Opinión
Cristina en Resistencia
Imagen: Captura de pantalla

Este sábado la ex presidenta visitó la capital del Chaco, donde presentó su libro Sinceramente en el centro de convenciones de la ciudad ante una multitud que ocupó las 2300 butacas y se expandió, afuera, por varias cuadras. Como en Santiago del Estero días atrás, como antes en Rosario, y como sucederá seguramente en todo punto del país que ella visite, la masiva ocupación de calles y avenidas, plazas y veredas se constituye en una manifestación de la esperanza en movimiento. 

La presencia magnética de esta mujer descontracturada que hace gala de una enorme simpatía, representa claramente una esperanza, un horizonte posible de recuperación y encauzamiento de la Argentina hacia el trabajo, la educación, la salud pública y la recomposición del aparato productivo. Es ella y su carisma lo que sobrevuela el proceso electoral y lo que fortalece la fórmula presidencial que comparte con Alberto Fernández, su viejo amigo ayer distanciado, hoy reencontrado. Eso se vio en las calles de esta ciudad de nombre emblemático: Resistencia, donde la certeza de triunfo el sábado parecía blindada.

Cierto que el antiperonismo más retrógrado (no digo el no peronismo tolerante, que no tiene resentimiento ni privilegios de clase) está también ahí, activo, ignorante y negador, puro resentimiento de ricos y clasemedieros, que son los resentimientos más jodidos, más perversos. Y con los que habrá que convivir aunque cueste tanto. Porque son la Argentina hasta ahora incorregible: racista, ultramontana, ignorante, necia, y sobre todo violenta. La cara negra de la luna.

Cristina en cambio fue anteayer, una vez más, la representación de la sonrisa en el poder, el desenfado expositivo y la heterodoxia que atrae y seduce. Ese fue el enorme mérito de Néstor primero, y luego de esta mujer: recuperar las mejores banderas del peronismo, por lo menos desde el 25 de mayo de 2003. 

Con buen sentido del humor (cualidad de la inteligencia, rara avis del poder)  lo que la reacción cavernaria llama despreciativamente “kirchnerismo” fue sin ninguna duda, y con todos los yerros, distracciones y malas decisiones que se quieran atribuirle, el símbolo de la recuperación de la Argentina en todos los planos: el trabajo, el empleo digno, la reactivación industrial, el crecimiento económico sostenido con sentido social, el reconocimiento de derechos y también la recuperación de la educación y la salud públicas, la previsión social y la investigación científica autónoma. 

Reafirmando la soberanía, Cristina demostró que el patriotismo no es palabrerío, sino que es base y punto de partida para la recuperación de una dignidad nacional que siempre es madre del amor a la Patria. Ése que es el sentimiento más poderoso que tienen y fomentan las naciones desarrolladas y poderosas: los Estados Unidos y Rusia, en primer lugar. Y también Inglaterra, China, Francia, Irán. Y entre nosotros México, ese asombroso país hermano que en su mar de contrastes es el muro -nuestro muro- de resistencia cultural más fenomenal que existe en el planeta.

Todo eso es también Cristina. No CFK como la llama el periodismo por afán de síntesis. Tampoco la yegua, la porota, la mersa o la cachuda como la designa el odio militante que tanto daño hace a la Argentina. Yo digo Cristina y digo que en ella se simboliza la ardua esperanza de recuperarnos de la demolición. De reconstruirnos sobre y desde las ruinas económico-sociales que nos dejarán los miserables que desde el poder político y legislativo –y el judicial, tan corrupto, hipócrita y desvergonzado– arruinaron todo lo bueno que tenía este país al que hoy mismo, y cada día, siguen demoliendo en favor de sus mezquinos intereses y en su afán de liquidar al inextinguible peronismo. Como si con ello pudieran matar la esperanza y la energía popular. Estúpido e inútil propósito, desde ya, pero tan dañino. 

Por eso Cristina en Resistencia fue una hermosa bandera de alegría y de esperanza flameando sobre una tierra adolorida. Los rostros de todas las pieles, los idiomas originarios, la cantidad de discapacitados y el fervor popular de los que Mariano Azuela bautizó para siempre en su novela Los de abajo, resultaron balsámicos en la fresca tarde chaqueña.

Cristina en Resistencia fue anteayer varias cosas más: la convocatoria a seguir resistiendo los males que padecemos por mandato del neoliberalismo rampante y de un gobierno canalla y antinacional, desde ya, pero también fue una especie de versión nueva, simbólica, de un relato que, aunque lejos literariamente, evoca a los personajes de Osvaldo Soriano, esos que en las derrotas siempre encarnan la dignidad y la esperanza. Cristina es como él, que se interesaba especialmente en los perdedores. El descenso a la desdicha signa a los personajes de toda la obra de Soriano, como también representa la dignidad cuando se expresa en actos de resistencia. Y un tercer factor apuntable: el amor a este país bello y chúcaro, amor que caracteriza toda la memorable obra de Soriano, ésa que bien harían [email protected] [email protected] de este tiempo en releer y dar de leer a [email protected] más jóvenes.

Cristina, ya se sabe, es de la estirpe de Eva Duarte de Perón, esa Evita eterna en el corazón de millones de [email protected] Minas fieles de gran corazón, se diría tangueramente, y a la vez de dureza ejemplar. Porque las putean y difaman, y ellas siguen de pie y sonrientes, y ocupándose de lo que más les importa, que es la vida de la gente, y en particular la marginada, la carenciada, la jodida, la que hay que ayudar a sacar del barro y el estiércol. Quizás por eso el fenómeno que es esta mujer menuda asombra a propios y ajenos. 

Sinceramente quizá sirva para que nosotros, que no odiamos ni queremos exterminar a nadie, algún día amansemos a los profetas del odio. Porque somos democráticos y pacientes, vocablo doble este último porque habla de paciencia y de Paz.

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