Medio muerto
No descansa en paz. Lo están investigando de nuevo. La búsqueda de una verdad sobre qué ingirió o qué no ingirió George Michael antes de morir y quién es el verdadero culpable de su muerte, convierte a su cuerpo en un monigote de la policía y de las múltiples conjeturas y persecuciones. SOY tampoco descansa en paz y lo despide de nuevo.

Hace dos meses que Georgios Kyriacos Panayiotou, George Michael para la gloria del pop, ha muerto y su cadáver no tiene sepultura. Murió a los 53 años, en Nochebuena, quizás anhelando el último beso de su Jesusito sudaca. “Oh the lover I still miss / Was Jesus to a child”, como reza la canción que le dedicó a su amante carioca, Anselmo Feleppa, muerto de sida en 1992. Cuerpos gloriosos los de los amantes. Dos Jesúses. Cuerpos sociales sacrificados, uno por el sida y el otro por la policia de Londres. Es que la autopsia del cadáver de George arroja resultados “no concluyentes” de su muerte y la policía necesita “nuevas pruebas” que demoran, aunque descartan asesinato. “Un paro cardíaco mientras se quedó dormido por el porro”, declaró su manager Michael Lippman. Pero la policía busca drogas duras: crack, cocoína; heroína, quizás. Si los resultados post-mortem indican algún tipo de actividad criminal podrán indentificar a la marica proveedora de drogas. Su último novio, Fadi Fawaz, está en la mira. Fadi encontró muerto a Geoge la mañana de Navidad. “Wake me up before you go-go” (despiértame antes de irte), resonará pegadizamente por siempre en su cabeza, como en la de tod*s nosotr*s. Fadi es libanés, morochaso, bello, 10 años más jóven que George, marica peluquera de celebridades, que atiende a otra morocha: la modelo Naomi Campbell. George y Fadi se amaron durante casi una década. La familia de George Michel lo culpa de puto bocón. “Lo único que George quería era morir. Intentó suicidarse más de una vez y finalmente lo logró”, batió Fadi a la prensa.

La familia de George está perseguida por la idea del suicidio. “Mi madre se encontró a su padre y a su hermano con la cabeza dentro del horno de gas”, cuenta, George, en un documental autobiográfico, “A differente story”, en el que trabajaba antes de morir. Allí recuerda que, también, su tío se suicidó, el día en que él nació. A él le cantaba: “My Mother Had a Brother”. Pero, según la familia, a lo sumo, George, murió de una sobredosis sin querer, tal como confesó su primo Andros Georgiou, en televisión. Un puto depresivo suicidado sería una fatalidad familiar de tragedia griega. La versión del suicidio de Fadi empuja a la familia de los Panayiotou a ir más allá de sus límites, como lo hizo Antígona con la cadena de desgracias de la familia de los Labdácidas, luego de la muerte, sin sepultura, de su hermano Orestes. La misma familia y sociedad que subordinó a Michael a ocultar su homosexualidad hasta los 35 años, cuando se vio obligado a defenderse públicamente porque estallaron los famosos escándalos por sus yiros sexuales.

George, carga, además, con un prontuario con la policia. Por drogón, puto y alcohólico. Fue detenido más de 10 veces, y arrestado con amonestaciones, multas y condenas de prisión. La policía tiene detenido a George Michel, ahora en forma de cadáver, nuevamente en una encerrona: se ha apropiado de su muerte. Es que la biopolítica del neoliberalismo ya no regula solamente nuestras vidas cotidianas, también, pretende gobernar nuestras muertes. Necesita cuerpos inmortales que sigan produciendo y consumiendo dispositivos de vida para la acumulación financiera. Alucina una sociedad de vampiros, tal como vaticinaba Bran Stocker en la novela Drácula. La imagen

del suicidio de un ícono del mercado cultural como George Michel, -rico, exitoso, blanco aunque depresivo y marica díscola- pone en crisis el nuevo fascismo que impone la financiarización del mundo y la precarización existencial de las vidas que nos hacen vivir.