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Personajes Ariel Dorfman está habitado

Oigo voces

Voces más allá de la oscuridad, la última obra de teatro de Ariel Dorfman, se estrenó en el Kennedy Center en Washington, con Alec Baldwin, Kevin Kline, John Malkovich, Sigourney Weaver, Julia Louis-Deyfus, Héctor Elizondo, Rita Moreno, Giancarlo Espósito, Afre Woodard y la presencia del mismísimo Bill Clinton en la sala. La pieza teatral, que se basa en entrevistas a defensores de derechos humanos realizadas por la abogada Kerry Kennedy Cuomo, funciona como excelente disparador para conversar con Dorfman acerca de lo que significa ser un extranjero ubicuo, la solitaria tarea del escritor y el lugar de la familia en su literatura.

POR LAURA ISOLA

Ariel Dorfman sabía de la importancia de estrenar su nueva obra en Washington. Para la noche del 19 de septiembre convocó a un grupo de actores más que conspicuos (Alec Baldwin, Kevin Kline, John Malkovich, Julia Louis-Deyfus, Héctor Elizondo, Sigourney Weaver, Rita Moreno, Giancarlo Espósito y Afre Woodard) para que pusieran sus voces en el estreno “leído” de Voces más allá de la oscuridad, un texto que consiste en una adaptación teatral de entrevistas realizadas a defensores de derechos humanos del mundo entero por la abogada y militante Kerry Kennedy Cuomo, hija de Robert Kennedy y esposa de Andrew Cuomo, actual ministro de Vivienda de Bill Clinton. Según Dorfman, en cuanto leyó esas entrevistas supo cómo encarar la tarea: “Armé una especie de tapicería de voces, una cantata donde se entrecruza lo testimonial y lo lírico. Y con un villano, algo así como un Evangelista del Miedo (papel que protagonizó Baldwin), que sirve de antagonista de las voces de los activistas, y al que deben derrotar o por lo menos neutralizar. Este personaje le imprime suspenso y dramatismo al desarrollo de la obra, e intensifica el ya de por sí extraordinario contenido de esas entrevistas”. La grabación se va a transmitir el 8 de octubre por la cadena pública televisiva PBS en la serie “The Kennedy Center Presents Great Performances”. En cuanto a la obra, se seguirá dando en otras ciudades con la misma modalidad y diferentes elencos (para Estados Unidos ya han dado el sí Sidney Poitier, Jimmy Smits, Eddie Olmos y Glenn Close; para Londres, Vanessa Redgrave ya se ha hecho cargo de montarla con elenco elegido por ella). Pero no todo termina en el hecho literario y la puesta en escena. El proyecto tiene además un costado pedagógico: “Vamos a enviar la obra, a través de Amnesty International, a diez mil colegios y universidades de Estados Unidos, y la idea es seguir en esa línea en otros países”.

El megaproyecto es una ambición estética y moral del mismo Dorfman: “Fue una experiencia increíble estar en contacto con las voces originales de esos defensores de los derechos humanos y poder darles un hogar literario más estable y permanente. Personalmente, siento casi como si me hubiese estado preparando la vida entera para esa tarea: la combinación de mi obsesión por ver un mundo con menos sufrimiento y mi empecinada búsqueda de formas literarias experimentales y nuevas”. Si bien Ariel Dorfman cree haber cristalizado oficio y militancia en la forma de Voces más allá de la oscuridad, su persecución de esa quimera doble se remonta largamente en el tiempo: su obra gira casi obsesivamente en torno a la identidad, la necesidad de justicia y de memoria. En el campo de la dramaturgia, el novelista y ensayista tiene en ciernes un nuevo proyecto: “Se llama Purgatorio y la voy a montar el año que viene, aún no sé si en Inglaterra o en Estados Unidos. El proyecto está bastante adelantado y el 27 de octubre tengo una lectura dramatizada en Londres con mis productores. Además, estoy preparando otra lectura en Nueva York con un gran director que quiere montarla allá”. Sobre el argumento, Dorfman tiende un manto de misterio: “Se trata de un hombre y una mujer solos en un escenario durante una hora y media. Mejor no digo nada más”.

Hay una explicación a ese silencio: para Dorfman, la escritura de teatro excede el espacio íntimo de la ficción o el ensayo. Si bien nunca ha escrito para un actor o actriz determinados (“jamás pienso en un actor o en una cara cuando escribo; de hecho, tengo una notable incapacidad para recordar rostros”), necesita no perder de vista en ningún momento las posibilidades escénicas de la pieza. Eso lo lleva a hablar bastante de la pieza mientras está escribiéndola; razón por la cual, cuando la termina, prefiere llamarse a silencio hasta que empieza el trabajo para la puesta en escena: “Ahí sí que me interesa explorar nuevamente la intensidad y la vibración interior del personaje. En la medida en que he trabajado más en teatro, he ido sabiendo más acerca de lo que determinados actores oactrices pueden hacer, callar o explicar con un gesto en vez de una palabra. Y eso sí que me ha cambiado el modo en que escribo el teatro”.

¿Encuentra diferencias entre escribir teatro y novela?

–Siempre me he sentido más libre escribiendo novela que teatro. Lo que me gusta de la novela es la soledad en que trabajo, mientras que la obra dramática se va haciendo en mi cabeza y en el papel al mismo tiempo, porque ya tengo conciencia de que, para llegar un público, hará falta cantidad de intermediarios, involucrar a tantos agentes y canales que a veces me siento más constreñido. Por el contrario, la ficción me necesita sólo a mí y una pantalla. Es el reino de la libertad, donde cualquier experimento es posible. Claro que el teatro, por su constreñimiento espacial y temporal, permite una concentración, una intensidad y una economía que, en personas tan desbordadas y eufóricas como yo,resulta una tarea muy enriquecedora. Pero yo tiendo a romper las barreras genéricas: uso mucho diálogo en mis novelas (como en Konfidenz, que es casi exclusivamente conversación) y me gusta introducir juegos narrativos, vaivenes de tiempo, en mis obras de teatro.

EL OFICIO DE ESCRITOR

Dorfman nació en Argentina en 1942, pero dos años después su familia emigró a Chile por razones políticas y allí adoptó la nacionalidad chilena. Vivió y escribió en Chile hasta 1973, año del golpe de Pinochet, cuando debió exiliarse en Estados Unidos, donde reside actualmente. De esta triple extranjería, Dorfman hizo una poética explícita en su autobiografía (Rumbo al Sur, deseando el Norte) en la que ensaya un romance entre dos lenguas y dos polos de atracción personal e históricos; y en su última novela (La nana y el iceberg), en la que construye un personaje juvenil llamado Gabriel Mackenzie para echarle una mirada irónica y corrosiva a la sociedad chilena post-pinochetista. “La verdad es que siempre he escrito de la misma manera: antes en Chile, después durante el exilio y ahora en esta expatriación itinerante. Escribir empieza con largos períodos de espera, como un tigre enjaulado. O, mejor dicho, con las palabras enjauladas en mi interior. Hay algo que quiere despertar pero no sabe cómo, hasta que, un día, aparece una frase que hace clic y me pone manos a la obra. A partir de ese momento, soy aún más insufrible, porque ahora no sólo los barrotes sino también el tigre me están comiendo, y me pongo muy ansioso porque no suelo saber cómo va a terminar la cosa. Es como estar atrapado en una obra de misterio en la que hay un asesino suelto: tú eres la víctima y también el detective; hasta que atrapes al destripador, el mundo es peligroso e inacabado. Te jodiste si no encuentras al culpable.”

En el enloquecido proceso de escritura que relata Dorfman se va gestando el germen del cual debe salir todo lo demás. Mientras tanto, coexisten en su cabeza historias, planes, personajes, frases ysituaciones. Como un doctor Frankenstein, el autor deberá suturar los fragmentos y dar con una voz: “El tono exacto o la espina dorsal del futuro esqueleto, digamos. Y siempre es lo mismo: el asombro de ver cómo los retazos de otras ideas que no parecían relevantes empiezan a confluir y a influirse mutuamente. Uno no sabe de dónde viene, pero de pronto todo cabe, como si no pudiera haber sido escrito de otra manera”.

EN FAMILIA

La tarea de escribir implica necesariamente la tarea de leer: leer a otros y dar a leer lo propio. Para un escritor, sus lectores futuros son, de alguna manera, la proyección imaginaria de algunos lectores presentes: “Mi mujer, Angélica, es mi primera despiadada lectora. Luego viene mi hijo mayor Rodrigo”, dice Dorfman. Pero, en la medida en que los miembros de su familia aprenden a leerlo, se van sumando: “Ahora, también mi hijo menor Joaquín lee mis textos. Pero es Angélica la guardiana, la más exigente y sin pelos en la lengua. Si me coloca al ladode un párrafo un bla-bla-bla, sé que ahí tengo un problema.Es raro que yo mande un manuscrito a un editor sin que ella le haya pasado antes su ojo severo y montaraz”. De vez en cuando, sin embargo, arriesgando algún asuntillo conyugal, Dorfman no acepta su crítica: “Cuando lo que estoy haciendo es muy audaz y riesgoso, cuando siento que es la aventura que necesita mi libro, una dirección enteramente sorprendente, ahí no hago caso a nadie”. Fuera del ámbito familiar, hay ciertos colegas que también cumplen su parte: “Si bien rara vez pienso en ellos como lectores ideales, o especialmente severos, mientras estoy escribiendo, de más está decir que, cuando un Don DeLillo me escribe que le encanta Konfidenz o Michael Ondaatje me alaba Rumbo al Sur... o Antonio Skármeta se entusiasma con La nana y el iceberg, me siento especialmente feliz. Porque ellos saben lo que cuesta escribir, ellos saben cuánto les debo y cuánto los admiro”.

Fascinado desde siempre con lo audiovisual, Dorfman dice que ve todo el cine que puede (no así televisión) y otra vez vuelve al ruedo la familia: “Estoy escribiendo un par de guiones con mis hijos. Además está la posibilidad de adaptar algunas de mis novelas. A principios de octubre voy a Hollywood a discutir la adaptación de Terapia, mi próxima novela a punto de publicarse. Terminamos con mi hijo mayor un radioteatro basado en Konfidenz para la BBC y acaban de venderse los derechos para la televisión latinoamericana dePrisoners in Time (Premio Británico al mejor guión en 1996), la película con John Hurt que escribí con Rodrigo. Con él filmamos también A la escondida, un corto de ficción que ya mostramos en varios festivales. Pero, por mi parte, ya no quiero dirigir más; prefiero escribir. Me encanta que mis compatriotas continentales puedan ver lo que escribimos en inglés, pero claramente inspirados por nuestras experiencias latinoamericanas. Pero, para que veas: seré jurado del Festival de Cine en La Habana en diciembre, así que el cine me llama y no me suelta”.

UNA HISTORIA DE NOVELA

Desde que Dorfman se enteró de que los chilenos planeaban llevar un iceberg a la Expo de Sevilla en 1992 para demostrar cuán poco latinoamericanos eran, quiso escribir una novela sobre esa locura. Pero, como ya ha explicado, primero tuvo que hallar la voz para dar cuenta de la historia: “Gabriel, mi joven protagonista, es virgen a los 23 años y necesita a su padre, Don Juan, el seductor de miles de mujeres, para que lo ayude a debutar sexualmente”. Ese tono lo halló en la picaresca: “La picaresca une lo público y lo privado, la historia de una familia con la historia de una época. La novela tiene algo de alegórico y mucho de histórico: de hecho, toma toda la historia del continente, desde antes de los conquistadores hasta el Quinto Centenario. Pero se me fue dando como una novela picaresca en el sentido hispánico: un bribón que se cree más listo que los demás y termina desilusionado y, tal vez, redimido. Sólo después se me fue revelando su filiación con la picaresca inglesa de Fielding y Sterne. Ojalá haya algo de Dickens, también”. Pero es la filiación al género español del siglo XVI la que le permite a Dorfman una certera mirada política: “A medida que despliega sus andanzas, el pícaro contrapone su inocencia a la corrupción del mundo: ésa me pareció una estrategia ideal para ir develando un país. Que no sólo es Chile; podría ser Tailandia, Sudáfrica, Argentina, cualquier país que se ilusiona con la modernización, pero no se puede ver a sí mismo. El cruce de sexo y política ha estado en el centro de mis obsesiones desde Viudas en adelante. Lo que pasa es que en mis novelas se daba en una atmósfera claustrofóbica y en La nana y el iceberg muestro el sexo como un goce desaforado”.

¿ESPEJITO, ESPEJITO?

Fuera de Chile, La nana... ha tenido una extraordinaria recepción. Aunque un par de críticas en Inglaterra se enojaron con su “vulgaridad”, la norma fue más bien una abundancia decomparaciones: con Joyce, Dickens, Bulgakov, García Márquez, Vargas Llosa. “De las mejores que he tenido en mi vida”, dice Dorfman. En su propio país, en cambio, la novela ha sido ignorada, excepto un crítico de El Mercurio: “Me dicen que el tipo es un pacato derechista y beato: la perfecta combinación para entender una novela que no deja títere con cabeza ni mujer sin cama caliente, ¿no es cierto? Pero esto me suele pasar en Chile. Sería iluso pensar que mis compatriotas van a premiarme por haber seguido a Stendhal y poner un espejo en el camino para reflejar lo que va pasando: las grietas, heridas y monstruos de nuestra común deformidad”. Nada de esto le sorprende porque aun en los lugares que le ha ido bien, como en Estados Unidos, Inglaterra, México, España, Colombia, Alemania, y con las consecuentes traducciones a un montón de otros países (Brasil, Portugal, Israel, Holanda, Italia), Dorfman admite: “Si fuese un desagradecido, diría que en ningún lado hay una completa comprensión de lo que trato de hacer. Pero se me ocurre que es mejor que sea así. Es bueno ser un poco extranjero en todas partes, incluyendo Chile”. Por su parte, no demuestra disgusto porque no cambiaría nada de lo que ha hecho hasta ahora: “Je ne regrette rien. Ni una cosa. I wouldn’t change a thing. Ni siquiera deseo ya la inmortalidad”. Dicho en francés, en inglés y en castellano

 

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