MÚSICA
EL ADN DE LU
Quincy Jones dice que su música “es el futuro”. Acaba de presentar su primer disco, Blood, y ya le llueven elogios. Ella es Kelsey Lu, estrella en ascenso.

“Un álbum debut asombroso”, “intrincado y escultural”, “sublime”, “meditativo, surreal, profundamente imaginativo”: apenas algunas de las merecidas loas que ya está cosechando el recientísimo Blood (Sangre), primer larga duración de la cantante, compositora y chelista estadounidense Kelsey Lu, de 28 años, hacedora de un dream pop magnético y cristalino que no ha dejado a las plumas especialistas indiferentes. “Este disco es un reconocimiento del dolor, del horror y de la belleza de poder observarlo todo, sentirlo todo, y aun así seguir adelante. Vivimos para morir otro día y, a pesar de todo, estamos esperanzados por lo que sea que vendrá”, da la nota optimista la artista, cuyos 13 tracks consagratorios beben de diversas influencias, desde el R&B hasta la música clásica. Los temas no dejan mentir, sea el homónimo Blood, el iniciático Rebel o el curiosísimo cover de la balada soft rock I’m not in Love, del grupo inglés 10cc. “Me encantaba la idea de tomar una canción escrita por un hombre, que habla del amor y la sexualidad, y darle un vuelco de 180 grados a la perspectiva”, explica sobre la decisión de incluir la versión en su LP debut, que cuenta con la colaboración de Skrillex, Jamie xx y Rodaidh McDonald en producción.

“Mi identidad está en la fluidez”, dice ella, que rehúye a cualquier forma de etiqueta, tanto en lo musical como en lo personal. De nombre Kelsey McJunkins, decidió abandonar su apellido “porque no fue una elección propia”, optando en cambio por “Lu”, mote de niña que abraza en adultez “básicamente por ser andrógino”. Por escaparle a lo impuesto y preseteado, de hecho, escapó literalmente: de la casa de sus viejos archiconservadores, testigos de Jehová, a los 18. Logró entrar en la University of North Carolina School of Arts, mientras se bancaba trabajando como stripper. Al cabo de un año, una agotada Lu quiso cambiar de escenario y de vida: se mudó a Nueva York, comenzó a laburar como modelo para distintas marcas, hizo buenas migas con Kyp Malone (de TV On The Radio), siguió componiendo. A falta de computadora, se grababa cantando en el celular, siempre acompañada por el chelo. Algunas de esas canciones acabaron en su EP experimental Church, de 2016, un manojo de temas registrados en vivo en una iglesia de Brooklyn que le valieron comparaciones con Laura Mvula, Joanna Newsom, inclusive Björk. 

Se mudó a California (“un lugar que, a priori, resulta idílico, pero que también tiene su parte distópica, apocalíptica; claro que no hay sitio que no tenga sus demonios…”), donde actualmente reside, al que dedica la canción Due West de Blood. Y abriéndose camino a paso firme, a ritmo propio, hizo una colaboración tras otra: con Florence Welch, con Lady Gaga, con Solange… Entonces el disco, su disco, y un título rojo rojísimo, a cuento -dice ella- de que “no hay nada más potente que la sangre; es una palabra tan visual, con tantos significados posibles. Refiere a la vida, refiere a la muerte. Es imposible no identificarse con la sangre”.

Entonces los halagos; de la crítica, dicho está, también del mítico productor Quincy Jones, que asegura que la música de Lu “es el futuro”. También la invitación de Steve McQueen, director de 12 años de esclavitud, a comienzos de este mes: para tocar en The Shed en una noche que celebraba la historia de la música negra en Estados Unidos. Lu aceptó de buenísima gana, y se despachó con una demoledora interpretación de Strange Fruit, la famosa canción de 1939 que habla de los linchamientos a negros en el sur profundo. Kelsey también rindió homenaje al afroestadounidense Julius Eastman, un compositor gay que “murió como un sin techo, en las calles, tras ser excluido de la escena clásica por su raza y su sexualidad”. Como mujer negra bisexual, dice, su historia le toca de cerca.

Por lo demás, pide que no haya equivocaciones: la incipiente famita no la encandila. “No todos queremos ser personajes públicos. No todos queremos estar bajo el spotlight. No todos queremos ser famosos ni ganar un fucking Grammy. Con la visibilidad viene el sacrificio, y eso hace que me cuestione a diario: ¿realmente es lo que quiero? Todo requiere de un equilibrio. Lo que yo busco es cambiar la perspectiva de lo que se mira y de lo que escucha. Preguntas que me hago, que todos deberían hacerse”.

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