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Por M. Fernández López
Un árabe y los docentes
Si el nombre de alguien aparece citado en la Historia del Análisis Económico de Joseph Schumpeter -cuyos criterios selectivos eran más que estrictos-, el individuo aludido adquiere una virtual patente de celebridad. Y allí dice el célebre profesor de Harvard: Debiera mencionarse al historiador árabe Abu Said Ibn Khaldun. El citado, conocido en castellano como Abenjaldún, aunque nacido en 1332 en Túnez, descendía de árabes con residencia de varios siglos en Sevilla. No eran tiempos en que existiera la profesión de economista, pero sí la de historiador, y Abenjaldún aportó a la Economía desde ese oficio, el cual le llevó a ver a los temas económicos subordinados a las fuerzas sociales que distinguen cada etapa evolutiva de la sociedad, tal como trabajaron David Hume, Adam Smith o Karl Marx. Su modelo económico-social se fundaba en casos de la historia norafricana, y presentaba una serie de etapas bien definidas, que comenzaban con la etapa tribal-nómade, culminaban en la creación de imperios y concluían con la desintegración de una sociedad, dominada por otra. Al principio, la solidaridad social era máxima y llevaba a fundar imperios. En las etapas finales, el lujo y la desidia de los poderosos desintegraban la sociedad, que se volvía insolidaria. Abenjaldún, según recordaba Colin Clark (The Conditions of Economic Progress, 1940), se refirió al trabajo productivo e improductivo: en el primero incluía a médicos, docentes y músicos; en el segundo, actividades basadas en el fraude, explotación o ignorancia, entre ellas la astrología, la alquimia, la búsqueda de tesoros ocultos y diversos servidores públicos que obtienen su parte de ingresos públicos viciados por la injusticia, la opresión y la presión fiscal. Se refirió a un tema clásico de la economía: el ingreso de los docentes en relación con su trabajo. Sobre los profesores y maestros escribió que su riqueza es limitada, porque la necesidad que la sociedad tiene de ellos no es grande, y algunas veces se les ha considerado innecesarios; por lo demás, rehúsan recurrir a la adulación de los poderosos a fin de conseguir su patrocinio y, a través de su prestigio, adquirir riqueza: ellos consideran que esto es deshonroso.
Esto lo dijo Sarmiento
Pocos hombres públicos recibieron tanta veneración o suscitaron tanta polémica como Sarmiento. Si hoy viviera, acaso sería un firme candidato al Premio Nobel en Literatura. No era economista, pero su apasionamiento por los problemas argentinos lo llevó a pensar un proyecto económico para el país. En 1850, cuando escribe Argirópolis, el país era una economía cerrada, frente a una Inglaterra que, desde 1846, se había abierto a la importación de materia prima del resto del mundo. El proyecto de Sarmiento era la contracara de la doctrina librecambista de Peel, y hallaría ejecución en las presidencias de Mitre, la suya propia y las de Avellaneda y Roca. La inserción en el mundo se haría a través de movimientos de productos y de factores. Eliminado el indio, la tierra argentina era fuente de producciones rurales (exportación), si se le podía incorporar mano de obra (inmigración) y capital (importación de manufacturas). La necesidad argentina coincidía con la presión europea por exportar manufacturas y expeler población. Dos grandes móviles traen a la Europa a interesarse en nuestras cuestiones ... desea vender en América el mayor número de mercaderías posible ... El otro interés de la Europa en América es el de sus nacionales ... La América está colocada en una condición que hace para ella un elemento de prosperidad y engrandecimiento al atraer a su seno el mayor número de extranjeros ... Nosotros no seremos fabricantes sino con el lapso de los siglos y con la aglomeración de millones de habitantes; nuestro medio sencillo de riqueza está en la exportación de las materias primas que la fabricación europea necesita ... nuestro interés es casi el mismo que el de las potencias europeas, y bastarían algunas leyes inteligentes y previsoras para que se armonizasen del todo. Ya Ricardo en 1814 había imaginado una Inglaterra en el mundo, donde los países eran como piezas distintas de un solo rompecabezas, y donde el comercio hacía las veces de la puesta en contacto de partes complementarias, cuyo ensamble potenciaba las capacidades productivas de cada parte aislada. Claro que ejecutar el proyecto implicaría el genocidio indígena, el desconocimiento de derechos elementales a colonos y trabajadores, la corrupción entre el capital extranjero y el gobierno, y el anquilosamiento en un modelo agroexportador. Pero eso ya no era responsabilidad de Sarmiento.
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