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Yo me pregunto

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Domingos sin postre

Después de que La Nación diera amplia cobertura al escándalo sexual que salpica a Bill Clinton y Monica Lewinsky, la revista dominical del diario decidió publicar la semana pasada un breve pero contundente llamado a la sensatez mediática. “Basta de Bill y Monica”, abogaba desde el título y pasaba a exhibir su incredulidad frente a la parálisis que “el país más poderoso del mundo” sufría “ante semejante puerilidad: después de todo, no fue más que un affaire”. Lo que llevó a más de un lector a preguntarse qué es exactamente lo “pueril” de la situación para La Revista: si el sexo oral o la amplia cobertura de los medios. Enseguida, se informa al lector que todo el asunto convirtió al presidente y a la pasante en “estrellas excluyentes de la televisión y los medios gráficos, que les dedicaron horas e insoportables relatos literarios”. Considerando que se reproducen las tapas de las revistas Newsweek y The Economist y de los diarios El País y ABC de España y The New York Times, resulta al menos incierto deducir dónde leyeron “relatos literarios” dedicados al tema (¿será acaso por esos incógnitos relatos que todo esto les parece pueril?). Claro que todo esto se reduciría a una confrontación de interpretaciones si La Revista no rematara su llamado a la sensatez con una alarmante perversión: “Tanto escándalo para que, al final, él reforzara su imagen y GAP lanzara nuevas versiones del famoso vestidito azul que lució la gorda” (sic).


LA MARCA DE LA BESTIA
En franca descarga de munición gruesa, orquestada y auspiciada por una triple alianza conformada por la Presidencia de la Nación, la Secretaría de Cultura y la Cámara Argentina del Libro, Buenos Aires fue invadida por miles de panfletos que rezan: Leer es un placer, genial... (nótese el creativo uso de la coma). En el reverso, los distintos “modelos” de panfleto que por azar pueden acabar en las manos de cualquier distraído, incluyen, hasta donde pudo comprobar Radar: fragmentos del Facundo de Sarmiento, de Rayuela de Cortázar y de las Rimas de Bécquer. En este último caso, los cuatro versos finales citados rezan, con casi impecable ortografía: “mientras el corazón y la cabeza batallando prosigan, mientras halla (sic) esperanzas y recuerdos, ¡habrá poesía!” Más abajo, como último estímulo, se lee: “Encontrá en la poesía lo mejor de vos. Está en bibliotecas y librerías”. Si todo el asunto está auspiciado por la triple alianza ya mencionada, lo que seguro no hay son diccionarios.


¡AH, LOS FRANCESES!
Cuando los físicos teóricos Alan Sokal y Jean Bricmont publicaron Imposturas intelectuales, una impiadosa refutación de los usos decorativos de la ciencia en manos de los intelectuales mejor exportados por Francia -de Lacan a Kristeva o Baudrillard-, las res-puestas fueron más condescendientes que airadas: “El pobre Sokal”, resumió celebremente el rico Jacques Derrida (de Bricmont no dijo nada, pero es belga: lo que de por sí es toda una categoría si se mira desde París o Yale). La misma animadversión magnánima -la de aquellos que responden una injuria por decoro, no porque se sientan heridos- despertó el libro Explaining Hitler, de Ron Rosenbaum, publicado este año. La obra fue elogiada en Estados Unidos por The New York Times, en Inglaterra por The Guardian, en Argentina por Página/12: todos, seguramente, medios antisemitas. Al menos, eso habría que concluir si se juzgara por la nota de tapa de la revista parisina L’Evénement Du Jeudi del 30 de septiembre. La historia del affaire Sokal se repite: la revista sostiene que los anglosajones son poco sutiles, apegados a la crasa empiria, con espíritu de geometría y sin ninguna finesse, ingenuos que llaman al pan pan y al vino vino, sordos a los trinos de la sirena Teoría, etc. El libro de Rosenbaum, sin demasiadas pretensiones, repertoriaba y contrastaba las teorías (con minúscula) que intentaban dar cuenta de cómo Hitler fue posible. Fundamentalmente se rebelaba contra quienes afirman que no se puede explicar el hitlerismo porque, si se lo hace, se acaba por justificarlo, ya que comprender es perdonar (la postura de, entre otros, Claude Lanzmann, el realizador del film Shoah). Pero los franceses quieren guardar para Hitler todas las nocturnidades impenetrables de la irracionalidad. Como si al demostrar que las fanfarrias de wagnerianos, heideggerianos o jüngerianos son ridículas, el totalitarismo fuera menos terrible. O como si el recuento de las teorías paranoicas sobre el asesinato de Kennedy banalizara la Guerra Fría. O la preocupación de Rodolfo Walsh por el cadáver de Evita trivializara al peronismo. A veces cuesta recordar que Francia entronizó a la Diosa Razón y se atrevió a proclamar la universalidad de los derechos. Mientras que el filósofo húngaro Georg Lukács, tan denostado por los que no lo leyeron, había titulado El asalto a la razón su historia de la filosofía (o del irracionalismo) en Alemania de Schelling a Hitler. Cabe aclarar que el volumen es de 1953, el año de la muerte de Stalin.