguien pago. Pero escuchas más libre de prejuicio porque es en privado, nadie te ve. Eso te hace más abierto. Aunque es cierto que a la vez es más vacío porque a nada te apegas, de nada eres devoto, como sí es devoción para muchos la cultura hip hop, el rock and roll o el reggae.

¿Entonces cuál es tu acercamiento musical en este proyecto?

--Yo trato de ser sincero conmigo y no fingir ni querer quedar bien. En este disco nuevo que estoy haciendo meto ritmos modernos, que llevan la velocidad o la secuencia de algún trap, pero eso es en el ritmo, por probar. La música se trata de probar, pero no voy a cambiar mi forma de pensar ni de expresarme ni mi apariencia. La estética tan exótica de algunos demuestra muchas inseguridades. Pero la verdad es que es otra generación, aunque yo solo tenga 27, porque yo soy padre y he vivido otras cosas, no estoy pensando en que llegue el día de juntarme con amigos a beber, sino en llegar a mi casa e ir al parque con mi familia.

Como joven, como artista y como padre, ¿cuán importante te parece el freestyle en la formación de los pibes?

--Creo que es muy importante porque es una actividad que te requiere poner atención y desarrollar tus habilidades y conocimientos; te impulsa a querer mejorar. Las batallas hacen que quieras saber más vocabulario. Es un ejemplo cómo les ha servido a muchos chicos que hacen trap en Argentina para salir de situaciones poco privilegiadas, para mí es un sueño que eso pase en México también. A mí el freestyle me ayudó a salir: no vivía en la calle pero luché día a día por salir adelante. El rap me ayudó a darle a mi familia una vida digna, con unas comodidades que yo no tuve cuando era niño. Quiero que el freestyle sea una herramienta para el bien, no para el mal; por eso me gustaría que el contenido se cuidara más. Muchos raperos se la pasan hablando de que matan, de pistolas y disparos, y debemos tener más responsabilidad con lo que decimos. Por eso hay muchos que creen que las batallas son algo tóxico, y eso desvaloriza el trabajo que hacemos.

Tu buena onda con Wos, con quien definiste el título mundial en 2017 y en 2018, en lo que pareció un superclásico regional a partidos de ida y vuelta, da cuenta de esa postura. ¿Qué disfrutás más? ¿Los triunfos de local o de visitante?

--Cada cosa se disfruta diferente. De local tienes la ventaja de tu gente, pero también la presión de perder frente a ellos. Ganando de local le das una alegría a tu gente, y no hay nada mejor que ganar con toda tu gente celebrando. Pero también hacer la hazaña y dejar callado un lugar entero se disfruta mucho. Se parece al deporte porque es completamente como un deporte: hay que entrenar, estudiar a los rivales, dejar espacio entre torneos.