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Por M. Fernández López
¿Sólo amigos?
La homosexualidad parece acentuar la sensibilidad hacia la belleza, incluyendo las bellas letras. Nuestro mundo estético no sería igual sin la Piedad, o la Gioconda. Ningún asno fue tan dulcemente retratado como en Platero y yo. Ningún torero muerto fue tan amargamente llorado como Sánchez Mejías por el gran Federico. ¿Sucede otro tanto con las ciencias, en particular con la ciencia económica? No se negará que la amistad entre David Hume y Adam Smith no haya sido un encuentro de dos grandes potencias del pensamiento. Tampoco sorprenderá que, dado el riguroso clima escocés, sumado a una deficiente hotelería, y viviendo uno en Edimburgo y otro en Glasgow, lo natural fuera que, al visitar Adam a David, se alojase en la casa del anfitrión. De lo que sucedía puertas adentro no ha quedado testimonio. Más llamativo es que, en 1763, al ser enviado Hume fuera de Escocia, como secretario de la embajada en París, Smith rápidamente se desprendió de los altos cargos que había alcanzado en la Universidad de Glasgow y partió con igual destino, acaso cantando Cuando un amigo se va. Por si faltara poco, ambos regresaron a la isla en 1766. Nos vamos ahora a otra época, a comienzos del presente siglo, llamada por G. J. S. Shackle los años de la alta teoría. Gente habitualmente bien informada y seria en sus opiniones, como Bertrand Russell y Jürg Niehans, coinciden en opinar que en esa época estaba muy difundida la homosexualidad en Cambridge. Es muy conocida la inclinación homosexual de J. M. Keynes, quizás el más grande economista de este siglo, y su debilidad por Lytton Strachey, magníficamente interpretado en el reciente film Carrington. ¿Y los demás? Su discípulo Harrod, quien escribió de él la más apasionada -y casi diríase enamorada- biografía, sólo por el hecho de haberle rechazado Keynes un artículo para el Economic Journal, en 1928, cayó en un estado transitorio de locura, que lo tuvo 18 meses marginado. Y ahora añaden Milton Friedman y su esposa Rose (en Two Lucky People-Memoirs) el dato sobre la homosexualidad de otro grande del momento, Arthur G. Pigou, el catedrático de Economía de Cambridge, de 1908 a 1943, en quien Keynes concentró toda su artillería pesada contra la economía clásica. Pigou y Strachey fueron objetores al servicio militar en la primera guerra mundial, y acaso tuvieran otros puntos en común que expliquen la inquina de Keynes hacia Pigou.
Medio siglo
En 1948, cuando Perón nacionalizaba los ferrocarriles y había ya implantado el requerimiento de ciento por ciento de reservas prescriptas (o encaje) sobre los depósitos bancarios, régimen llamado de nacionalización de los depósitos bancarios, Milton Friedman aconsejaba esa misma regla monetaria para los Estados Unidos, en su célebre Marco monetario y fiscal para la estabilidad económica. Sus propuestas eran cuatro. En primer lugar, sugería eliminar tanto la creación y destrucción de dinero por el sector privado como el manejo discrecional de la cantidad de dinero por parte de las autoridades del banco central. Como el 90 por ciento de los pagos en EE.UU. se hacía mediante cheques, el ciento por ciento de reservas reducía a 1 el llamado multiplicador de los depósitos bancarios, es decir, a 0 la capacidad de creación de nuevo dinero por los bancos. En cuanto a la banca central, directamente proponía abolir la capacidad de hacer operaciones de mercado abierto o intervenir en la bolsa, limitándose a funciones como la compensación de cheques y otras menores. En segundo lugar, fijar el nivel del gasto público por el deseo, necesidad o disposición de la comunidad a pagar por servicios públicos, y no variarlo ni pro-cíclica ni anti-cíclicamente. Tercero, un programa predeterminado de gastos de transferencia, como seguros de vejez y por desocupación, que se fijaría por lo que la comunidad desease pagar, y no se cambiaría como respuesta a las fluctuaciones económicas. Y cuarto, un sistema de impuestos progresivos apoyado principalmente en el impuesto al ingreso personal. El principio que debería regir las cuentas públicas era el del equilibrio presupuestario, concebido para un nivel razonable de pleno empleo y a un nivel de precios predeterminado, o con un ligero déficit que contemplase cierto incremento de la cantidad de dinero, especificado para el largo plazo. La estructura tributaria no se debería alterar como respuesta a fluctuaciones cíclicas de la actividad de negocios. Los cambios de la estructura tributaria sólo deberían reflejar cambios en el nivel de los servicios públicos o de los pagos de transferencia que la comunidad eligiese realizar. En todo caso, ninguna elevación de la presión tributaria debiera ser decidida per se por la administración de turno, y sí en cambio por la comunidad.
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