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Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo

DIEGO ZERBA Y MARIA MASSA *

�Psicoanálisis y sistema carcelario�

 

Para pensar las distintas funciones que tuvo en la historia el sistema carcelario comenzaremos con la diferencia entre modernidad temprana y modernidad tardía. En primer término indicamos la torsión del axioma fundamental de la modernidad. Mientras que durante el período temprano Leibniz lo formula con el principio “nada es sin razón”, en el período tardío queda reformulado de este modo: “nada es sin valor agregado”.
“Nada es sin razón” avanza sobre la evidencia de la intuición sensible, buscando la consistencia de los elementos que constituyen el universo de la razón, exorcizando de ese modo el genio maligno que Descartes convocara para poner en duda los datos de los sentidos. Pero la primera parte del enunciado tiene el efecto inverso de convertirse en el conjuro de la inconsistencia del ser, a saber: “nada es”. Este es el auténtico genio maligno de la modernidad, o para decirlo de otra manera, la sombra que hizo posible su luz. Es el palo en la rueda que traba la tarea de articular la base axiomática de diferentes sistemas, para fundamentar los campos que hasta entonces eran tratados intuitivamente.
En este marco, bajo la exigencia de abandonar los objetos sensibles, no se puede sostener que los postulados matemáticos den cuenta de la cantidad o el espacio. No es tan obvio, por ejemplo, abstraer el número tres de los clásicos tres caramelos con los que se enseña a contar a los niños. Mientras que en el campo de la geometría, entre otras consecuencias, surgen nuevas geometrías que conciben espacios diferentes al proveniente de los sentidos.
Siguiendo al filósofo francés A. Badiou, la presentación de un múltiple cualquiera se debate entre dos tesis: una falsa y otra verdadera. La falsa dice: “la inconsistencia no es”, en tanto que la verdadera dice: “la inconsistencia es nada”. “La inconsistencia no es” asegura la condición inmanente de la cuenta por uno del múltiple, acechada por la verdad de su ser múltiple, a saber: “la inconsistencia es nada”. Esta cuenta corresponde a la de los elementos que pertenecen a un conjunto.
Una nueva cuenta, a la manera de Superman, se agrega a la primera para salvarla del peligro de la inconsistencia del ser. Es la cuenta de las partes (o subconjuntos) que incluye el conjunto. Pero al igual que el hombre de acero, tiene su propia kriptonita verde: el conjunto de las partes de un conjunto es más numeroso que dicho conjunto.
Badiou llama situación a toda multiplicidad presentada. Como dijimos, ella posee la condición inmanente de una cuenta por uno, aunque vulnerable a la inconsistencia de ser nada. Mientras que la segunda cuenta representa a la primera en el conjunto de sus partes constituyendo el estado de la situación.
Tomando una sutileza que nos permite el idioma español, la primera cuenta corresponde al ser (inconsistente) presentado y la segunda cuenta al estar incluido en la representación. La diferencia entre ser y estar indica la siguiente disyunción: por un lado la condición sustractiva del ser en la presentación de un múltiple cualquiera, en tanto ninguna cuenta admite la inconsistencia, y por otro lado el exceso en la representación de las partes que están incluidos en el Estado de la situación. De talforma, descartada la intuición, queda una impasse en el cálculo: lo que es se le sustrae y lo que está le excede. Por eso cuando se le enseña aritmética al niño, tomando el ejemplo anterior, se le sustrae la abstracción del tres y le excede el predicado del caramelo. Piaget lo ubicaría en el período de las operaciones concretas y concluiría que necesita de la intuición para entender la noción de número; sin embargo la sustracción del ser y el exceso del Estado han desvelado a sesudos matemáticos mucho mayores que nuestro muchachito.
La presentación sustractiva del ser deja un suplemento que no puede decidirse si pertenece a la situación. Por la condición sustractiva indicada afirmamos que no es, pero igualmente se agrega en la cuenta como un término supernumerario. A este suplemento Badiou lo llama acontecimiento.
En esta línea, más allá del autor citado, podemos pensar a la propia modernidad como una situación. Por este sesgo el enunciado “nada es” nomina su acontecimiento. De esta manera la pasión moderna por el cálculo encuentra ahí su obstáculo irresoluble, quedando en suspenso la empresa. A continuación abordaremos cómo el utilitarismo se convierte en el Estado de la situación moderna.
Desde nuestro enfoque el utilitarismo es el que introduce el segundo axioma de la modernidad, a saber: “nada es sin relación”. Bajo esta determinación, cada parte incluida en el Estado debe estar en relación con otra parte. De esta forma el Estado queda concebido como una máquina, en la cual cada parte es un engranaje articulado a otro engranaje. Su máximo teórico es el jurista inglés J. Bentham, quien plasma este axioma en un modelo arquitectónico al que denomina panóptico. El filósofo francés M. Foucault lo describe de este modo: “Es una máquina de disociar la pareja ‘ver ser visto’: en el anillo periférico se es totalmente visto, sin ver jamás, en la torre central se ve todo sin ser jamás visto (...) Basta situar a un vigilante en la torre y encarcelar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un escolar, un obrero”.
Esta discriminación de encierros supone la inclusión de los excluidos sociales a través de las instituciones totales (como las llama el sociólogo norteamericano I. Goffman). Así se instala el absolutismo de la razón, dentro del cual aun los excluidos deben quedar incluidos. Para cada uno de ellos se prescribe un tratamiento conforme al ideal que tiene que alcanzar, entre otros: la cura para el loco o la reinserción social para el reo. Un tratamiento que parte de la premisa de un cuerpo maleable, siempre dispuesto a ofrecerle sus efectos al estímulo que se le practica. O sea que “nada es sin efecto” es la formulación panóptica del axioma “nada es sin relación”.
A este cuerpo Foucault le adosa el adjetivo dócil. Así lo describe: “El cuerpo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido”. En esta dirección la fuerza útil de un cuerpo se mide en relación con otra variable: el tiempo. De esa manera, siguiendo a la teoría marxista, el valor de las mercancías resulta del tiempo de trabajo social necesario para su producción.
La pasión por el cálculo de la modernidad conduce a medir en unidad de tiempo el rendimiento de los cuerpos dóciles. Time is money es la frase que hace patente lo apuntado. Por eso la cárcel, entre todos los encierros, supone una exhaustiva economía del tiempo destinada a convertir coactivamente a un reo en trabajador. Esa es la función que le dieron los juristas como J. Bentham cuando la idearon hacia fines del siglo XVIII. Este cálculo se complica cuando se trata de curar al loco en el hospicio. Sin embargo la enfermedad, en este esquema, puede admitir el adjetivo de crónica, y aguardar, como Penélope, el descubrimiento científico que la resuelva. Es más, se convierte en el monumento a la esperanza de tal descubrimiento. En ese sentido los psicóticos esperantejiendo y destejiendo, mientras que la histéricas se rebelan al Dr. Ulises.
Hacia fines del siglo XIX se asiste a una auténtica rebelión histérica. De ese modo podemos pensar al síntoma de conversión. En la “Comunicación Preliminar” escrita por S. Freud y J. Breuer, ellos incluyen en esta clasificación las siguientes manifestaciones: “neuralgias y anestesias de formas muy distintas, que a veces venían persistiendo a través de años anteriores, contracturas y parálisis; ataques histéricos y convulsiones epileptoides, diagnosticadas de epilepsia por todos lo observadores; petit mal y afecciones de la naturaleza de los ‘tics’; vómitos persistentes y anorexia, llevada hasta la repulsa de todo alimento, perturbaciones de la alimentación, perturbaciones de la visión, alucinaciones visuales continuas, etc, etcétera”. Por su parte Freud, al referirse a las parálisis histéricas, toma nota que el alcance de las zonas afectadas no respetan las conexiones correspondientes del sistema nervioso. De este modo no se atienen a los manuales de anatomía y sólo se rigen por el lenguaje común. Lo mismo vale para las otras manifestaciones descriptas en la “Comunicación Preliminar”. En este marco Freud dice lo siguiente sobre su paciente Cecilia M.: “Cierta serie de sucesos aparecía acompañada en ella de la sensación de una herida al corazón (‘Aquello me hirió el corazón’). El clásico dolor de cabeza de la histeria (‘dolor de clavo’) había que interpretarse en ella como procedente de un problema mental (‘No sé qué tengo en la cabeza’) y desaparecía cuando llegaba la solución. Paralelamente a la sensación del aura histérica en la garganta, se desarrollaba el pensamiento de ‘Eso tengo que tragármelo’ cuando tal sensación surgía al recibir la sujeto la ofensa”.
En esta línea, rebelado contra los manuales de anatomía, Freud se encuentra con un órgano que resiste el mandato de la utilidad. Un órgano que tiene la delimitación que le da el discurso cotidiano y que no se articula obedientemente en el cuerpo útil. Con su resistencia se revela el exceso estatal de los dispositivos terapéuticos implementados para su cura y la sustracción del goce que el paciente obtiene del síntoma. Un goce que es un usufructo más allá de la prescripción utilitaria. ¿Qué usufructúa? Respondemos lo siguiente: la nada que queda fuera de la relación y circula por el discurso sin el objetivo utilitario de la comunicación, como lo demuestran el chiste y la poesía.
El utilitarismo tiene como modelo a la termodinámica. Sus dos principios son la homeostasis, que da cuenta de la capacidad de acumular energía que tiene un sistema, y la entropía, que establece la tendencia decreciente de dicha capacidad de acumulación. Freud, en esta línea, piensa al psiquismo utilizando la metáfora de un aparato. En una de sus versiones plantea al yo como un homeostato que acumula energía y a la pulsión como una “exigencia de trabajo” alejada del axioma utilitario. Por esta dirección llama libido a la energía sexual y principio de placer a la tendencia a su descarga. Mientras que el principio de realidad regula esta descarga, para que alcance un determinado umbral de acumulación adecuado para el funcionamiento del aparato. De este modo el placer queda del lado de la pulsión, como una exigencia de trabajo destinada a la descarga, o como Freud dice: la satisfacción. Este trabajo produce nada, la maldita nada sin relación del utilitarismo. Maldita nada, para los dispositivos panópticos, que no puede calcularse como efecto de la intervención de un tratamiento. Maldita entropía a la que Freud llama pulsión de muerte, oponiendo el cuerpo erógeno al cuerpo dócil. Esta oposición la plasma con el dispositivo clínico del psicoanálisis, en el que la regla fundamental de la asociación libre invita al paciente a perder el tiempo proponiéndole hablar de lo que se le ocurra. A la inversa del panóptico, lo que se pierde de este tiempo es la fijeza de una mirada, precipitando a un sujetotras sus rastros. Este tiempo inútil es el tiempo subjetivo o trabajo del inconsciente.
La modernidad tardía, por su parte, reduce la razón a la economía. Al deslizarse el axioma “nada es sin razón” a “nada es sin valor agregado”, el ser nada queda radicalmente desvinculado de un universo que ya no se descubre sino que se construye. Junto a esta torsión, se produce el reemplazo de un modelo termodinámico por otro biológico. De esta manera lo explica el teórico de la globalización A. Toffler: “Era como si un organismo vivo que hubiera estado muerto o inerte empezara de repente a comprobar su presión arterial, su pulso y ritmo respiratorio. Lo real se estaba haciendo consciente de sí mismo. Como consecuencia de todo lo anterior, los investigadores se están apresurando a hacer las redes aún más autoconscientes de sí mismas. Sus metas son las denominadas redes neurales”.
Las redes neurales o comunicacionales sustituyen el saber por la información. En tanto que el saber no quiere saber nada, a la información no le interesa nada. Al desinteresarse de la nada, también se desinteresa del tiempo. No tienen que luchar contra la nada que opaca el oro del Time is money, pues el tiempo real de las telecomunicaciones supone una prisa fuera de toda dimensión humana. Una prisa equivalente a la velocidad de liberación, que corresponde a la velocidad de la luz.
Por esta vertiente la economía se construye para establecer la medición de las cifras que circulan por el ciberespacio del mercado financiero único. Su nombre actual es la econometría y su función es desligar toda relación que ate a la economía a cualquier elemento intuitivo que afecte su funcionamiento autónomo (por ejemplo la producción de bienes). De esta manera el cuerpo dócil es reemplazado por el cuerpo descartado del excluido radical. A la modernidad tardía no le interesa formar fuerza de trabajo, sólo le importa la estabilidad de este funcionamiento. De esta manera el cuerpo dócil es reemplazado por el cuerpo descartado del excluido radical. Del mismo modo son sustituidos los diversos encierros con los que antes se incluía a los excluidos por el encierro único de la nueva versión de la cárcel. Su función no es reinsertar a nadie sino construir el ser de un preso con los despojos de un cuerpo descartado. Así ya no se diferencia el cuerpo de la reja, o sea que se pierde la sutil diferencia entre ser y estar. En el punto siguiente nos ocuparemos de sus consecuencias políticas y clínicas, englobadas burdamente bajo el nombre de violencia.

Violencia es un término que parece dejar todo en claro. Nuestro espíritu crítico, ante tamaña luminosidad, nos convoca a convertirlo en una noción a interrogar.
¿Son equiparables los hechos de violencia cometidos por el odontólogo José Barreda y el general San Martín? El general Pinochet y el Subcomandante Marcos portan grados militares, ¿comparten, acaso, la misma legión? ¿Es la misma piedra la que arrojara el “barrabrava” Batata a los opositores del ex presidente Menem, que aquella con la que David derribó al gigante Goliat? ¿Son todos demonios, no hay ningún ángel?
¿Cuál es el rasgo que define a la violencia como una serie? ¿Su impulsividad o su premeditación? ¿Su carácter individual u organizado? Cualquiera de ellos puede estar presente en los hechos caracterizados como violentos, por lo tanto la definición de la serie de la violencia sigue esperando.
Para pensar la violencia por la ruta que van despejando estos interrogantes tomaremos dos dimensiones: la clínica y la política.
Dentro del dominio de la clínica existen dos conceptos que se prestan para oficiarnos de compañeros de ruta. Ellos son: el pasaje al acto y el acting out. Sus orígenes son distintos: el primero proviene de lapsiquiatría y el segundo, del psicoanálisis inglés. Con el objetivo de anudarlos recurriremos a los lineamientos que, en tal sentido, deja J. Lacan.
El pasaje al acto es una fuga de escena. Esta definición parte de la base que la escena del mundo, tan natural en su apariencia, se constituye de un modo fantasmático. Su constitución tiene como condición la preexistencia de una mirada al sujeto que se asomará por su marco. Dicha mirada es la presencia del Otro (como escribe Lacan a la dimensión de alteridad), que se establece como el revés del campo de la visión, en cuyo vértice el sujeto colocará sus ojos. O como decía Saint-Exupéry, lo esencial es invisible a los ojos. El desfasaje temporal entre la anticipación de la mirada y el sujeto que asoma sus ojos a la ventana de una realidad fantasmática deja un residuo caído. Es la mirada perdida como causa de un sujeto que irrumpe en pos de sus rastros (como Acteón detrás de Artemisa).
Detrás de su causa perdida, buscando después lo que perdió antes, nace el sujeto del deseo. En el pasaje de mirado a vidente, de deseado a deseante, asoma sus narices a la escena del mundo.
Cuando la sugestión desdibuja el límite de su marco y el sujeto queda sometido a la omnipotencia de un gesto, al que una mirada sostiene como su tigre de papel (conviene tener presente la función de los gestos en las artes marciales), la vacilación de ese gesto provoca la caída del sujeto. Es el movimiento de desplomarse que se observa cuando un hipnotizado despierta de su trance. Como dice Lacan: el sujeto cae desde donde está, desde donde es mirado. En su caída se lleva por delante lo que tiene a su alcance: otro cuerpo, el asfalto, etc. De esa manera se produce el pasaje al acto.
La artesanía de la sugestión que encarna, por ejemplo, la figura del hipnotizador, se convierte en tecnología de dominación con el dispositivo panóptico.
Al vacilar un gesto, dando cuenta que la mirada de la torre central ha quedado suspendida, tiene lugar una suerte de pasaje al acto en cadena al que comúnmente se lo llama motín. Dice S. Schoklender al respecto: “Cuando el pabellón amotinado se cansaba de gritar y comprobaba que en la celaduría no había quedado nadie, comenzaba a romper”.
El acting out, por su parte, es una puesta en escena. Muestra la caída de una mirada, como un conjuro para volver a convocarla. Schoklender cuenta su experiencia con este método de la siguiente forma: “un día de requisa, en un descuido de los guardias, me había pasado la herramienta necesaria: ‘Para el día en que te decidas’. Y me decidí, finalmente, a ponerlo en práctica un día que me llevaron a declarar en Tribunales. Entré con la custodia especial de siempre y llegué ante el secretario del Juzgado. Sáquele las esposas dijo. En cuanto tuve las manos libres, tomé de mi bolsillo una de las hojitas de una máquina de afeitar de doble filo –el arma que provenía del viejo–, me la llevé a la boca y la sostuve entre los dientes y grité: ¡Sí no llaman al instante al juez, me la trago! ¡Apúrense y que no se acerque nadie! Ordenó”.

Dentro del campo del acting out se ubica la tendencia antisocial formulada por Winnicott. Dicho autor aclara que no es un diagnóstico y que se la puede encontrar en un individuo normal o en una persona neurótica o psicótica en cualquier edad. La presenta como una fenomenología, cuya etiología radica en la deprivación, consistente en la suspensión de experiencias hogareñas satisfactorias. La tendencia antisocial ocurre cuando el niño ha perdido algo bueno que ejerció un efecto positivo sobre su experiencia. Las dos orientaciones de la tendencia antisocial son el robo y la destructividad. Con el primero, el niño busca algo en alguna parte con la esperanza de hallarlo. Con lasegunda, busca un grado de estabilidad, de suministro ambiental perdido, el poder confiar y alcanzar así la libertad para moverse, actuar y entusiasmarse. La deprivación alude a la falta de esperanza y es sobre este fondo de desesperanza, que la tendencia antisocial asoma como un momento de esperanza.
Anticipando el tema de la universidad en las cárceles, que será desarrollado en la última parte de esta presentación, indicamos como modelo de experiencias hogareñas suplementarias el trabajo con menores llevado adelante en el Centro de Estudios de la U16 de Caseros. Este centro participa del programa UBA XXII de la universidad en las cárceles. El origen de este programa (surgido del convenio suscripto entre la Universidad de Buenos Aires –UBA– y el Servicio Penitenciario Federal -SPF–, como oportunamente se ampliará, tiene lugar en la U2 de Devoto durante el año 1985, cuando un grupo de presos decididos a estudiar impone con su movilización la creación del Centro Universitario Devoto (CUD). Cuando un grupo de presos-estudiantes –algunos de ellos fundadores del CUD– tiene que ser trasladado a la U16, pone en marcha un nuevo centro de estudios con dos objetivos fundamentales: los menores detenidos en ese penal y la informática.
En ese sentido, bajo la supervisión de la Facultad de Ciencias Exactas, organizan cursos de informática para capacitar a los menores. Simultáneamente con esta formación, instalan un taller de imprenta y otro de encuadernación para que obtengan una preparación laboral a más corto plazo. Más allá del éxito, o quizás por esa razón, el SPF suspende estas actividades en nombre del principio que dice que los presos mayores no pueden entrar en contacto con los presos menores.
Años después, los presos mayores de este centro de estudios nos convocan, junto a otros profesionales, para organizar actividades que resuelvan, o disminuyan, la escalada de violencia que envuelve a los menores entre sí. En el año 1998 enviamos nuestra propuesta a las autoridades del penal, que aún descansa al abrigo de otros papeles en el lecho de un cajón.
Las protestas contra el SPF corresponden a la fenomenología clínica de la tendencia antisocial, por lo tanto, poseen el valor positivo del momento de esperanza. En tanto que la vuelta de la violencia sobre los propios jóvenes corresponde a la caída de escena que define al pasaje al acto.
Otro caso factible de ser analizado con las mismas categorías es el de la vuelta olímpica en el Colegio Nacional Buenos Aires. Es de público conocimiento que esta tradición, como la llaman con buen criterio los alumnos del establecimiento, fue drásticamente sancionada por el rector en el año 1999. Los alumnos de sexto año, que para celebrar su graduación efectúan una suerte de Carnaval con ciertos perjuicios para las instalaciones del colegio, en esta oportunidad fueron sancionados perdiendo su condición de alumnos regulares.
No sería de extrañar, como dice Winnicott, que a esta esperanza desoída le siga la desesperación. O sea que en el pico culminante de la desesperanza, como ocurrió con los jóvenes de la U16, se precipite el pasaje al acto.
Continuando el camino de la interrogación a la violencia, en su empalme con la dimensión de la política, resulta insoslayable recordar al estratega alemán Clausewitz. Es por demás conocido el apotegma que lo inmortaliza: la guerra es la continuación de la política por otros medios.
Pero la política puede no existir. Para que exista tiene que haber un elemento heterogéneo como suplemento de una serie de elementos homogéneos. En este sesgo, siguiendo los lineamientos de Badiou, la política adviene cuando una disfunción en la cuenta de un múltiple alerta sobre la presencia de un múltiple “acontecimental”. Tomemos como ejemplo el Estadoliberal; su cuenta sólo reconoce a los ciudadanos. Cuando irrumpe en el siglo XIX el movimiento obrero revolucionario, arruina la cuenta del Estado.
Con estos recursos podemos reconstruir la historia de la modernidad. La podemos reconstruir con recursos modernos, al modo agónico del canto del cisne. Encontramos su semilla en el diálogo platónico Parménides, que abre el debate respecto de la tensión de lo uno y lo múltiple.
Desde otro vértice, la modernidad tardía que habitamos parte de la premisa del cierre de la modernidad y el inicio de la posmodernidad. Su reinado se instituye sobre la sepultura de toda novedad; es decir, la existencia de un universo sin sombras (que delata el universalismo terminal de la modernidad tardía al modo de una estrella nova) o una cuenta plenamente discernible. Este universo es construido sobre la base que deja Gödel en el campo de la lógica.matemática, planteando que todo múltiple es constructible a partir de axiomas relativizados. Ese es el modo de zafar al impasse que abre su corroboración: no es posible probar la consistencia absoluta de la aritmética, ni de cualquier otro cálculo de la extensión necesaria para contenerla.
En los términos de un universo del mercado se ha construido el Estado actual, denominado aldea global. Siguiendo esta vertiente hubiera sido impensable para Platón el diálogo “El posmoderno”, en el que el poder terminara con Sócrates aplicándole un tributo que no pueda pagar.
Por este camino el Estado legisla sobre la existencia de un múltiple. Así es como opera la aldea global. En él sólo existen las leyes de la economía y el único lazo social vigente es el pacto impuesto por Shylock (aquel de la libra de carne). Todo lo demás es desecho inclasificable para su cuenta. De esta forma, sin la posibilidad de una política pensable para la modernidad tardía, estamos dentro de una guerra económica a escala global.
El acontecimiento, como disfunción inmanente de la cuenta practicada por el Estado, es el modo moderno con el que Badiou piensa al síntoma. Este es la singularidad radical que le pone el, “pero no eso”, al todo. Si la cuenta absoluta del Estado global puebla sus márgenes de desechos impensables para los recursos del pensamiento de la modernidad, planteamos que el síntoma zurza una nueva consistencia. De esta forma retomamos los desarrollos sobre la cadena de nudos borromeos que Lacan deja en la última secuencia de su seminario.
En esta dirección no proponemos pensar al síntoma, sino pensar desde el síntoma. Tomando el ejemplo de los campos de batalla de la guerra económica, en la que los desechos humanos que deja la aldea global resisten a la muerte por inanición, encontramos situaciones como ésta: la población entera de una localidad argentina, de la que se retiró su única fuente de trabajo, destruye todos los edificios públicos luego de que su movilización contra la falta de empleo es rudamente reprimida por una fuerza de seguridad. La situación se resuelve cuando alguna asistencia gubernamental, como el Plan Trabajar, los emplea como mano de obra para reparar los daños causados.
Esta situación se haría política si se movilizaran para no pagar la deuda externa. De ese modo el universo del mercado tendría que combatir ante un enemigo organizado en contra de su propia existencia. Pondría en primer plano la siguiente condición indiscernible de los conjuntos constructibles: es demostrable tanto su construcción como su no construcción. Su suerte siempre está planteada a cara o cruz. En ese sentido, no pagar la deuda externa sería el elemento heterogéneo que subvierte la homogeneidad económica de la aldea global; pero también el zurcido que enlazaría un nuevo lazo social, más allá de un universalismo que devino en un excluyente universo del mercado. La aldea global amplía el modelo panóptico a escala planetaria. Es así que fascinados por una pantalla se nos escapa que somos mirados por ella.
Desde una torre central virtual se nos asigna una celda denominada segmento del mercado. Cuando vacila el gesto que nos tiene prendado a esa celda, el pasaje al acto es la consecuencia correspondiente. Es así que habitamos una sociedad que, al igual que la cárcel, está atravesada por la violencia. Actualmente la cárcel es la pareja especular de la aldea global; su función es concentrar los desechos dejados por el universo del mercado.
Concluimos esta parte de la presentación, recordando la estrofa completa de la vieja canción panóptica: “Detrás de las paredes que ayer se han levantado te ruego que respires todavía”

Hablando de violencia
La violencia en las cárceles
La violencia es hoy un término que nombra una serie de situaciones de índole de funcionamiento institucional y en la vida cotidiana. Se ha instalado en la sociedad como un síntoma que tiene como causa socialmente aceptada la problemática de la exclusión social. Aquellos que han quedado fuera del sistema y los que luchan para no salir perpetúan un movimiento reactivo de tácticas compulsivas que no se sostienen en estrategias planificadas.
La urgencia de la inmediatez restringe al ser en una precipitación de las acciones regida por la prisa. La prisa alude a que no hay tiempo. Efectivamente no hay tiempo que perder en la urgencia. Reflexionando sobre esta frase, ocurre actualmente que no hay tiempo que perder para un sujeto, puesto que sometido a la presión de no quedar afuera del mundo globalizado, el tiempo subjetivo no puede experimentarse. Ese tiempo que le permite al ser pensarse detenerse y concluir. Que le permite ser tiempo perdido. “Perder el tiempo” implica que tiene en el sistema un valor de cambio y por lo tanto de utilidad. Lo que peyorativamente se dice “perder el tiempo” hace posible no “perder al tiempo”.
Por otro lado, podemos hablar de la violencia en otras formas de presentación. En el sistema jurídico que priva de la libertad a quien se le supone (no nos olvidemos del principio constitucional de inocencia hasta que se pruebe lo contrario) su participación en un hecho delictivo y por ello pasa en condición de procesado una penalización que, en un importante porcentaje de casos, es mayor que la pena máxima aplicable si se lo hallara culpable. También es violencia la que se ejerce en los procesados ante la vulneración de poder ejercer su derecho a una defensa digna por falta de dinero.
También podemos tomar la violencia dentro de la cárcel como institución total. Allí encontramos todo tipo de exceso que se ejerce en contra de los detenidos: ya sea en las requisas, ya sea en los castigos, ya sea en la obstaculización de una atención médica, o ya sea por la deficiente alimentación que reciben, y los etc. etc. que hacen una lista extensa.
A continuación vamos a acotar el término violencia. No nos inclinaremos a la acepción que remite al forzamiento de la voluntad a realizar una acción, como “una acción contra el natural modo de proceder” o aquella que define al “violento” como el que “está fuera de su estado natural”. No tomamos esa acepción por no coincidir con que hay acciones humanas “naturales”, por el contrario, toda acción es humana en tanto el sujeto es efecto de un proceso inmerso en la cultura. Siguiendo la concepción freudiana de pulsiones de vida y pulsiones de muerte, colocamos a cuenta de la segunda todas las acciones que llevan a la des-unión, a la fragmentación y que ubican al sujeto en una posición activa. Laagresividad es un modo inevitable de la constitución subjetiva. La agresividad como fuerza impulsora debe distinguirse de la agresión. Es decir, que desde esta posición subrayamos, por un lado, que no hay conductas naturales y, por el otro, una propuesta con valor de premisa para el desarrollo que sigue a continuación:
La violencia es una acción que obra con ímpetu o fuerza.
A la acción violenta no le corresponde necesariamente la posición de víctima.

Para ello vamos a ubicar con un ejemplo la propuesta planteada. Se trata de la experiencia de la Universidad en las Cárceles.
Tenemos que presentar cómo surge este proyecto que es inédito en los sistemas carcelarios actuales.
El relato tiene estructura de mito, no sólo porque es de transmisión oral, sino también porque tiene sus diferentes versiones. Pero en lo que hace a las unidades de análisis o mitemas, éstas se conservan en sus distintas formas.
Cierta vez, entre el desorden del motín, se encuentran dos grupos de internos de distintos pabellones. Entre los conductores surge la expresión de que “así las cosas no pueden seguir, porque sólo vamos a conseguir la muerte”, por otro lado hacía tiempo que un interno decía que quería estudiar la carrera de Derecho. Ellos dicen que de algún modo estas ideas se juntan y producen la puesta en marcha “del estudio como un modo de resistencia no violenta”. Comienza así una experiencia que es inédita.
Esta experiencia vale, sin habérselo propuesto, en la reducción del índice de reincidencia. Sin habérselo propuesto ha mostrado durante sus quince años de funcionamiento que la amplia mayoría de los estudiantes que pasaron por los Centros de Estudio no ha vuelto a delinquir. No se han reinsertado en la sociedad, sino que por el contrario, por vez primera se han insertado en ella.
Reflexionemos sobre esta experiencia aportando lo siguiente. No se trata que el estudio sea en sí lo que produjo la inserción. Hay un paso anterior en cada uno de los que decidieron estudiar. Se trata que, ya sea porque charlaron con un compañero, o por sí solos, pudieron concluir que podían hacer otra historia con su vida.
Las consecuencias de ese uso fueron múltiples. Este tipo de estudiantes.presos encontraron en su contacto con las distintas ciencias el modo de hacer activos los discursos que transitan la universidad. Comenzaron a poder pensar su situación carcelaria desde el derecho, la psicología y la sociología. Entonces produjeron textos de difusión pública para hacer conocer desde la experiencia singular y grupal que es efectivamente vivir en una cárcel, qué cosas se pueden cambiar y cómo, y fundamentalmente se dieron cuenta de que con esa producción, ya habían comenzado a cambiar las cosas. Cuando allá por el 92 salieron en un solo día del Centro de Asesoramiento Legal del CUD (Centro Universitario Devoto) 1200 hábeas corpus, los Tribunales porteños saltaron como la banca cuando un apostador afortunado le gana. Se conmovió su estructura de ineficiencia jurídica y uno puede decir con certeza que ya nada fue igual en la administración de la justicia. La incidencia de estos aportes en la práctica es aún pequeña en términos estadísticos, pero antes era inexistente.
Lo interesante de destacar desde el campo del psicoanálisis es que sólo cuando hay un cambio en la posición subjetiva se puede hacer un corte en el continuo del hacer en una vida. Y con esa interrupción, en el caso de la violencia institucional, modificar el abuso del poder estatal.
Los presos hicieron y hacen, sin saberlo, aquello que Badiou propone: intervenir en situación. La situación no hay que crearla y luego proceder. No. La situación está fuera de cálculo. Por ello no es posible crearla. Pensemos en el ejemplo del origen de la universidad en las cárceles. Algunos presos se dieron cuenta de que no querían morir así, y algún otro quería estudiar.
Cierta vez un estudiante.preso dijo en una clase, hablando del deseo freudiano, que lo ubicaba como una fuerza indomeñable, indestructible: “Nosotros no somos sujetos aquí, somos objetos porque somos presos”.
La profundidad de esta reflexión se sostiene en que, efectivamente, a alguien privado de la libertad se le dice es un preso y no que está preso. No es una reflexión semántica, sino la diferencia entre una consideración ontológica a una óntica de la existencia.
Antes del proyecto UBA XXII, algunos presos sólo eran presos. La nominación presos.estudiantes, aprovechando la indicación freudiana de la escritura Percepción.Conciencia, indica en el guión que separa ambos nombres, que ese hiato es la presencia del deseo. La presencia del sujeto (del inconsciente) en su imposibilidad de ser. Tomamos en esta oportunidad el siguiente sentido para “la imposibilidad de ser”: una sola palabra no puede decir(lo) todo de una existencia.
En esta línea son las siguientes anécdotas. En el año 1989, a instancias de algunos profesores del CUD, se decidió celebrar en el Teatro Ricardo Rojas un homenaje a M. Foucault con motivo del quinto aniversario de su muerte. Con los trámites correspondientes, se logró que el Servicio Penitenciario Federal trasladara a algunos internos.estudiantes al teatro, porque eran ellos los que iban a hacer el homenaje. Finalizada la actividad, un numeroso grupo de personas se acercó al escenario para hablar con ellos. Rápidamente los penitenciarios a cargo del traslado los retiraron del lugar a la voz de: “No se olviden de que ustedes son presos”. En otra oportunidad, esta vez en una requisa, acompañaron los golpes con la misma expresión: “¡No se olviden de que son presos, son presos!”.
El objetivo de contar acerca de esta experiencia tiene, además del valor de inserción social de sus protagonistas, otro que es el que hemos intentado transmitir. Dijimos en el comienzo que tomaríamos como premisas:
La violencia es una acción que obra con ímpetu o fuerza.
A la acción violenta no le corresponde necesariamente la posición de víctima.
Ahora agregamos:
A la violencia se le puede oponer la resistencia.
Y la resistencia en una licencia del lenguaje nos permite ubicarla en un juego de palabras, a partir de su raíz latina. Y entonces podemos ubicar el re como una vuelta, y el sistere como existencia, y combinarlas produciendo el siguiente sentido: la resistencia como una vuelta en la existencia de un sujeto. Una vuelta que no es sin el pasaje doloroso por los caminos de “un lenguaje” que lo nombra y lo adormece, a otro sistema de nominaciones, del cual no podrá argumentar que no estaba advertido.
Queremos concluir este trabajo con una frase que dos alumnos escribieron como epígrafe de su trabajo monográfico: “Se puede esperar desesperado, se puede esperar esperanzado.” Cárcel de Villa Devoto, 1995.

* Psicólogos, psicoanalistas. Docentes en la Facultad de Psicología (UBA), la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo y directores del Centro Asistencial FUBA XXII.

Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo
Rectora: Hebe de Bonafini
Director Académico: Vicente Zito Lema

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