Opinión
Rosita y Patricia
Imagen: Sandra Cartasso

La voz de Rosa es una voz firme pero templada por el dolor. Ese dolor que ella resignificó en lucha, en múltiples búsquedas valiéndose de su temperamento y su predisposición a trabajar en equipo. Acaba de cumplir 100 años y la suya ha sido una vida bien vivida. De entrega, coraje y amor. Hoy su hija Patricia debería tener 66 (había nacido el 8 de diciembre de 1952) y en gran parte por Rosita, como la conocemos todos, sabemos qué militante fue, conocimos sus sueños y desvelos. Ella completó la historia de los Tarlovsky-Roisinblit, dos apellidos vinculados a la medicina y los asuntos contables, hasta que nos enteramos de algo más el 5 de junio pasado en el auditorio de Abuelas de Plaza de Mayo, en la ex Esma.

Esa tarde en la presentación del libro Deporte, desaparecidos y dictadura, de mi autoría, tuve la profunda satisfacción de compartir por segunda vez una charla con esta mujer de acero. “A ella le encantaba el deporte, nadaba bien y jugaba al ping pong, de hecho practicaba en la mesa del comedor con sus compañeros y la rayaba toda, eso no me hacía mucha gracia”, contó Rosita y toda la platea sonrió.

Con respeto reverencial la escuchaban mis hijos mellizos Gabriel y Thiago en primera fila. Que después preguntaron cómo era posible que la abuela tuviera semejante memoria. Sin embargo, ella confesó con cierto humor sus propios olvidos, lo poco que conocía del deporte y sobre todo que hay unos 220 atletas desaparecidos. Tampoco sabía demasiado del ping pong que practicaba su hija. Pero sí la recordaba en esa anécdota doméstica de la mesa golpeada. Una postal de época, un indicio de ese amateurismo que podía volverse ingenioso con tal de jugar en cualquier lugar.

Rosita quiso estar presente en el homenaje a los atletas desaparecidos que incluyó a Patricia. Pidió unos minutos para arreglarse – “soy coqueta, me gusta arreglarme”, dijo más de una vez– y permaneció sentada durante todo el acto. Escuchó a Claudio Morresi, al poeta y abogado Julián Axat y no perdió detalles de lo que decían. “Cuando uno escucha a Rosa y la historia de su hija, se comprende mucho más la vida de esa gran deportista”, comentó el ex secretario de Deportes.

La primera vez que compartimos una charla sobre derechos humanos fue el 21 de agosto de 2013 en el Centro de la Cooperación. La vicepresidenta de Abuelas había reseñado la historia de la agrupación. Contó que antes del Juicio a las Juntas de la dictadura genocida, el fiscal Luis Moreno Ocampo les había dicho: “Los milicos no quieren a ninguno de ellos en el banquillo de los acusados”. Tenía 94 años. En septiembre de 2016, con 97, Rosita, sus nietos Mariana Eva y Guillermo Rodolfo Pérez Roisinblit –hijos de Patricia y José Manuel Pérez Rojo– lograron que se condenara por primera vez a Rubens Graffigna, el ex jefe de la Fuerza Aérea de la segunda Junta Militar que había zafado de aquel tribunal en 1985. Se le imputaron delitos de lesa humanidad en la causa de la Regional de Inteligencia de Buenos Aires (RIBA), por donde pasó Patricia.

La hija que esta abuela enorme nunca dejó de buscar, militaba en Montoneros, estudiaba medicina y también nadaba, patinaba y estaba federada en tenis de mesa. Estos datos deportivos la completan en su vida más desconocida. Aquella que su madre Rosa recuerda por su mesa baqueteada del living comedor, una imagen que todavía conserva a sus lúcidos cien años.

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