Partimos desde Trevelin por un camino de ripio rumbo a la comunidad mapuche Lago Rosario: a mitad del trayecto nos interrumpe el paso del auto una majada de 200 ovejas con su pastor al frente. A los costados se extienden planicies de un pastito verde que contrasta con la silueta rosada de una veintena de flamencos picoteando en una laguna. 

Son apenas 15 kilómetros de viaje que sobre el final se vuelven ondulados. Desde lo alto de un cerro divisamos el lago Rosario, rodeado de casas con techo a dos aguas y chimenea, algunas de madera, y muchas con un laguito enfrente donde pacen los patos y abrevan caballos y ovejas.

Pasamos junto a la escuela secundaria, que dice mucho desde el plano simbólico: hay dos mástiles, uno con la bandera argentina y otro con la mapuche-tehuelche.    

Por las calles de tierra es más fácil ver gente a caballo que en auto. Son 600 habitantes, unas 60 familias. Pero solo hay diez autos, casi siempre guardados. Es decir que la única conexión física con el mundo exterior para los que no tienen transporte propio es un bus que va a Esquel los martes. La luz llegó en 1998 y casi todos tienen DirecTV e Internet, uno de los cambios más grandes que hubo en Lago Rosario desde su creación: el pueblo vive bastante encerrado en su mundo, al menos en términos de desplazamiento físico. Pero sus horizontes se alargaron de repente hasta los confines del planeta a través del mundo digital. 

Hay un puesto de policía y otro de salud. Pero el gobierno corre por cuenta de la Comisión Ancestral elegida a mano alzada cada cuatro años: la lonko actual es Rosa Ñancucheo. La tierra es propiedad comunitaria.

Pasamos junto a la panadería, una cooperativa de seis mujeres cuyo nombre la define por completo: La Única. 

“Marí marí tacuifí”, nos saluda en mapundungun don Alvarino Cheuquehuala en La Casa de la Artesanas, y nos regala unas tortas fritas. Es un septuagenario muy comunicativo y vivaracho que habla su lengua originaria a la perfección, a pesar de que de chico los maestros le pegaban por expresarse así. Hoy se comunica en su idioma con sus dos hermanas. Me cuenta que es luthier de instrumentos mapuches. En la tienda hay algunos de su creación, pero suele fabricar por encargo para otras comunidades. Es sin dudas uno de los últimos fabricantes de estos instrumentos, cuyo uso es exclusivo para ceremonias religiosas: el kultrum, el pilohilo, la pifilka y la trutruka de caña coligue y cuerno. 

Alvarino me da una pifilka, intento sacarle música pero sale un soplido sordo y sin gracia. 

“Porque hay que saber; no es para cualquiera la bota de potro”, me dice Alvarino con ironía gauchesca y todos ríen. 

Fabián Cheuquehuala, hijo de Alvarino, también tiene un nexo fuerte con la música: lidera –con todo derecho– una banda de cumbia-rock muy buena llamada Ruta 17, con la que ensaya en su taller de carpintero (se la puede ver en YouTube). 

Al rato llega precisamente Fabián, quien desde chico ha tenido fascinación por los cerros y los fotografía con su celular para mostrarlos en las redes sociales. De esa forma se fue haciendo conocido y ahora guía turistas hasta la laguna Canoa.

Salimos a caminar con padre e hijo para conocer un rewue, un espacio ceremonial abierto y circular al pie de un cerro. En diez minutos llegamos a las afueras del pueblo y vemos pasar corriendo una liebre. Nos salimos del camino, los teros chillan defendiendo sus nidos terrestres y Alvarino cuenta que a lo largo de su vida ha participado de muchas rogativas.

La fiesta más sagrada en la cultura mapuche es el camaruco, que se hizo varias veces en el rewue en el que estamos parados entre restos de troncos quemados de las fogatas. Duraba cuatro días al aire libre, así lloviera y nevara, con música y cantos.

Nuestro anfitrión rememora un camaruco de cuando era niño y le tocó montar uno de los caballos que iban al frente de la celebración: “Siempre un alazán a la derecha y otro blanco a la izquierda, llevando el jinete banderas blancas y azules en una caña”. 

Varios pobladores jóvenes se suman a nuestra visita al rewue y uno me muestra en su celular la foto de otra foto vieja de un camaruco. Hace más de 20 años que no lo celebran porque no quedan personas habilitadas para hacerlo. “Antes lo dirigían mis tíos pero ya murieron; y ellos nos dijeron que no estábamos autorizados”, agrega Alvarino. 

Pero esto no significa que no se repetirá nunca: “El día que alguno de nosotros sueñe el camaruco, lo vamos a hacer. Si lo sueño estoy obligado porque lo está pidiendo Futa Chao”. Cada año los mapuches de lago Rosario participan del camaruco en Nahuel Pan el 20 de marzo.  

De repente, en pleno octubre, se desata una nevada con mucho viento y un frío lacerante: la nieve se me mete en los ojos como arena.

“¿Esta nevada a destiempo la manda Futa Chao?”, le pregunto a Alvarino.

“Sí, por algo es; mejor nos vamos”, me retruca pícaro y sagaz. 

Esteban Widnicky
El orgullo equino de Alvarino, en un pueblo donde se ven más caballos que autos.

LAS CREENCIAS El tema de la religión, que desde afuera parece algo espinoso, en la aldea se vive con naturalidad y sincretismo sin mucho cuestionamiento. La mayoría participa de las rogativas anuales y a la vez se declaran católicos; hay una iglesia a donde suele llegar un cura los jueves a dar misa. Pero también hay otra evangélica y de vez en cuando vienen mormones y testigos de Jehová.

“¿Vos sos católico?”, le pregunto a Pablo Gajardo saliendo del rewue donde a veces participa de las rogativas.

“No, soy evangélico pero hace rato que no voy”, responde serio el treintañero.

“¿Cuánto rato?”

“Como 20 años. ¡Me descarrié!”. 

Tenemos que ir rápido a la Casa de la Artesana porque, debido a la nevada, la trabajadora a cargo debe partir urgente a recoger sus ovejas. Allí vemos cómo se usa la rueca para hilar y se venden caminitos para mesa, chalecos de lana con tinturas naturales, peleras para el recado, fajas, bolsos de fieltro, hierbas medicinales, dulces, vasijas de cerámica y hongos.  

Pregunto si hay una machi en el pueblo y me dicen que no, pero me llevan a la casa de doña Isabel Cayecul, nieta de una de aquellas curanderas. La anciana nos recibe en el living frente a un hogar a leña y cuenta: “Yo salía con la abuela a juntar hierbas y por eso me quedó; cuando la gente necesita algo viene a preguntarme ‘¿qué puedo tomar?’; a algunos les enseño cómo hacer el medicamento. Antes estaban prohibidos los remedios mapuches y esto se hacía oculto”.

Atrás de la casa doña Isabel tiene una huerta de hierbas medicinales donde cultiva plantas como la zarzaparrilla, que recomienda para el colesterol. También tiene ruda, natre y romero para los nervios, que se ingieren como infusión: “El dolor de panza puede ser por el hígado o el agua; para el primero les doy llaltén y carqueja. Y si es por el agua hay que tomar orégano y paico, una hierba que para los médicos era como un veneno pero los abuelos la usaron siempre. Yo antes curaba el empacho pero dejé porque me quedaba a mí”. 

Esteban Widnicky
Los catangos tirados por bueyes, otro medio de transporte de la comunidad mapuche.

PASADO Y FUTURO El museo Ruka Folil –Casa de las Raíces– nació de un taller de fotografía para niños, adultos y ancianos dictado durante tres meses en 2005 por los fotógrafos Esteban Widnicky y Verónica Mastrosimone. Estos docentes llegaron desde Bueno Aires, montaron un laboratorio y armaron con los talleristas 100 cámaras estenopeicas con latas y cajas de cartón. Luego dieron lecciones de encuadre y revelado, y partieron dejando como consigna registrar lo que crean valioso de resguardar como memoria visual comunitaria. Un año después los fotógrafos regresaron y se editó un libro con las fotos producidas por 48 pobladores. Con el dinero de la venta se instaló el museo en 2014 donde hay una historia de la Patagonia desde la mirada mapuche, que comienza en una sala dedicada al mundo tehuelche: en las vitrinas hay boleadoras, puntas de lanzas y flechas. 

La segunda parte del museo relata la historia de los mapuches, llegados desde el otro lado de la cordillera. Allí hay una foto de una antigua machi y muestras de la virtuosa platería femenina ceremonial: pectorales, pulseras, gargantillas y colgantes. En Lago Rosario queda una artesana que produce estas piezas en alpaca, llamada Mónica Calfú. 

Por fotos los visitantes conocen a pioneros como la señora Cheuquehuala, abuela de Alvarino, creadora de la escuela y del pueblo en sí con Manuel Millahuala en 1937, luego de ser expulsada violentamente de sus tierras junto con otros 300 mapuches en la zona de Nahuel Pan.

En las paredes del museo hay una edición de las fotos del libro. Se exhiben implementos de la vida pasada que los pobladores donaron: una rueca para producir hilados de lana, planchas, faroles a gas y utensilios de comida. Para ver el presente, alcanza con tocar la puerta de cualquier casa con humildad, a ver si a uno lo invitan a pasar. Lo que vendrá no lo sabe nadie, pero en una original iniciativa la dirección del museo pidió a niños de escuela que dibujaran cómo imaginan el futuro de Lago Rosario. El resultado, que no debería sorprender a nadie, fue casi unánime: con muchos robots.


Esteban Widnicky
Fantástica aparición en Lago Rosario, donde no hay nada que perturbe su paso.

DATOS ÚTILES

  • Dónde informarse: Secretaría de Turismo y Ambiente de Trevelin, Plaza Cnel. Quintana. www.trevelin.gob.ar
  • Caminatas guiadas Libre como el Viento: Tel.: (02945) 694476 y (02945) 697214 (solo whatsapp). Facebook: Lago Rosario.