Dos relatos de Giorgio Manganelli, de Un libro: Relatos inéditos.
Giorgio Manganelli con su hija Lietta.Giorgio Manganelli con su hija Lietta.Giorgio Manganelli con su hija Lietta.Giorgio Manganelli con su hija Lietta.Giorgio Manganelli con su hija Lietta.
Giorgio Manganelli con su hija Lietta. 

Monólogo del muerto

¡Eh! ¡Qué golpe! Bueno, debo decir que podía haberme ido peor; sólo una contusión aquí, y ni siquiera me duele, apenas –no, nada grave–. Y qué silencio ahora: parece que dejaron de disparar. Podía haber ido peor, mucho peor. Ah, eso es: no creía que fuese tan simple. El golpe ya no me duele, pero igual me dieron. Y quedé seco. Muerto. Es curioso: lo digo: me mataron. Y sí, me mataron. Qué silencio; ahora disparan allá arriba, no, no oigo nada, pero se ven los rastros blancos de los disparos. Qué extraño, y nosotros vaya uno a saber qué creemos que sea morir. Simple, muy simple, de verdad; ¿y quién no podría imaginarlo? ¿Cómo te la imaginabas? Ya sé, los ángeles, los santos, Dios, María, el tribunal celestial y todo eso. Ahora estoy muerto, así de simple, y no pasa nada. Sin embargo algo puede pasar de un momento a otro. Creo que es así. Estoy en el más allá, por lo tanto el más allá existe. Por lo tanto existe todo el resto: el tribunal, el paraíso, el infierno, el purgatorio. Imagino que sólo es cuestión de tiempo; debe de haber tantos muertos, a lo mejor hay un embotellamiento, pero luego vendrán a buscarme. ¿Y qué dirás, eh, Francisco? ¿Qué dirás?

Nada, esperaré a que ellos me pregunten. Callaré, trataré de callar; después de todo, este asunto no lo busqué yo. Me decían cuando era chico que los muertos de guerra van al paraíso. ¡Figúrate! ¿Por qué no?

Pero veamos un poco: cuando venga el ángel a decirme ven, te toca a ti, ¿yo qué haré? Sentémonos aquí. Aquí estoy, yo, Francisco. Bello no, nunca fui bello, pero cierta gracia tenía aquel cuerpo flaco. ¿Cuánto durará la putrefacción? Una lástima. No, no pensar en eso; ahora no hay que tener pensamientos malignos, nos jugamos la vida entera, ¿no es así? Bien, Señor, te diré, no soy un santo, pero conocí gente peor que yo –me parece el tono apropiado, humildad, bondad, confianza; sí, es cierto, andaba con mujeres–, pero Señor, ¿a cuántos muertos de veinticinco años debes juzgar?; eso es, apelar al sentimiento, el muerto joven, bien, bien. Y andaba con mujeres, pero sabes que nunca me metí en líos con ninguna –no, mejor dejémoslo–. Nunca fui violento con una mujer, ni siquiera cuando bebía. Sí, bebía, pero la guerra, los amigos, el cansancio, Señor, ¿crees que vivir es fácil? ¿Siempre llevando encima el miedo a la muerte? Decirlo es fácil: la muerte; pero tú, Señor, siempre has sabido lo que era; sí, a nosotros también nos contaron muchas cosas, ¿pero quién podía darlas por ciertas? No, no, no era fácil. Entonces se bebía, se miraban mujeres, se trataba de hacer esas cosas –¿qué se supone que se haga en guerra? Claro, dirá él, porque antes de la guerra no andabas con mujeres... Siempre con prostitutas. Señor, nada más; es cierto, no digo que fuese un asunto limpio, pero en el fondo tampoco estaba tan claro que era un asunto sucio. No tenía tiempo de pensar en ciertas cosas. Eso es. Veinticinco años son demasiado pocos.

Nunca robé, nunca golpeé a alguien más débil que yo, y antes de la guerra nunca maté. Tú sabes que hay gente peor que yo; no voy a dar nombres, no te hacen falta, pero creo que sabes en quienes pienso... Si maldecía, también rezaba; y aquí, en la guerra, aprendí a decir letanías. Las decía porque tenía miedo, pero hay quien por miedo maldice. Yo maldecía poco, poquísimo, casi nada. No, no soy malo; al contrario, si te lo puedo decir, creo que soy casi bueno –casi, se sabe–, ¿pero te acuerdas?... no, tú estas cosas las sabes, y además sé que no debo hablar de mí. Está el ángel para defenderme, ¿no? ¿Qué ángel? Quién sabe, a lo mejor pasó de largo. Aquí ángeles no hay. Tampoco había ninguno cuando me la dieron de ese modo. Qué silencio. A lo mejor a los tipos como yo, a los pecadores de medio pelo, los dejan para lo último. Mirada experimentada: a éste nos lo sacamos de encima enseguida. Mejor dejarlo para el final. Primero les toca a los generales, ¿no? Creo que sí. Pero algo podrían decirme: mandar un ángel a decirme algo, tipo eh, tú, Francisco, espera ahí, vuelve a pasar en un par de horas. Imagino que no sería prudente irme de aquí; podrían, Dios me libre, no encontrarme más. Sería algo terrible. No, no Señor, yo no me muevo. ¿De ese modo te resultará fácil encontrar a tu servidor indigno, no?

A lo mejor no se hacen esperar mucho. ¿No habrá algún modo de llamarlos? ¿Y si no se hubiesen dado cuenta...? Tonterías, acá saben todo. Es cuestión de paciencia. Ya vendrán. Qué silencio. Desde aquí hasta esa casa hay trescientos metros; pero seguro que allí no hay nadie. Es aburrido estar aquí. ¿Quién lo habría dicho? Los muertos se aburren. Estar muerto parecía una situación tan excitante... Qué aburrimiento.

¿Y si quieren castigarme por las cosas que he callado? Ellos saben todo, naturalmente. Está bien, a lo mejor no soy tan bueno, Señor, sí, hubo algún asunto que me pesa, esa chica de la otra noche. Pero yo soy un miserable que tiene miedo de la muerte, ¿quién puede entender algo cuando tiene miedo? Dios mío, Dios mío, no debí haberlo hecho, lo sé, pero estaba borracho. Y después el prisionero... lo maté porque tenía miedo de él. Lo hacen todos –¿yo seré el único condenado por eso? Pero después de todo no es mucho, ¿no es cierto? Hay quien hace cosas peores, ¿no es cierto? ¿Por qué no dices nada? Sé que debo ir al purgatorio, ¿por qué no me dices enseguida por cuánto tiempo debo ir? ¿Por veinte años, por un siglo?

¿Por qué no hablas? Qué silencio, qué silencio. Casi es de noche. ¿Me dejarán aquí hasta mañana? ¿Con éste aquí, tan cerca? A lo mejor, si pudiera silbar me calmaría. O cantar. O contarme una historia. ¿Ningún ángel para Francisco? Ya es tarde. Estoy muerto desde hace algunas horas. Sí, hice más cosas; lo sabes, violé, practiqué la sodomía, maté tres veces inútilmente, no le hice asco a nada, a nada, soy lujurioso, borracho, he deseado incluso a mi hermana, maldíceme, maldíceme, maldíceme, pero haz ruido, golpéame, maldíceme, no me dejes aquí así. Eso es, tal vez no basta: ¡yo te maldigo, te insulto, te escupo, Dios creador! Has oído. Te maldije.

Si volviera a la vida haría otra cosa que no he podido hacer; ¡soy un delincuente, Dios! ¿Por qué no me maldices? ¿Quieres que siga haciendo maldades? Dame un poco de vida y verás. ¡Pero habla, despierta, marmota; llámame!

Nada, nada. Qué cosa más divertida este silencio. Da miedo. No se entiende. Quisiera morir –pero claro, ¡qué tontería!


Un par de pantuflas

Míralas: de ningún modo podrías decir que son excepcionales, o singulares, o incluso solamente bellas; son, justamente, pantuflas de hombre, hechas para calzar un pie que, para ser de hombre, es pequeño. Color cuero, sin taco; tienen perfil de zapatillas. Algunas veces ella se las pone, pero no le van cómodas; el pie de ella es más pequeño. De modo que aún están nuevas. Desde hace dos años siguen envueltas en su papel en la caja; hoy las sacó para que se las pruebe el hombre con el que está ahora, pero él es grande, no le entran. Y riendo, ella se las puso, anduvo un rato con ellas por la habitación. Fueron compradas para el otro, pero justo en esos días terminó todo; una vieja intriga de la amante salió a la luz, cuenta con cierta agitación, y con una amiga de ella; hubo palabras amargas, pero no muchas; pedidos de perdón, pero no creíbles, y también despreciables; insistencias, pero tardías. “Y yo lo amaba tanto”, dice la mujer, envuelta en esa bata de noche, apenas anudada al cuerpo grande y lento. “Yo le hacía todo”, continúa, y con lentitud de mucama recuerda las camisas lavadas, el café al amanecer, la diligente elaboración de las comidas. “Después de todo lo que hice por él”, continúa, orgullosa, pero su voz tiene una risa grasosa, la ficción de su nobleza no es creíble, pero es noble, y ella cree que le sienta bien, como un vestido de singular inventiva o de antiguo decoro; pero sobre ese cuerpo se desbarata, para ella sólo hay vestidos duros, imposibles de amar, sin estilo. Pero esa intriga fue una suerte, una verdadera suerte que la hizo atravesar indemne y orgullosa una situación ingrata; salió de ella torpemente “vestida”, como ella suele vestirse, pero salió.

De aquellos días de lágrimas, de furores ficticios, de nobles y silenciosos desdenes, quedaron las pantuflas: las había comprado para él; pero ahora no se ofende haciendo que se las pruebe este otro, este hombre gordo al que ella no ama, que no la ama, pero sólo se lamenta de que no le calcen; podría regalárselas. Heterogénesis de los fines. Toca las pantuflas, las mira y ríe de esa historia graciosa; las pantuflas compradas para el hombre que le hizo perder la virginidad, inútiles, ineficientes, demasiado grandes para ella, pero pequeñas para él; ni siquiera se las pudo poner para ir al baño. Su risotada breve y grasienta subraya el lado gracioso de la historia: esas pantuflas recuerdan, pero torpemente, un lazo en su vida. Fueron un último gesto amoroso, aunque de un amor ya consumido y deshecho; esas pantuflas verdaderamente nacieron de una vocación errada, que de ningún modo podrá volver a ser enderezada. Son la prueba de una locura, de un error... Si hubiese esperado dos días se habría ahorrado dos mil liras –no son grandes pantuflas, mejor dicho, no valen nada–, dos días antes se las habría dado, y habría conseguido un abrazo lleno de remordimiento –¿y qué sentido tendrían ahora en la vida del otro? Así, ahora, no tienen sentido; son ridículas, obscenas, su presencia averguenza a ese otro, hacen reír; pero en fin, esa inutilidad las defiende, su erróneo destino las vuelve trágicas, obstinadas, absurdas. Su disposición inutilizable se convirtió en su estilo. “Tirarlas sería un pecado”; hay allí un sobreentendido lascivo, a lo mejor a alguien le servirían. “Mi sobrino es aún muy pequeño”. Ese hombre gordo y presuroso que está en la cama mira las pantuflas con verguenza; qué inquietante es la presencia de objetos con una vocación tan sólida y suicida, en esa habitación cálida y desordenada; ese rojo del cuero, que resiste, empecinado, sin sonrisa y sin ira, en el centro del cuarto, sobre la fría baldosa exagonal, mientras él, inesperadamente, sin ira, sin verguenza, pero con odio, busca los zapatos, las medias, sin escuchar ya a la mujer que habla, sin defenderse ya de las ternuras del dialecto.

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