Acerca de la espera de algo inesperado que suscita angustia
La paradoja de lo que termina
El análisis comparte con el cine, el teatro, un libro y las artes plásticas, es confrontar al sujeto con los finales.
Cada mirada sobre una obra es singular, responde a una estética pulsional.Cada mirada sobre una obra es singular, responde a una estética pulsional.Cada mirada sobre una obra es singular, responde a una estética pulsional.Cada mirada sobre una obra es singular, responde a una estética pulsional.Cada mirada sobre una obra es singular, responde a una estética pulsional.
Cada mirada sobre una obra es singular, responde a una estética pulsional. 

Algo que comparte el análisis con el cine, una obra de teatro, un libro, hasta incluso una pintura o escultura, es confrontarnos con ciertos "finales". El cine, por su parte, puede ser clasificado en función de los finales, siendo los finales inesperados los que causan mayor revuelo, incluso a veces hasta logran producir ciertas emociones en tanto tocan el cuerpo. Una pintura o escultura, si bien puede darnos la idea de fijeza, ese objeto bello, estético, que se ofrece a ser mirado, no obstante también hay allí un movimiento, que es del sujeto, en tanto es a través de esa mirada que se juega el sujeto mismo. En este punto, cada mirada será singular, una obra puede haber tenido cierta intención de su autor, pero el modo en que es mirada responde a una estética pulsional, de allí que pueda provocar sorpresa, perplejidad, alegría, extrañeza, angustia. En este sentido, podríamos decir que nos encontramos, en cierto punto, "desnudos" frente a lo inesperado, sin vestiduras imaginarias frente a ese objeto que cautiva la mirada. Freud, en sus comienzos, cuando aborda la angustia, lo hace por la vía de lo que llama "espera angustiosa" constituyente de una paradoja: se espera algo inesperado, y aquello suscita angustia.

El analista, en su praxis, lee lo inesperado a tal punto, que podríamos decir que es una de sus virtudes, para lo cual se hace necesario atravesar primero la experiencia de un análisis, para no quedar presa de su angustia a la hora del encuentro con aquello imposible de asir por el sujeto.

En este sentido, podríamos decir "Eso nos mira", trayendo aquí la conocida metáfora de la lata de sardina que flotaba desde lejos en el mar, en la anécdota relatada por Lacan, un día de pesca en sus años de juventud. Eso que mira, que atrapa, que desconcierta, que incluso podría angustiar, eso que no se espera, propiamente "lo inesperado", puede conducirnos a un final. Puede, entonces, hacernos salir de esa galería de arte, de esa sala de cine, de esa sesión, con un efecto de "captura", pero que en su reverso puede "expulsar". Quedamos capturados en algo que es de otra estopa, esto es, por fuera de cierto orden escénico de nuestra historia, y en este punto, puede abrirnos paso a una extrema angustia. Allí, algo del propio velo se corrió, y de pronto algo desnudó nuestro ser, lo dio a ver, lo expuso a plena luz, y eso no pudo menos que afectarnos.

Es preciso transitar por la experiencia del análisis, experimentarse como resto, hacer caer los significantes amos que rigen una vida.

Desde el Psicoanálisis podemos encontrarnos con lo inesperado de un final. De pronto, algo ocurre, una intervención fuera de tiempo, una anticipación del lado del analista, un corte, que puede recaer sobre una palabra, sobre un rasgo del Otro, y aún respecto al análisis mismo, a una intervención fuera de tiempo, que no tenía red -significante- donde caer.

"¡Yo no elegí venir a este mundo!". De esta forma aparece un reproche fundamental que hace el sujeto a sus padres, algo que se verifica en la clínica con adolescentes, como forma de responder a la demanda del Otro. Acá se presenta, en el discurso y por anticipado, el final del que querríamos escapar, es decir, anticipamos en el ingreso al mundo, el final inesperado. Y es por ello que es necesario construir Otra escena donde aquello quede velado.

Es preciso entonces, transitar por la experiencia del análisis, experimentarse como resto, residuo de una operación, hacer caer los significantes amos que rigen una vida, vaciarlos de sentido, tocar la letra, para poder operar con la palabra despojada, a secas.

El arte del análisis, si es que cabe nombrarlo como tal, consiste en prestarse a ser destinatarios de un saber que se nos supone, para luego saber-dejar-de-serlo. No dejarnos engañar por el amor, soportar los avatares de la transferencia, maniobrar los silencios, renunciar a todo poder, evitar aportar sentido, atender flotantemente hasta que algún haz de luz nos haga señas de inmediato. No comprender, no conformarnos, no mal-decir. Y si después de todo eso, serie de contingencias y renuncias, un efecto se produce, podríamos decir que estábamos donde era preciso estar sin caer en la impostura.

Porque es verdad que todo termina, de lo contrario no tendría valor el concepto de Tiempo, porque él contiene un inicio y un final en su estructura. Pero que un análisis se termine, por precipitar el objeto que suscita angustia en una temporalidad que no es la del sujeto, por no ser allí causa de deseo, he ahí el gran desafío de un psicoanalista: sostenerse en su acto.

*Psicoanalistas.

 

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