Los conejos

Los conejos son los de la galera que Ex Cambiemos se propuso sacar a razón de, como mucho, uno por semana, y que tuvieron en estos días una expresión monumental.

Ya se sabía, o se supone que debería saberse, del bombazo de humo en torno del acuerdo Mercosur-Unión Europea. Es mucho más grande que una cortina apenas se advierte que no pasa de un convenio marco entre el zorro y las gallinas. Un pacto neocolonial que, de todos modos, debe atravesar -a años vista- el límite aprobatorio de los parlamentos de cada país victimario, y del conjunto de los que representan a las víctimas.

Esos detalles no interesan en absoluto al diagrama cambiemita, que excede a la campaña. Bastantes o muchos pueden ser capaces de creer que se firmó algo histórico gracias a Macri.

Cerca, a comienzos de mayo pasado aunque hoy nadie lo recuerde salvo que se lo apunten, llamaron a un diálogo político consistente en que la oposición pusiera el gancho a cuanto el Gobierno implementó desde 2015. Era simplemente ridículo siendo un año electoral, pero marcaron la agenda durante varios días.

Agotado el tema, le siguió la intentona de colocar como atentado político el doble crimen en cercanías del Congreso Nacional. De lo fugaz y bizarro que era el experimento, se transformó enseguida en estigmatizar a toda la comunidad gitana.

Eso tampoco duró pero, ya empezado junio y con la carga de la masacre policial en San Miguel del Monte -que nunca registró siquiera una mera declaración condenatoria de la gobernadora Vidal- problemas respiratorios de Alberto Fernández se convirtieron en la posibilidad de una afección pulmonar grave.

El entretenimiento también fue efímero y a los pocos días llegaría la “sensación” Pichetto, que a su vez provocó (sigue hasta ahora) otra detonación de humareda: los mercados externos se llenaron de confianza súbita, hasta el punto de explicar buena parte del dólar planchado.

En caso de que usted quiera optar por otras alternativas ficcionales, puede escoger que la gran novedad es una inflación del 2,7 por ciento en junio, en baja, en lugar de que el acumulado interanual es de casi el 56 por ciento. Es decir, lo que en cualquier país de los “serios” o de los otrora llamados bananeros sería una híper. O algo más inimaginable aún porque la suba de los precios es sin emisión monetaria, en medio de un proceso recesivo con ola de suspensiones y despidos, y con tasas de interés que son récord mundial.

Y en eso llegó Pato Bullrich, además del Tigre Verón que completa el zoológico como ariete de la feroz campaña antisindical, para anunciar la creación de un Servicio Cívico Voluntario en Valores, a cargo de una Gendarmería que para la ministra llega a tener más valoración popular que la escuela pública.

La respuesta obvia fue y es que más les valdría dedicarse a que disminuya el número de los jóvenes que no trabajan ni estudian, multiplicados en la práctica macrista cualquiera sea el indicador que se tome.

Pero muy antes que esas reacciones ocurre que no hay noticia. No existe el hecho práctico, en su incidencia real.

El Gobierno guiona como trascendente que en el último cuatrimestre del año habrá seis lugares de experiencia piloto, una vez por semana, para 1200 jóvenes que asistirían gratuitamente a los cursos en todo el país.

Lo banal no es ese ejercicio de posverdad conejeado por los cambiemitas, sino dedicarse a contestar lo inexistente. No es desde la “moral política” donde debe eludirse la trampa, sino señalando que el anuncio es falso.

Y es que, además, el sentido del orden y de la protección a la juventud desamparada, de contenerla aunque más no fuere en un cuartel, pega simpáticamente en muchos de los propios sectores populares.

¿O acaso al kirchnerismo no se le extravió que el valor “seguridad” es un fuerte reclamo no sólo de las clases medias, sino del abajo de la pirámide?

La revista digital Socompa, que es de lo mejor en periodismo de opinión, publicó a comienzos de este mes una entrevista al sociólogo Saúl Feldman, autor de ese libro indispensable que es La conquista del sentido común.

Feldman se especializa en los modelos culturales como ámbitos de consumo y trabaja el concepto de “cinicracia”: remite al modo desplegado en todo el mundo por el neoliberalismo, en el marco de “una revolución tecnológica inédita (…) que desarrolló un individualismo exacerbado y que, sumado a un aparato de disciplinamiento social por el cual los medios dominantes y la justicia están cooptados por sectores funcionales al poder, constituye un sistema de gestión de (ese) poder”. Lo que hace el ensayista es, justamente, deconstruir la política comunicacional del macrismo.

Advierte que el eje de la cinicracia es cuando la manipulación instalada es admitida como normal. “Es Dujovne ufanándose de que nunca se hizo un ajuste de la magnitud actual sin que caiga el Gobierno”.

En otro ejemplo práctico, Feldman repara en quienes todavía sostienen que Macri y Menem se parecen. Una afirmación de renovada vigencia, por aquello de que estamos mal pero vamos bien.

“Pero no es lo mismo. El mentiroso miente para ocultar su intención y, paradojalmente, al mismo tiempo reconoce la existencia de una ley que obstaculiza su objetivo. El cínico no se preocupa por ocultar su intención. Rompe el pacto de sinceridad. Menem te guiñaba el ojo, reconocía que estaba mintiendo, establecía una complicidad. El macrismo, en cambio, exhibe su poder. Desprecia al interlocutor. No hay contrato (…) Instala el desasosiego, el sentimiento de desamparo (…) Puede publicitar el vaciamiento previsional como reparación histórica (en todo estás vos, como le subraya el colega que lo entrevistó) (…) Consiguieron instalar conversaciones sociales que fijan agenda alrededor de un puñado de ideas y asertos muy difíciles de rebatir mediante una reflexión crítica (…) Buscan instaurar que se dedican a los hechos, a construir cañerías que no se ven, a impulsar un crecimiento invisible”.

Por último, en este intento de síntesis que el autor se permite sobre la nota a Feldman, vale rescatar su título respecto de que esto va a ser (es, vaya si es evidente) una lucha entre la decepción y el miedo. “Van por el miedo y te dejan la decepción”, para tomar el implícito de Jaime Durán Barba y… “más claro imposible”.

Lo que no está claro, al menos si se habla de las próximas elecciones, es cuál de los dos sentimientos terminará imponiéndose.

Ahí es donde, entre otras cosas, la oposición globalmente entendida debe hallar el nudo de una campaña propositiva.

Recurriendo a otra cita muy valiosa, la del colega Martín Rodríguez en su último artículo para La Política On Line, gana el que convence el voto del que dice que “gane quien gane al otro día me levanto y tengo que ir a trabajar igual”.

Hace algunas columnas, siempre con el pudor de la autoreferencia, enfocamos a esa dirección paradojal de que, al cabo de tanta intensidad ideológica, resulta que definen los indiferentes. Pero, como precisamente excita Rodríguez, “no indiferentes a lo que les pasa sino a las ‘soluciones’ que se les ofrecen. Ganan si convencen al que dice ‘yo no le debo nada a nadie’. Gana quien primero se anime a usar en un spot el auténtico ‘futuro’ para la Argentina: ‘volver a la clase media’, ese hecho maldito del país peronista”.

Se coincida o no, lo que mínimamente debe acordarse -a riesgo de ser cansadores- es que a la campaña opositora le falta tocar, o acentuar, cierto nervio decisivo.

Quizá no sea así, rige demasiada ansiedad y la táctica radica en que se acelerará más cerca de las primarias y, sobre todo, hacia octubre. Quizá haya un tsunami silencioso, o una diferencia indescontable, a favor de Fernández y Fernández. Pero eso recién se comprobará en las urnas.

Hasta entonces, es un riesgo dormirse en que “la realidad” decide por sí sola, tener mensajes o signos contradictorios, carecer de una jefatura de campaña y de una bajada de línea más o menos unificada. Es un peligro que no estaría a la altura del desastre (y de la cinicracia) con que opera la banda gobernante.

El paseo que le pegó Alberto Fernández al animador macrista cordobés Mario Pereyra, durante la entrevista en Cadena 3, fue un buen modelo de cómo eludir provocaciones con altura, enojándose sin perder la calma y atendiendo al rumbo que identifica los problemas centrales.

En opinión personal, es por ahí más trazar unas propuestas concretas, pocas pero terminantes, de cara a los indiferentes que serían capaces de suicidarse dos veces.

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