Vacaciones de invierno: los niños, los padres y la pantalla  

Unas nuevas vacaciones de invierno acaban de comenzar. Los padres nos volvemos a preguntar qué va a ser de nosotros/as y de nuestros hijos e hijas . No tendremos la cansadora rutina de despertadores, carpetas, uniformes, guardapolvo, estudio (o no estudio) pero nos veremos enfrentados a dos terribles amenazas; por un lado el tiempo libre. No hay cosa más temida que el “me estoy aburriendo” dicho en el mejor de los casos o simplemente dibujado en las caras de los pequeños de 3 a 17 años. Y por otro lado, aún peor, se viene la temporada alta de una relación preocupante con el animal tecnológico: la pantalla (para llamarlo de alguna manera) que les demanda, voraz, cada vez más tiempo de atención.

Ya no les podremos decir: “Dejá el celular, el capítulo de la serie de la última temporada, los juegos de Play on line, el programa de tele… porque tenés que estudiar”. Y no se lo diremos porque, para ellos, esas actividades son lo realmente importante y, sobre todo, son las únicas actividades que a muchos de nuestros hijos se les ocurren realizar. No es un problema nuevo pero, año a año, la cuestión empeora porque nuestro animal tecnológico se vuelve más grande (ya llegó a la mayoría de edad) y demanda más atención y porque la mayoría de los que comienzan a ser padres en estas fechas han tenido un celular desde la cuna y no consideran que la vida puede llevarse adelante sin estar con un celular casi todo el tiempo en las manos.

El quehacer en vacaciones de invierno no es un tema solamente del presente, para generaciones anteriores las preocupaciones pasaban por la cantidad de horas frente al televisor y anteriormente había sido la cantidad de horas que pasaban escuchando radio; cada época tuvo sus complicaciones ligadas a los adelantos tecnológicos hogareños pero lo que nos enfrentamos hoy es inédito para la humanidad. Nunca antes un animal tecnológico nos demandó tanto y tuvo tantas consecuencias en nuestra vida diaria. La radio entraba por los oídos, la televisión era estática y había que sentarse a mirarla, hoy a los celulares los llevás a todas partes hasta el punto que pareciera que son ellos quienes te sacan a pasear y apenas te dejan de mirar un ratito cuando les falta batería o te piden en algún lugar que los mantengas en modo avión.

Los padres de hace diez años hicieron el intento de luchar contra los celulares inteligentes y fueron derrotados. Ellos creyeron que los animales tecnológicos querían abusar de sus hijos, creían con ingenuidad que la lucha era contra la pantalla, no se cansaban de preguntarles ¿a quién preferís más: a una pantalla de computadora, de televisión, de celular o a tus padres? Se consideraba una lucha épica entre la profundidad de la paternidad contra la superficialidad “pulida” (Chul Han, Byung: La salvación de lo bello, 2015) de una pantalla. Tenían la esperanza de que, al menos, poniendo a los hijos frente a este dilema, ellos tuvieran que elegir y eso implicaba tuvieran que hablar, y ellos hablaron. Y cuando hablaron primero dijeron que preferían a los dos, que eran distintas cosas, luego ya no dijeron que eran distintas cosas y dejaron de hablar. Hoy a ningún padre se le ocurriría poner su autoridad y su cariño a competir contra un animal que se encuentra en otra categoría, que es imbatible y que ya, a esta altura de la civilización, nadie se imagina la vida sin oxígeno y sin (cyber)electricidad.

Pero comienzan unas nuevas vacaciones, ¡cuánto las esperamos!, no son las primeras para nuestra historia educativa. En sus comienzos se realizaron por varios motivos; el primero, como siempre, sanitario: se trataba de cortar las cadenas de contagio de enfermedades virales y bacteriales, muchas de ellas con altos indicadores de morbimortalidad. Sin ir más lejos hace diez años se decretó unas vacaciones de invierno de un mes por una cepa peligrosa de la llamada gripe h1n1 (o gripe porcina). Otro de los motivos, el pedagógico: el necesario tiempo de descanso para asimilar los conocimientos aprendidos pero también uno bien concreto: los docentes no daban más. Y hoy más que nunca, necesitan descansar de nuestros hijos y nos dicen con un dejo de ironía: ocúpate un rato en vez de tirarnos toda la responsabilidad de enseñarles a leer, escribir, historia, geografía, lengua, matemática, códigos de convivencia, luchar con los problemas atencionales, de conducta y trastornos generalizados de crecimiento. Los docentes hacen patria, con sueldos que son ampliamente superados por el índice de vida y por la gran cantidad de tareas añadidas de llenado de planillas de la nueva escuela del futuro.

Y ahora les toca a los padres, sin tantas armas, con el bolsillo desfondado por cuatro años de inflación y crisis otra vez protagonizada, como desde 1930, por la derecha argentina con idénticos resultados a todas las anteriores. Con padres que ya no pelean tanto contra la dependencia de las pantallas inteligentes y que consideran que alguna actividad por semana que aleje de sus hijos de sus animales tecnológicos podría ser posible. Quieren creer que sus hijos podrán utilizar las facilidades “innatas” con los gadgets tecnológicos para cuestiones más creativas que simplemente el consumo de alguna nueva aplicación viralizada. Creen posible transformar al celular en intermediador, en interfase (Gomez Cruz, Edgar: De la cultura Kodak a la imagen en red, 2012) para el acceso más allá de su pantalla a una posible entrada a la realidad del mundo en que vivimos. Consideran que su descendencia podrá activamente formar parte de la comunidad creadora de saberes digitales.

Lo que los padres no debemos olvidar es que, más allá del mundo digital, se encuentra la posibilidad de otros mundos, el mundo analógico y sobre todo el mundo lúdico que propicia no perder la capacidad de jugar, y de jugarnos por un mundo donde la utopía sea posible, la de una humanidad más libre de los objetos que ha creado, una humanidad que no se destruya en el consumo de su dependencia mientras esconde las enormes desigualdades sociales y el enorme peligro de su extinción y comprenda que al verdadero animal que debemos proteger es a la vida de nuestra tierra.

* Psicoanalista, escritor, docente universitario.

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