¿viene el transparente hoy? –me preguntó mi compañera de trabajo. 

Parada frente al stand de Mercedes Benz en La Rural, la chica que estaba ahí conmigo vestía una combinación de ropa que yo veía por primera vez. Jeans con remera negra. Aunque estábamos en ese lugar para repartir los folletos que explicaban los beneficios aspiracionales de los automóviles alemanes, no éramos las típicas señoritas de exposición en minifalda. Rodeadas de personajes extraños, nos sentíamos en la frontera entre un mundo que terminaba y otro que presentíamos incierto.

De repente divisábamos una línea vertical y bamboleante que se acercaba y poco a poco cobraba algo de espesor. Un junco medio pelirrojo y mal rapado, con las marcas de la colimba, los pantalones emparchados y coloridos, una remera de tela delgada, alguna pulsera de hilo y una chapita colgando del cuello, los anteojos gruesos y negros para disimular la nariz prominente, las mil pecas y la mancha de vitíligo.

Me gustaban su boca y la profunda oscuridad de sus ojos. Su beso.

Luego el junco partía con la promesa del reencuentro para volver a convertirse en esa línea casi invisible. Nosotras seguíamos repartiendo folletos de Mercedes Benz. Llegado un punto, casi podíamos ver a través de él.

Charly era el transparente.

Charly siempre fue Charly en todos lados. Hasta donde recuerdo, la única persona que le decía Carlitos era Carmen, su madre.

El departamento familiar de la calle Vidt era, por lo demás, una casa normal. Se respiraba buena energía y lograban hacerme sentir muy cómoda.

Me parece ver el comedor donde cenábamos con sus hermanos, su madre y también su padre, a pesar de que estaban separados. Charly bromeaba siempre con Enrique, su hermano menor. A veces se ponía un poco cruel. Lo llamaba “Carulo” y lo gastaba por gordito. Se querían mucho.

Charly y yo terminábamos el día en su habitación, donde estaba su cama y el piano acústico vertical con el que cantábamos; me mostraba sus temas nuevos.

Incluso cuando todavía no pasaba absolutamente nada con la banda y no teníamos un peso partido a la mitad, Charly siempre fue muy serio con respecto a su música.

Salvo él, nadie sabía con certeza qué podía pasar con Sui Generis.

Tekla, la madre lituana de Nito, tenía tan poca esperanza en la carrera de su hijo que ni siquiera lo dejó viajar para una gira de invierno, un par de recitales organizados por Pierre Bayona para la comunidad italiana o española en Mar del Plata.

Pierre consiguió un reemplazante llamado Petty Guellache y partimos hacia la Costa. El lugar de los conciertos quedaba en medio del campo. Allí, envueltos en un frío sureño impresionante, nos agarramos un pedo morboso y horrible. El alcohol destrabó las emociones de Petty Guellache, que se enamoró súbitamente de mí y empezó a correrme por el campo. Charly no le dijo “cortala que es mi mujer”. Como haría cada vez que alguno me tiraba una onda, sencillamente ignoraba la situación. En un punto, era bastante gracioso.

De regreso a Buenos Aires empezamos a pasar mucho tiempo en Phonalex. En aquella época no había demasiados pianistas en el rock argentino y su amigo Raúl Porchetto lo convocó para tocar en Cristo Rock. Fue la primera grabación de Charly en un estudio profesional, el puntapié inicial para una suerte de carrera trunca como sesionista del sello.

Frente a Phonalex estaba el Servicio Nacional de Rehabilitación. Era la locación escogida para filmar una película en la que yo interpretaba a una chica que ayudaba a un joven hemipléjico. A veces Charly me acompañaba al rodaje. Se sentaba debajo de un árbol y me esperaba. Su presencia incomodaba al director.

Apenas terminaba cada escena, me iba con él. Charly era muy cariñoso y tenía algunos rasgos de niño. Uno de ellos era su fonofobia; sentía estrés cada vez que hablaba por teléfono. También sufría un miedo primordial a las tormentas.

Solía hacer a pie el largo trecho desde Vidt hasta mi casa, donde pasábamos mucho tiempo pintando en el piso de la sala.

Charly se animaba con las guras humanas. Por lo general él dibujaba y yo le ponía los colores.

Otra de nuestras costumbres era caminar desde mi casa hasta Retiro, subirnos al tren y bajarnos en San Isidro para tomar un helado. Su sencilla manera de agasajarme. Una de esas tardes, unos conchetos de la zona cuchicheaban en los banquitos de la heladería.

–¿Cómo puede ser que esté con esa mina?   –decían.

Charly parecía no escucharlos pero estaba más acostumbrado que yo a los rechazos. Nos levantamos y paseamos por esas calles arboladas. De repente, mientras disfrutábamos del aire libre como dos adolescentes, comenzaron a llover monedas.

–¿De dónde salen estas monedas? –le pregunté–. ¿Cómo puede ser?

–No sé –me contestó.

Comprendí, como un rayo, que estaban siendo arrojadas con gomeras desde las casas que se recortaban a unos cien metros de distancia. Con ese método se encargaban de dejarnos bien en claro que era una zona exclusiva y que no dudarían en utilizar cualquier medio para echarnos. San Isidro no era, por cierto, el único lugar donde ya no éramos bienvenidos.

Con Miguel recién nacido, en el conventillo reciclado de Tacuarí y Venezuela.

...

Nunca lo vi componer.

Seguramente, hoy estaría pispiando detrás de la puerta, con la oreja atenta para poder pescar algún soplo de ese precioso ritual. Charly, por entonces, no se dejaba ver. Una tarde, por ejemplo, nos fuimos a dormir la siesta y cuando desperté me dijo que había escrito algo durante ese rato. La canción, descubrí, estaba influenciada por Bob Dylan y “...De cartón piedra”, un tema de Serrat que yo cantaba (se escuchaba mucho en mi casa y también terminaba con el protagonista en la cárcel: “me encerraron en estas cuatro paredes blancas / donde vienen a verme mis amigos / de mes en mes, de dos en dos y de seis a siete”).

Charly tomó la guitarra y comenzó a cantar los primeros versos de “Confesiones de invierno”.

–No me parece muy buena –le dije.

La canción era preciosa y yo lo sabía. Pero algo que no lograba identificar comenzaba a permear nuestra historia. La letra, además, decía ni más ni menos que la verdad. Carmen había entrado en conflicto con el destino de su hijo.

“Me echó de su casa gritándome ‘no tienes profesión’”.

Esa era Carmen, y ese era Charly.

Al mismo tiempo, yo llegaba a un punto sin retorno en mi propia casa. Mi vieja me sacaba, me buscaba, me patoteaba. Y yo terminaba engranando.

¿Qué veía de mal en mí? Cualquier cosa, nada la conformaba. Tampoco me controlaba. Me manejaba sola desde muy chica, podía ir y venir a cualquier hora. En casa siempre se manejaron ideas de superación y comprensión pero de alguna manera me soltaron la mano. Esos libros de autores revolucionarios y toda esa música sonando en los más nos parlantes dieron a luz a una kafkianita bonita y cantora, rebelde con y sin causa. Rara e inadecuada. Por otro lado, estaba en un estado de confusión que no me dejaba vivir en paz.

Una cosa es leer sobre el amor y otra cosa es amar.

Pinté un cuadro para retratar la escena. A la derecha, arriba, hay una figura femenina que mira con odio a una nena que le estira los brazos con cándida ternura; a la izquierda, una figura masculina de traje, sentada con las piernas cruzadas, fuma un largo cigarrillo color rosa con la mirada puesta en el techo. Lo titulé “Carne de diván”.

A la distancia es interesante hacer esta tarea de recordar, cortar y pegar en la memoria. Aparecen otras piezas del puzle y completan el contenido. Mis hermanos mayores, Carlos y Alberto (oh, los nombres) estaban cursando sus carreras de Ingeniería y Medicina, y ya vivían en sendos departamentitos regalados por la tía Beba.

No culpo a mi madre por querer estar sola.

Lamento mucho, en todo caso, la manera con la que llevó adelante todos sus cometidos.

...

Un buen día, después de una escena casi de pugilato orquestada por ella, estrellé un televisor contra la pared. Charly me sacó de allí con lo puesto y nos metimos en un bar para pensar dónde, cómo y con qué viviríamos de ahí en adelante. Solo teníamos perfectamente claro que huíamos de nuestros hogares para estar juntos. En casa, mientras tanto, empezaban a planear una gran remodelación y reciclaje. Ya era historia.

Rápidamente apareció la posibilidad de entrar en una pensión de Soler y Aráoz, en Palermo; una serie de cubículos de cemento que dos españoles habían construido como albergue para gente de clase obrera.

Era una situación difícil. Yo estaba embarazada, todavía no pasaba nada con Sui Generis y no teníamos un centavo para pagar el adelanto. Pipi Correa nos hizo un préstamo y con ese dinero no solo pudimos entrar a nuestro habitáculo sino también pagar la intervención quirúrgica para interrumpir el embarazo.

Por supuesto, nuestro habitáculo era exactamente igual a los demás. Techos bajos, una cama de dos plazas y un ropero. Para compensar ese ambiente asfixiante, Charly llevó su equipo de música Audinac y compró un par de auriculares.

Artaud recién había salido y se convirtió en uno de nuestros discos de cabecera. Pero también empecé a escuchar música que yo no conocía y que Charly amaba. Procol Harum, Deep Purple, Premiata Forneria Marconi, Carole King y Joni Mitchell, que me marcaron muy profundamente. Sobre todo, escuchábamos mucho a Dylan. No solamente sus discos sino sus canciones interpretadas por otros cantantes como Peter, Paul & Mary. In the Wind, aquel disco que traía “Blowin’ in the Wind”, era uno de nuestros favoritos.

En la pieza, a dos voces y con Charly sentado al mini piano, solíamos hacer nuestra propia versión de “Don’t Think Twice is Alright” y también las canciones para adultos de María Elena Walsh, como “Los ejecutivos”. Por eso siempre me causó gracia cuando Spinetta decía peyorativamente que la música de Sui Generis le resultaba parecida a las canciones de María Elena Walsh.

Como contrapartida, una de las primeras cosas que Charly me dijo sobre Spinetta es que era un mal guitarrista.

Era su forma de bajarlo a tierra y de quitarse de encima una competencia.

En el fondo, Charly siempre se sintió un muchacho de barrio.

En “Seminare”, cuando escribió aquello de “nunca comprenderás a un pobre pibe”, estaba realmente hablando de sí mismo.

En la pensión teníamos una cocina comunitaria y el baño, lógicamente compartido, estaba en el patio. Nuestros compañeros de vivienda eran, en su mayoría, gente de las provincias que venía a trabajar en la construcción o el servicio de limpieza. Me adapté enseguida y Charly lo notó. Con aquellas veinte hornallitas colectivas y las cacerolas (que guardábamos en una caja debajo de la cama) aprendí los trucos de cocina que me enseñaron mis vecinos. Hoy, cuando cocino esos platos, los recuerdo y sonrío. Charly comía con ganas.

–Tu comida tiene pizzzquitas –me decía, con una mueca de placer.

Ahora que evoco aquel tiempo advierto que para mí era natural vivir en una pensión y pasar el verano en Punta del Este. Nunca me planteé algo como “este lugar no es para mí”. En mi imaginación, tenía un fundamento artístico y filosófico. Todo estaba por suceder y lo sabíamos.

Quizás pensaba que estaba viviendo en carne propia lo que le pasa al protagonista de La Bohème.

“Mont Martre en aquella época, todo rodeado de lilas, justo sobre nuestra ventana. 

Esa es la humilde guarida que nos servía de nido

Eso fue lo que conocimos.

Yo que gritaba de hambre y tú que posabas desnuda.”

Mi concepto de un artista era la imagen de Edith Piaf. Charly, sin embargo, siempre se miró frente a otro espejo. Aunque en nuestro país ni siquiera existía algo parecido, la imagen que le devolvía ese espejo era la de una estrella de rock. No me extrañaría que, en algún punto, lo tuviera todo planeado.

...

Aunque casi no la agarrara en los recitales, Charly ya tocaba muy bien la guitarra y fluía en todos los estilos, ritmos y armonías. Se divertía como loco haciendo música. Para mí, cantar era algo tan simple y natural que no tenía demasiada conciencia de lo bueno que era habernos encontrado. Ahí, en nuestro pequeño departamentito de pensión, dedicábamos buena parte del tiempo a sacar canciones. Charly siempre comprendía de inmediato la armonía de cada tema y a mí me gustaba tener las letras en manuscritos rubricados con lapicera y buena caligrafía (conservo algunos y otros se me cayeron en la calle en un día de lluvia, accidente que consideré como un mal presagio).

A los pocos meses ya teníamos un mini repertorio para cantar en las fiestas familiares. Charly llevaba una guitarra criolla a todas partes. En un momento dado hacíamos un showcito con un repertorio muy variopinto. Tocábamos “Blowin’ in the Wind”, “La Bohème”, “Cantata de puentes amarillos”, “Monday Monday” (de The Mamas & the Papas) y “Judy Blue Eyes”, de Crosby, Stills, Nash & Young; una canción cómica en francés llamada “Tom Pilibí”, “El brujito de Bulubú”, una versión en inglés de “Garota de Ipanema” (mi papá la tenía en algún disco) y mi caballito de batalla, “Chiquilín de Bachín” de Piazzolla y Ferrer, que Charly podía tocar tanto en el piano como en la guitarra. También cantábamos canciones de Carly Simon (“Anticipation”, “The Girl You Think You See”), Joni Mitchell (“Carey” y “For Free”, donde se pasaba al piano) y Carole King (“I Fell the Earth Move”, “Natural Woman”, “You’ve got a Friend”), que era una de sus compositoras preferidas; entre sus fuentes de inspiración estaba a la misma altura que Elton John.

Si Nito estaba en alguna de esas reuniones, se sumaba a nuestro pequeño concierto sin ningún problema. Nunca existió ninguna situación de malestar o competencia que impidiera el desarrollo de los distintos vínculos afectivos y musicales. Además de un compañero de trabajo, Nito era nuestro amigo; una persona de muchísima confianza con la que compartíamos un montón de cosas, aunque ni se me pasaba por la cabeza meterme en medio de sus voces.

...

Cuando llegó el verano Pierre Bayona nos llevó otra vez a Mar del Plata. Como no teníamos un mango, vivíamos todos juntos en una casa que alquilaba Pierre. Las mujeres de los otros músicos eran las encargadas de cocinar y limpiar.

Yo no hacía nada de todo eso.

Pierre, que era un divino, se quejaba de que yo tuviese algún tipo de coronita por ser la mujer de Charly.

Una mañana, apenas nos despertamos, Nito se quedó mirándome fijamente.

–No parece que hubieras dormido –me dijo–. Tenés la cara perfecta.

Charly quería hacer algo que, suponía él, hacían los caballeros. Me llevaba a cenar afuera y ponía en marcha el “paga-dios”. Arreglábamos el lugar del encuentro antes de sentarnos; luego de comer, la primera en levantarse era siempre yo. Una vez esperé largo rato en el lugar convenido y Charly demoró en aparecer. De repente lo vi venir corriendo, cubierto de una capa de sudor; estaba escapando de un mozo que recién abandonó la persecución luego de tropezar y rodar por el piso.

Volvimos a Buenos Aires con un signo más positivo. Vida ya estaba en la calle, empezaron a caer los recitales y enseguida apareció el negocio.

El mánager, el vendedor de los shows, el productor, etcétera.

Jorge Álvarez y Billy Bond eran los productores; Oscar López el mánager y Gabriel Melgarejo y Lualdi se encargaban de vender las presentaciones, shows y recitales. Los shows eran actuaciones breves por el conurbano y los recitales eran presentaciones más extensas en teatros o lugares más grandes.

En un buen fin de semana, Sui Generis podía tocar hasta tres o cuatro veces por noche. Solía esperar a Charly a las siete u ocho de la mañana en la puerta de la pensión, acompañada por amigas como Diana Lía o el “Hada” Patricia, otra antigua compañera del jardín de infantes y la escuela.

Patricia tenía bien ganado su apodo; era una colorada de ojos azules que vivía revolviendo cajones de anticuario; no tenía relaciones con nadie pero estaba en estado de perpetuo enamoramiento alrededor de Luis Alberto Spinetta.

–¡Es lindo! –me decían cuando lo veían llegar a Charly con el camioncito que transportaba sus equipos y el mini piano.

En el placard de la pensión teníamos un maletín forrado en tela Pucci –regalo de la tía Beba– donde poníamos la plata que traía de los shows. El maletín muchas veces estaba lleno de billetes que Charly compartía conmigo.

El dinero no le importaba mucho. No pensaba en comprarse un auto ni en planicar nada. No le interesaba, o le daba igual. Nuestra vida era la música.

...

Un día compramos The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd. En la pensión no se podía poner música fuerte y nos pusimos los auriculares; lo escuchamos acostados en la cama. Cada vez que sonaban los despertadores de “Time” nos sobresaltábamos. Nos encantaba esa sensación y éramos felices. Compartíamos todo. Yo usaba sus camisas como maxi vestidos; de mi guardarropas, Charly amaba una remera rosa con una tortuga y un pulóver rojo con grandes estrellas que yo había comprado en la Galería del Este. “Pequeñas delicias de la vida conyugal”, que ya estaba hecha de mucho antes del disco Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, retrata aquellos días. Nuestra mejor época.

Aunque es una canción en cierta forma crítica con la institución del matrimonio y la familia, simboliza un momento de mucho amor entre nosotros. Ese verso que dice “estoy en busca de algo naranja y verde” era el deseo de la pureza, casi como si fueran los colores de un jardín de infantes. Charly no tenía una idea clara de familia; yo, mucho menos. Fluíamos de la mejor manera posible. Con la excepción soberana de su música, sin demasiados objetivos especiales a la vista. A la larga, eso mismo provocaría los primeros cortocircuitos.

Por supuesto, el título de aquel tema contiene una referencia a Ingmar Bergman. El cine era un programa cotidiano que, muchas veces, compartíamos con León Gieco y Alicia Sherman. Nuestras salas predilectas eran el Cine Arte de Diagonal Norte, el Cosmos 77 y el Lorraine, ambos sobre la calle Corrientes. Bergman era una parte suculenta del menú pero también estaban Truffaut, Buñuel, Fellini y las primeras películas de Woody Allen.

–Yo soy Zampanó –me dijo Charly cuando salimos de ver La Strada.

En su forma de interpretar los hechos yo era Gelsomina, la piba rara del circo que tocaba la trompeta.

Él era el bruto exhibicionista que recorría una triste Italia de posguerra, rompiendo cadenas con el pecho y revolcándose con las mujeres al costado del camino. Su honestidad era ladina, mi ingenuidad prístina.

A su manera, Charly estaba revelándome el futuro. Y la verdad.