Sed poeta
Autor de más de treinta libros, traductor del italiano, francés y portugués y editor de más de doscientos títulos desde los años 60, Rodolfo Alonso ha sido altamente coherente con la consigna de mantener la poesía viva en el lenguaje. La editorial universitaria de Villa María, Eduvim, acaba de publicar Ser sed, un volumen que incluye sus últimos cuatro libros: El arte de callar, Poemas pendientes, A flor de labios y el inédito hasta ahora Poemas al gusto del día. En esta entrevista, Alonso presenta este volumen y repasa su relación con los oficios de poeta, traductor y editor en un ya largo y fecundo trayecto.
Imagen: Rogelio Cuéllar

Rodolfo Alonso es una voz fundamental de la poesía argentina y latinoamericana. Autor de más de treinta libros, traductor desde hace décadas de decenas de autores del italiano, francés y portugués, y ex editor (publicó nada menos que unos 250 libros, con un sello propio), se integró, desde muy joven, al grupo que hizo Poesía Buenos Aires, la revista vanguardista que, capitaneada por Raúl Gustavo Aguirre, desde la década de 1950 modernizó y revolucionó la escritura y la lectura establecidas por medio de sus poemas, ensayos y traducciones.

Recientemente, la Editorial Universitaria de Villa María (Córdoba), Eduvim, ha publicado Ser sed, un importante volumen prologado por el escritor y crítico Jorge Monteleone (“Rodolfo Alonso: vivir es rotundo”), que agrupa los últimos cuatro libros de Alonso: El arte de callar, con prefacio de Juan José Saer, de 2003; Poemas pendientes, con prólogo de Lêdo Ivo, de 2010; A flor de labios, de 2015 –los tres aparecidos originalmente por Alción–; y el hasta ahora inédito Poemas al gusto del día, que reúne poesía escrita entre 2013 y 2018.

En forma extensa, exquisita y erudita, Alonso relata las distintas experiencias y caminos editoriales por los cuales se fueron reuniendo sus libros, sus saberes como traductor y editor, y siempre la poesía: la sed por ella. La poesía, en esas múltiples expresiones, como médula de la vida.

Este volumen llega hasta el año pasado, como si se viniera publicando tu “obra completa”. ¿Es así?, ¿cómo ves o apreciás esto?

  –Por un lado, nunca me sentí cómodo con el concepto “obra completa” ni, tampoco, con el desmesurado objeto en que suele convertirse, incómodo de manejar. Y, además, jamás pensé que eso podía ocurrirme a mí, que ni soñando alguna editorial iba a meterse en eso. En cambio, como iluminaciones repentinas, sí me ocurrió más tarde sentir que algunos de mis libros tenían puntos en común, se rozaban por uno u otro motivo. Por suerte, la cosa terminó tomando espontáneamente ese camino. Primero fue la bellísima y exigente editorial de los Pellegrini, para la cual Mario me sorprendió pidiendo un libro. Con tantas cosas en común, sentí que bien podrían reunirse allí mis poemas de adolescencia, surgidos cuando la vanguardia eran Poesía Buenos Aires y los surrealistas. Y así apareció en Argonauta el primer tomo de mi poesía reunida: A favor del viento (1952-1956). Cierto tiempo después, invitado a la mexicanísima Xalapa para presentar un libro mío y, de paso, la poesía completa de mi querido Juan Gelman, en el marco de una feria del libro universitario coincido con el eficacísimo y generoso Carlos Gazzera, un puntal de Eduvim, la ejemplar y fecunda editorial universitaria cordobesa. Una noche, de improviso, me susurra si no me gustaría dirigir para ellos “una colección de po...”. No lo dejé terminar, le dije “se va a llamar La Gran Poesía, vamos a publicar grandes poetas fundamentales, en traducciones rigurosas y bilingües...”. Y así fue, menos de un año después aparecían Baudelaire y Dino Campana, y luego Apollinaire, Emily Dickinson, Miguel Hernández, los maestros medievales Guinizelli, Cavalcanti y Angiolieri. Fue tan abierta y productiva la relación que algunos años después Carlos me propone publicar algo mío. Recordé cuatro libros que sentía relacionados por ciertos atisbos madurez, y así volvió a aparecer otro tomo de mi poesía reunida, ahora por Eduvim: Lengua viva (1968-1993). No se desanimaron y surgió un tercer tomo que, con seis libros, cubre el espacio entre los dos primeros: El uso de la palabra (1956-1983). Siguieron confiando y, así, con toda naturalidad, Eduvim publicó ahora Ser sed.

¿Hiciste revisiones, correcciones, supresiones?

  –Los libros no fueron retocados, y tampoco la inmensa mayoría de los poemas. No se eliminó ningún poema, y sólo muy pocos fueron retocados, diría en ínfimo número. Eso también, sentí, les añadía un sentido. Sinceridad, autenticidad, desnudez, hasta flagrancia diría, siempre a cara descubierta. Fueron lo que son, y son lo que fui, y acaso sigo siendo. Y siempre como si me escribiera otro, como por fuera de mi voluntad, como si yo fuese más bien el instrumento que el ejecutante. Ya lo dije otras veces, y no sé si podría decirlo más claro: “La poesía me ocurre”, no hay proyecto, no hay plan previo, no hay propósito. Eso se desencadena en mí, o a través de mí, y no siempre con el mismo desencadenante. E intuyo que el lenguaje tiene muchísimo que ver en todo eso. El lenguaje que nos atraviesa, que nos envuelve, que nos azuza, que nos acuna. También me ocurrió ya decirlo otras veces. “No usamos el lenguaje, somos lenguaje”.

Junto a la poesía, seguís traduciendo. Apareció YO es otros, una “antología esencial” de Pessoa. ¿Por qué “esencial”? ¿Cuáles son los criterios que manejaste para armar ese volumen?

–YO es otros, antología esencial de Fernando Pessoa, es el séptimo título de aquella colección La Gran Poesía que te mencionaba. Después de una amplia Introducción general, seguida de la ponencia que presenté en Lisboa al Congreso Internacional Fernando Pessoa, se divide en cuatro grandes secciones: Documentos, con textos clave como su propia Noticia biográfica o su famosa Carta sobre el Origen de los Heterónimos. Poesía, totalmente bilingüe, con mis nuevas versiones de poemas antes no publicadas de Fernando Pessoa él mismo, o sus principales heterónimos. Prosa, con fragmentos de relatos y narraciones como “El banquero anarquista” y sus poco conocidos Aforismos. Correspondencia, con cartas personales que van desde su contacto directo con grandes poetas como Yeats o Teixeira de Pascoaes hasta su única relación amorosa, breve y platónica, con la muy joven Ofélia Queiroz. El conjunto, desde diversas perspectivas, permite una visión animada y fecunda sobre el siempre múltiple Pessoa, el poeta más secreto y, quizá por eso, universalmente seductor.

¿Cuál es tu valoración más general de la poesía de Pessoa?

  –Siendo muy joven, invitado por Aldo Pellegrini, me tocó descubrirlo y traducirlo cuando era absolutamente desconocido, hasta en el mismo Portugal. Y después de tanto tiempo me tocó volver a encontrarme con él, a solicitud de la Editorial de la Universidad de Valparaíso, de donde surgió YO es otros. Los jóvenes editores chilenos están tan entusiasmados con él que no logran poner punto final a su edición, para la cual volvieron a pedirme ampliaciones a originales que ya creía definitivos, y a la cual continúan dedicando una devoción y un respeto ejemplares, que los lleva a enriquecerla permanentemente. Esa nueva inmersión en el caso Pessoa, me indujo no a intentar algunas respuestas más o menos definitivas sino a plantearme, más claramente y más a fondo, preguntas, preguntas que me resultan expresivas. Pessoa no vio publicado en portugués más que un solo libro de poesía: Mensaje. Y también siempre evidenció su atención por una narración breve: “El banquero anarquista”, que también llegó a ver publicado pero en una revista. Además hubo sólo una cantidad de poemas o escritos en prosa, aparecidos en publicaciones periódicas y a los que él no llegó a dar forma de libros. Todo el resto no es sino una inmensa cantidad de hojas y fragmentos manuscritos o dactilografiados, en su gran mayoría sueltos y no siempre con título o fecha, lo que hace incierto imaginar su destino o relación. 

Claro que está el Pessoa que empezó a convocar cada vez más y más lectores.

  –Y que llegarían a ser de todo el mundo, tanto que comenzó a gestarse alrededor del Legado toda una corte de especialistas e investigadores que, muchas veces sobre el mismo supuesto libro, compilaron y armaron aquellos fragmentos, aquellas hojas sueltas, para llegar a su edición. Ahora, esas mismas hojas y fragmentos sueltos de Pessoa están apareciendo en internet. Y yo me pregunto... ¿Cada lector de Pessoa no debería tener presente eso cuando se enfrenta con un libro suyo que no sea alguno de los dos publicados por él, o al menos constituido por material que él publicó en diarios y revistas? Es más, ¿cada lector de Pessoa no tendría ahora la posibilidad de armar su propio libro con aquellos fragmentos suyos? Y dejamos aquí de lado otro problema. El idioma portugués ha sufrido, ya en vida de Pessoa, varios cambios ortográficos, que él nunca aceptó. Y los libros de Pessoa que nos dan las editoriales modernas no mantienen su grafía original sino que utilizan, por supuesto, aquella del momento en que el libro se fabrica y se venderá. Y yo no me animo del todo a preguntarme públicamente: el secreto, multifacético, cambiante e inmenso Pessoa ¿no será, con esa ambigüedad y polisemia infinitas, el meollo mismo de la literatura, de la poesía, del lenguaje humano? Pero intuyo que él mismo me respondería, acaso, como lo dejó dicho en inglés: “Try to charm by what is in your silence”. Es decir, “Trata de encantar con lo que hay en tu silencio”.

Pienso en “Rodolfo Alonso Editor”. En el catálogo había de todo: Sade y Trotsky, antologías de humor y teorías críticas (Marcuse, Henri Lefebvre), reproducciones completas de revistas europeas con números especiales dedicados a sociología y economía. Pensando en este amplísimo contenido ¿se puede decir que “RA Editor” fue de algún modo parte del proceso conocido como “el 68”? ¿Y hay todavía hoy ecos?

  –Todavía. Ya no me sorprendo, porque ha ido sucediendo, aquí y allá. Es como ocurre precisamente ahora, tu pregunta me hizo dudar y fui a fijarme. Y tenés razón: los dos primeros títulos, Sade y Masoch, aparecen en agosto de 1968. Demasiado cerca como para haber sido fruto directo del Mayo francés (que no fue solo francés), pero sí seguramente, en ese aire, en ese clima de época. Yo era algo así como un disidente de izquierda, porque siempre me interesó el socialismo pluralista, de base, el viejo sueño de justicia y libertad, de justicia social y libertades públicas. Y de hecho la editorial tuvo mucho de eso, es decir era casi como yo mismo. De hecho, fue una editora artesanal, de autor, nunca fue una empresa digamos comercial, sino independiente, autónoma. En los mejores momentos tenía cuando mucho un cadete y una secretaria. Desde un comienzo el asesor fui yo, porque no tenía ninguna experiencia, fui aprendiendo cómo se hace un libro visitando imprentas, linotipias, papeleras, distribuidoras. Cómo llegue a publicar unos 250 títulos diferentes, y que tuvieron incluso reediciones, no sabría decirlo. Yo sólo seguí mi instinto, mi intuición. Y fui fiel a mi manera de ser.

¿Qué relaciones creés que hay entre cada uno de estos tres roles que tuviste y tenés de poeta-autor, traductor y editor)?

 –Cuando intentan definirme en pocas palabras, se suele decir: poeta, traductor, ensayista, ex editor. Sólo podría agregar que nunca me lo propuse, que eso surgió y surge espontáneamente, y en mi caso bien temprano. Que yo me dejo llevar: nada de todo eso fue precedido por un plan, proyecto y, mucho menos, estrategia, o ambición. Simplemente, y una vez más, confieso: la poesía me ocurre, el lenguaje me ocupa, en el doble sentido de colmarme y darme trabajo. Y yo me dejo llevar, repito. Quizá, sin darme cuenta, y desde un comienzo, que fue bien temprano, sin saberlo estaba coincidiendo con lo que luego supe iba a enunciar, tan lúcidamente, mi querido y admirado Dante Milano, acaso el más secreto, el más discreto de los grandes poetas brasileños: “La misión del poeta no es la de inventar una nueva poesía, sino la de no dejar que la poesía muera”. Así sea. 

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