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Plástica los dibujos de remo bianchedi (en la Fundación Klemm hasta fines de octubre) solventan una fundacion en defensa de los inocentes

El valor agregado del arte

Con Los inocentes, su nueva muestra de cincuenta técnicas mixtas en gran formato, el gran Remo Bianchedi demuestra no sólo que el dibujo es el gesto fundacional de las artes visuales: también puede ser el “capital” para iniciar una fundación solidaria. Nautilus, la fundación creada con un grupo de artistas en La Cumbre, se propone ayudar a esos inocentes sometidos a la desocupación, la pobreza, la exclusión social e incluso al suicidio por el sistema que nos rige.

Por Fabián Lebenglik

“Para mí, el dibujo es el anticipo de la acción”, dice Remo Bianchedi. “Y la acción que se desencadena con el dibujo busca, como decía Joseph Beuys, lograr la libertad y la autodeterminación por la creatividad.” La genealogía de esta idea está en el concepto de la obra de arte total, que surgió en la Edad Media y que se hizo natural en el barroco, según Bianchedi: “El romanticismo y la Revolución Industrial quisieron utilizar el arte como instrumento para una regeneración cultural y social. En el siglo veinte, la Bauhaus también perseguía estos objetivos, hasta que fue cerrada por el nazismo en 1933. Pero en mi caso personal, la guía es el concepto ampliado del arte de Beuys y de la Universidad Internacional Libre de Berlín”.

Bianchedi nació en Buenos Aires en 1950. Vivió en la provincia de Jujuy desde 1969 hasta 1976. Ese año ganó la beca alemana Albrecht Durer y se fue a Kassel, a estudiar diseño gráfico y comunicación visual en la Escuela Superior de Artes. La experiencia que lo marcó definitivamente fue tener como maestro a uno de los grandes artistas del siglo veinte: Joseph Beuys, del cual Bianchedi se considera discípulo. En 1981, terminados sus estudios en Alemania, Bianchedi se mudó a Madrid, donde vivió hasta fines de 1982. En 1983, con el retorno de la democracia, volvió a Buenos Aires hasta que, en 1991, se instaló en las sierras cordobesas, en Cruz Chica, muy cerca de La Cumbre.

Desde entonces ha ido generando un proyecto artístico, estético e ideológico que aspira a una particular completud, en relación con la “obra de arte total” a la que se hacía referencia al comienzo de esta nota. En 1993 y 1994, a través de dos muestras personales, Bianchedi evocó el nazismo y la última dictadura argentina. Estos dos períodos trágicos lo llevaron de la perspectiva social e histórica a un plano más personal y subjetivo. Al año siguiente (para entonces llevaba realizadas cuarenta exposiciones personales en Europa, Argentina y Uruguay) presentó en el Centro Recoleta una instalación que consistía en una secuencia de casi 600 dibujos y pinturas de pequeño formato e igual medida, montados uno al lado del otro en una larga serie perimetral y alumbrados con una sola franja de luz homogénea en medio de enormes salas oscuras. Los pequeños dibujos consistían en sintéticos ideogramas antropomórficos que iban tomando distintas formas a través de diferentes técnicas. En aquella instalación .tan simple como monumental-. aparecía una evocación de la niñez como centro de esa investigación formal.

Aquel costado de experimentación siguió en la siguiente muestra del artista, Sibilas criollas, Los conos y El muerto (1996), pero esta vez el artista privilegió la pintura sobre el dibujo. Aunque la unidad temática estaba más dispersa que en muestras anteriores, había referencias concretas a infiernos de nuestra época: abrumadoras chorreaduras y ojos de miradas penetrante parecían convertir a Bianchedi en una suerte de Marat evocando con aspereza imágenes de la historia del arte. En 1997 fue el turno de Libros, una muestra que, con mirada retrospectiva, remitía más concretamente aún a la historia artística del propio autor, al tiempo que anunciaba una crisis. El año pasado, con El pintor y su modelo, exhibió una treintena de pinturas y dibujos de gran formato que tomaban como punto de partida y como “modelo” la situación y el contexto del artista que pinta. Aquella muestra funcionaba como una actualización del subgénero clásico “el artista y el modelo”, pero puesto en términos del presente. De esa manera, servía como un recorrido por los modos de pintar preferidos por Bianchedi: algo así como una historia personal de la pintura.

El artista ha bajado nuevamente de La Cumbre, esta vez para mostrar Los inocentes en la Fundación Klemm. Se trata de un conjunto de cincuenta obras de 167 x 100 centímetros cada una, en técnica mixta, en las que el centro es el dibujo de un cuerpo con los pies cortados. Esa figura -recurrente en la obra de Bianchedi– es obviamente un personaje simbólico,una suerte de ambigua imagen de la juventud, que va cambiando de carácter: un modelo sin modelo, o un modelo mental, hecho de memoria, que al artista utiliza como principio ordenador y organizador.

El punto de partida en Los inocentes es el dibujo, técnica en la que Bianchedi es un auténtico maestro. Sus cuerpos –o ese cuerpo repetido cincuenta veces– aparecen parados, invertidos, acostados, creciendo, padeciendo, atravesados de surcos, chorreaduras, pisotones, columnas vertebrales salientes, fechas... El dibujo es aquí una herramienta poética de construcción, invención y descripción de un mundo que, para tomar el descubrimiento freudiano, resulta familiar y siniestro al mismo tiempo. Esa figura obsesiva, recurrente, repetida, le sirve a Bianchedi para dramatizar las cuestiones que lo obseden: la importancia del otro, el valor del trabajo, la reunión entre el conocimiento y la acción, el paso del tiempo, el aislamiento, la soledad, la neurosis, la creatividad y su contracara, el agotamiento creativo. En ese espacio casi podría decirse de ficción, Bianchedi genera un doble literario, “Max”, con quien establece un diálogo a través de textos que sirven como epígrafe, comentario, título o cita, según la obra.

En Los inocentes, el dibujo es una equivalencia del pensamiento: la unidad artística mínima y también la matriz de la escritura. Con ella se cuenta en clave la vida cotidiana, como si una exposición fuera la puesta en circulación de la intimidad en la que, confesionales y pudorosos, los dibujos revelan miserias, derrotas y alguna que otra victoria robada al infierno. “Los inocentes cierra un ciclo”, dice Bianchedi. “Ya me cansé del circuito de las artes y quiero otra cosa. Esta muestra es una reflexión sobre el valor agregado de la obra de arte. Es decir, sobre todo aquel valor que la obra convoca, una vez finalizada su realización. Gran parte del diseño y el trabajo fue encontrar algo que multiplicase aquella idea de Beuys sobre la obra de arte ampliada: el arte como vehículo de transformación social. Quiero que se sepa que todas estas obras constituyen el capital inicial de la Fundación Nautilus en La Cumbre, con la que un grupo de artistas, amigos y colaboradores buscamos generar una corriente de opinión y acción en favor de los inocentes, de los jóvenes vulnerables a la desocupación, la pobreza, la violencia y la exclusión social. En La Cumbre hay un alto índice de suicidios de jóvenes, que se ahorcan en el centro del pueblo. Hay que revertir esta tragedia. Y para eso empiezo con un cuerpo, en mis dibujos y en la fundación. Que es lo más cercano. Las grandes masacres de la historia, entre las que están el Holocausto o los desaparecidos, hablan de millones o de decenas de miles de víctimas. Eso es algo inmanejable, para mí. Entonces empiezo por dibujar un cuerpo.”

Es más bien novedoso que una serie de dibujos haya sido aceptada como capital inicial para dar a conocer oficialmente una fundación. Sin embargo, en dos meses de funcionamiento, y sin un peso, sus miembros ya han logrado inaugurar un taller de diseño y oficios, con sesenta inscriptos de entre 12 y 25 años, y un cuerpo de doce profesores. “Hemos logrado además que el Concejo Deliberante de La Cumbre apruebe un proyecto para rehacer la plaza con estos chicos, que participaron en el proyecto también contando sus ideas y necesidades. Y en breve vamos a habilitar para ellos un viejo hotel, el Montiel, que está del otro lado de la vía, en la zona pobre de La Cumbre, de donde vienen todos esos chicos.” Para aquellos interesados en colaborar con la Fundación Nautilus, el e-mail de Bianchedi es: [email protected].

 

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