Es el segundo disco de la cantante cordobesa 
Candelaria Zamar edita Una linterna
En esta entrevista, la cantautora de 32 años habla de sus canciones pop con detalles electrónicos, percusiones suaves y una aproximación atonal de belleza esquiva que la destacan en el panorama actual.
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Candelaria Zamar 
Imagen: Cristian Carrizo


Un acorde en el Rhodes y dos notas sueltas. Silencio. Otro acorde en el Rhodes y dos notas sueltas. Silencio. Cuando aparece la voz --pausada, serena, como de mañana que sin apuro se realiza-- ya estamos en otro lugar, otra temporalidad. "Somos de fuego en este viaje/ Sin pensamientos, sin equipaje/ ¿Somos excusas? ¿un simple traje?/ ¿Sólo un momento? ¿casualidades?", canta Candelaria Zamar al inicio de Un vaso de agua, su disco debut de 2014, que primero llamó la atención en su lugar de origen, Córdoba, y luego extendió su influjo sobre escenas diversas; gente al azar que no pudo evitar quedar prendida a esa estela de temas que parecen flotar entre bosques húmedos, puertos perdidos en el fin del mundo o pueblos envueltos de bruma. Sin dramatismo pero con evidente placer.

"Hago música para conocerme a mí misma", dice Zamar que tanto en Un vaso de agua como en Una linterna, el disco que acaba de sacar, logró pintar un estado de ánimo donde parece detenerse el tiempo; un más allá de la aceleración y quemazón mental de los días. "Ese vértigo que tiene hoy todo lo que consumimos", coincide esta cantautora de 32 años cuya formación y escucha denota una formación académica (estudió composición en La Colmena, reconocida escuela musical de la capital cordobesa, por ejemplo). Pero de forma tácita: como huella que va perdiendo su rastro; una brisa que viene de lejos.

"Me doy cuenta de que al momento de componer, si se me presenta un problema, echo a mano de todo lo que fui aprendiendo o conociendo desde de chica y que me formó. No importa si es jazz, música contemporánea, folclore o pop. No tengo separados los útiles en esa cartuchera mental. Están todos mezclados", cuenta Candelaria, consciente de ese método rico en fuentes primarias a la vez que intuitivo en su desarrollo y resultado final. "Me sale así", afirma sobre ese discurrir personal que puede valerse de detalles electrónicos, percusiones suaves y cierta aproximación atonal pero que al fin de cuentas deviene en una canción de pop de belleza esquiva. No es lo habitual, claro. No es lo que suena en las radios, pero tampoco lo que se encuentra en circuitos alternativos. Una rareza que atrapa por su singularidad, sí, pero antes que nada por su naturalidad: la de una chica encontrando su centro gravitacional con un teclado y su voz.

"Me pasa que me dicen que mi música las calma. Y eso al principio me chocaba. Porque no hay nada más calmo que yo misma cuando estoy componiendo algo, quiero encontrar una canción: entro en un estado de concentración furiosa, de olvidarme por completo de lo que pasa a mi alrededor", sonríe divertida con la contradicción. "Y lo mismo me pasaba de chica cuando tocaba el piano y podía pasarme horas dialogando con ese sonido. Siempre fue así. Por eso me sorprendía el comentario. Aunque después entendí que se referían a lo que les pasaba con la canción. Lo que les quedaba de ese torbellino mío", agrega quien supo crecer en un ambiente familiar de docentes universitarios en el que casi no se escuchaba rock nacional (mucho menos las temas de moda del momento) y sí música popular "culta" como Caetano Veloso, Elis Regina, el Dúo Salteño, los Carpenters o Les Luthiers. Una pertenencia suave que sin duda resuena en su música, pero en combinación con los Beatles, Charly García o Spinetta; todos artistas que debió descubrir por su cuenta.

"A veces me pregunto: ¿cómo haría Spinetta este tema?", reconoció Zamar en una entrevista para "Esta vida no otra", una revista-fanzine dedicada enteramente a su persona que circuló por recitales de músicos amigos (Juan Ingaramo, Lucas Marti, Francisca y los Exploradores, entre otros) y dio pauta de la atención que despierta entre sus pares; un aprecio que va más allá de la estricta afinidad musical. "La otra vez una amiga me decía: 'A vos un poco te gusta que te digan que sos rara'. 'Sos rara, Cande', me dicen ellos. Y es cierto. Le tuve que reconocer a mi amiga que de alguna manera es así. Me doy cuenta de por qué dicen eso y lo entiendo", acepta Candelaria Zamar, que efectivamente es reservada, tímida, cero eventera. Y no "maneja data" de cuáles son las tendencias del momento.

"Para mí lo nuevo es lo que voy descubriendo; no importa si pasó hace ochenta años o dos días", dice entre risas. "Por eso cada tanto suena una alarma dentro mío que dice 'a ver Cande, ya es hora de que escuches cosas nuevas'. Y me abro. Pero no es algo que me ocurra seguido. Noto que mucha de la música que surge hoy es muy parecida entre sí. Que no tuvo tiempo de maduración. Si hubo algo interesante en su origen, lo perdió para poder ser consumido en velocidad", se lamenta. "Eso sí: cuando aparece algo que me interpela, que se me pone a charlar, me meto de lleno. Visualizo el tema y su estructura, me dejo atravesar por completo. Y lo disfruto mucho", subraya.

Una relación vital, a todo o nada, que obviamente también impregnó todo el período de creación del nuevo disco. Ya sea en temas como "Enciende", una suerte de suite deconstruída que salió de un solo trazo. Pero también en otros como 'Visión', con letra de Lucas Martí, que para encontrar su forma definitiva requirió más tiempo y colaboración. "Con 'Visión' me pasaba que tenía la música pero ninguna letra me cerraba. Y me acordé de la linda experiencia que tuvimos con Lucas cuando me llamó para el tercer volumen de Varias Artistas. Esta vez le mandé la melodía y en dos días me devolvió una versión completa de la letra. Con palabras y frases que entraban justo, que sonaban de una con la música", se alegra Candelaria que con Una linterna logró expandir ese archipiélago de tonos y timbres que empezó a explorar en Un vaso de agua, pero sin salirse de ruta. Sin pasar a otros mares, a otras latitudes.

"Siento que la idea de este disco fue abrir un poco más el abanico", afirma quien en "Camino", consciente de lo vulnerable que puede ser adherir a ciertas premisas, emprender ciertas excursiones, (se) canta: "Vas por los caminos que no hay/ sabiéndote toda tan rápida y sola/ y viendo la fragilidad". Pero también quien en "Canción fantasma" contrapone: "Un rumor de voces en la habitación/ me hizo sospechar que sola no estoy". Entre la soledad y el amparo, entonces, Candelaria Zamar. Una canción suelta, una voz que anda.

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