
Siria
fue tierra de profetas y conquistadores como San Pablo, Mahoma, Alejandro
Magno y Tamerlán. Su historia aluvional y antiquísima
sobrevive en barrios medievales amurallados que guardan iglesias bizantinas,
mezquitas, sinagogas, anfiteatros romanos y mercados árabes.
El país también cobija las ruinas de la ciudad de Palmira,
uno de los mayores sitios arqueológicos del mundo.
Por
Julián Varsavsky
El Polvo
incalculable que fue ejércitos
J.L. Borges
Fue
un pilar del legendario imperio de Sargón, que se extendió
desde Babilonia hasta Anatolia hace 4500 años y cuyo legado a
la humanidad es la invención de la escritura. Una tierra disputada
por ejércitos que remontaron el Eufrates y por conquistadores
helénicos como Alejandro Magno, el mongol Tamerlán y Trajano
de Roma, quien sitió Damasco en el 106 D.c. Se dice que el converso
San Pablo predicaba en esta zona durante los orígenes del Cristianismo.
Hacia el siglo VII una legión arribó al galope desde el
desierto de Arabia levantando nubes de polvo... era el ejército
del Islam, que llegaba para conquistar y seducir al pueblo de Damasco,
convirtiendo a la ciudad en la nueva capital musulmana. A fines del
siglo XII llegaron hasta sus murallas unos caballeros de armadura y
cruz escarlata que se habían conjurado para liberar el Santo
Sepulcro... era el ejército de los Cruzados, quienes jamás
pudieron doblegar la resistencia siria. La cruz y la media luna estaban
en guerra, y medio siglo más tarde se declaró desde las
mezquitas de Damasco la Jihad Islámica, la guerra
santa contra el infiel que había usurpado Jerusalén.
De todas estas épocas quedan, superpuestas en la Siria actual,
los restos de un templo de Júpiter, anfiteatros romanos, iglesias
bizantinas, fortalezas y murallas, campanarios convertidos en minaretes,
ciudades bíblicas en ruinas, y un legado cultural que perdura
en las diversas religiones del país, así como en el idioma
arameo que aún se utiliza en ciertas aldeas, la misma
lengua popular de Galilea que hablaron Cristo y sus discípulos.
Siria es un viaje al origen de las grandes teologías, un acercamiento
a civilizaciones que dejaron una huella perpetua cincelada en la piedra.
|
Maalula:
testigo de la historia
|
Una carretera
al pie de unos acantilados de mil metros de alto conduce por el
desierto hasta el poblado de Maalula (a 54 kilómetros de
Damasco). Tras un recodo del camino aparece sin aviso una insólita
aldea construida sobre la escarpada ladera de una montaña,
con sus casas encimadas una sobre la otra (las azoteas de unas son
el sendero que pisan los vecinos de arriba cuando trasponen la puerta
de su casa). Vista a la distancia, Maalula parece una gran colmena
con doscientos cubos escalonados sobre una pared casi vertical.
Las casas de color azulado contrastan con el ocre de las piedras
de la montaña, donde antiquísimas construcciones relatan
la historia desde la época aramea, pasando por la etapa romana
cuando la aldea se llamó Seleucópolis, hasta la era
bizantina en que fue una diócesis episcopal de gran importancia.
La mayoría de los habitantes son de confesión católica
y hablan en lengua aramea, la misma que predominó en el Oriente
Medio desde el siglo I a.C. hasta el VII d.C., y que se dice utilizaba
el Hijo de Dios para predicar en el desierto. Al templo
de Mar Sarkis construido en el siglo IV d.C. sobre las ruinas
de un templo pagano llegan cada año peregrinaciones
desde todo el mundo, e incluso turistas que aprovechan la ocasión
para casarse. |
Damasco
Inmortal
Lo
primero que se observa al salir del aeropuerto de Damasco es el nutrido
tránsito de una ciudad moderna que ofrece todas las comodidades
occidentales para satisfacer las exigencias de 1,5 millones de turistas
europeos y japoneses al año. Toda la excitación de Damasco
se concentra detrás de los muros medievales en la Ciudad Vieja,
donde en un parpadeo retrocedemos varios siglos. Los romanos fueron
los primeros edificadores de la muralla que a lo largo de 1900 años
fue destruida y vuelta a construir innumerables veces. El último
saqueo de Damasco fue en el siglo XIII cuando los mongoles de Tamerlán
arrasaron la ciudad. Y desde esa época el aspecto del casco antiguo
ha variado muy poco.
Se ingresa por un gran arco de piedra directamente al zoco (mercado
árabe), una amplia calle con ocho cuadras de comercios reservada
para peatones, cubierta por altísimos techos construidos
con barrotes de hierro, entre los que se cuela el sol. A los costados
nacen las estrechas callejuelas de casas antiguas donde la gente conversa
con los vecinos de enfrente por la ventana de su casa.
En el zoco, el repiqueteo de la madera anuncia que ingresamos al sector
de los carpinteros y ebanistas donde los artesanos tallan finas piezas
de ajedrez que van colocando sobre un tablero de nácar. En el
zoco de los orfebres llaman la atención ciertos joyeros -.algunos
de ellos judíos incrustando hilos de oro en finos brazaletes.
Cuando los altoparlantes difunden el llamado del muecín, algunos
artesanos musulmanes se retiran a una mezquita y colocan simbólicamente
una silla en la puerta del negocio, el cual queda abierto con las mercaderías
al alcance de cualquiera (nadie toca nada). Por último, el aromático
zoco de las especias es un deleite para el sentido del olfato: clavo
de olor, menta, azafrán, olivo...
No
es fácil caminar por los zocos. Los vendedores, en el límite
entre la amabilidad y la compulsión, salen a nuestro encuentro
y nos invitan a pasar a las tiendas. El ir y venir de la gente es frenético,
y las mercancías invaden el espacio de la calle. En el mercado
de frutas interfieren el camino grandes canastos con pimentones, aceitunas
y dátiles, o montañas cónicas de damascos, almendras
y cerezas. El coloridoespectáculo incluye personajes como algún
sheihk con turbante, o un sacerdote cristiano ortodoxo con
túnica negra y barba hasta el pecho (hay media docena de iglesias
en la Ciudad Vieja). De repente se observa un claro en el techo del
zoco y reaparece el sol: el espacio se abre para dos columnas corintias
del Templo de Júpiter, erigido por los romanos en el siglo III
d.C. Tras las columnas se divisan los tres minaretes de la Gran Mezquita
de la Dinastía Omeya (siglo VIII), en el corazón de la
Ciudad Vieja. Esta es una de las pocas mezquitas del mundo árabe
donde los visitantes pueden ingresar. Al entrar al patio interno en
un ambiente de serenidad absoluta, se observan hombres arrodillados
bajo grandes arcos en medio de un desierto de reluciente mármol
sin decoración -.lo prohíbe el Corán-. salvo los
intrincados diseños geométricos del Islam y la refinada
caligrafía árabe en las paredes.
|
DATOS
UTILES
|
|
Cómo
llegar: El pasaje cuesta entre 1200 y 1050 dólares,
dependiendo de la temporada, en las principales compañías
europeas. La agencia de viajes Arab Tour ofrece un paquete de
20 días con media pensión y hoteles cinco estrellas
por 3300 dólares, recorriendo las principales ciudades
de Siria, Líbano y Jordania (lo usual es realizar este
itinerario por la cercanía geográfica y cultural).
Calle Florida 556. Piso 2º - Of. 201 - Tel.:4322 0017/4059.
Sitio Web:
www.arabtour.com.ar
Dónde
alojarse: Cham Palace (5 estrellas), en la calle Maysaloun.
(00963)11-223-2300.
Seguridad:
Como cualquier país musulmán, Siria es particularmente
seguro para el turista. Los niveles de delincuencia son muy bajos.
|
Palmira.
las
ruinas de una ciudad A 250 kilómetros al noroeste de Damasco,
una carretera por el corazón del desierto conduce a la ciudad
de Palmira. Lo que se observa primero desde la ruta no es la ciudad
moderna, de 40.000 habitantes, sino una gran columnata de 1000 metros
de largo que custodia los restos desperdigados de una ciudad legendaria
que data de los siglos II y III.
Al detenernos sobre una colina, el panorama ofrece una polis entera
en ruinas, como si el día anterior hubiese acontecido aquí
una gran batalla. Se alcanzan a distinguir un gigantesco anfiteatro,
el ágora (una plaza de 84 metros), el edificio del Senado, las
termas, barrios a medio excavar, y el Templo de Bel, uno de los más
deslumbrantes de todo Oriente Medio.
La
época de oro de Palmira coincidió con el gobierno de la
reina Zenobia cuando la ciudad era una posta de las caravanas
de la Ruta de la Seda, quien fue apresada por los romanos en el
año 272. A esta gobernante y a los que fueron sus carceleros
se les debe el esplendor que aún reflejan los altísimos
pórticos con forma de arco y las blancuzcas piedras cargadas
de historia que nos atraen a palpar sus rugosidades para descubrir la
fina arista de una cornisa, o quizás una sentencia religiosa
cincelada con caracteres irreconocibles que nos hacen soñar con
la eternidad.
En las afueras se extiende el Valle de los Muertos, con infinidad de
sepulcros monumentales, torres y pequeños edificios. La catacumba
más impresionante es la de Los Tres Hermanos, a la que se ingresa
por un túnel con la ayuda de una linterna para enfocar los 400
nichos y paredes decoradas con frescos de increíble nitidez.
En
lo alto de una colina descansa la huella musulmana en la forma del gran
castillo de Qalaat Ibn Maan (siglo XVII). Desde lo alto de sus
muros se divisa el oasis vecino abarrotado de palmeras el
desierto circundante y los 6 km2 de las ruinas de Palmira, uno de los
mayores sitios arqueológicos del mundo, la cumbre emocional de
este viaje.
Siria fue desde siempre un lugar de paso entre el Mediterráneo
y el Océano Indico. Hace decenas de siglos se difundió
desde aquí el arte del damasquinado (una técnica de incrustaciones
de filigrana de oro en soportes de cobre) a través de Venecia
hasta Toledo, donde aún hoy perduran sus diseños originales.
Por sus caminos ha corrido la sangre de incontables ejércitos
y transitaron las caravanas de la Ruta de la Seda, que seguían
el mismo recorrido que hoy trazan los oleoductos. Resulta incierto descifrar
el misterioso influjo que nos lleva irreductiblemente camino a
Damasco, como Sargón, Zenobia, Alejandro Magno, Trajano,
Tamerlán, quienes quisieron conquistarla y seducirla; todos buscaban
algo bajo su cielo. La amaban y no podían evitar destruirla,
fueron presa de su hechizo y anhelaban su aura enigmática. Nadie
la develó.

