Calentando motores para el 33 Encuentro Nacional de Mujeres
Lo posible no es un límite
En Azul, centro de la provincia de Buenos Aires, el Encuentro Regional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans fue otra muestra de cómo las tramas feministas sostienen la resistencia al neoliberalismo.
Marcha final del Encuentro Regional de AzulMarcha final del Encuentro Regional de AzulMarcha final del Encuentro Regional de AzulMarcha final del Encuentro Regional de AzulMarcha final del Encuentro Regional de Azul
Marcha final del Encuentro Regional de Azul 
Imagen: Adriana Torchia


En Azul, en el centro de la provincia de Buenos Aires, en la ciudad que tiene el mayor índice de abusos sexuales de la zona, cabeza episcopal y judicial de la región, el fin de semana pasado se abrió el el 4to Encuentro Regional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans. Junto a las azuleñas, llenaron la sede del Colegio Nacional, las que llegaron desde Rauch, General Alvear, General Lamadrid, Benito Juárez, Bolívar, Laprida, Las Flores, Tandil, Tapalqué y Olavarría (sede del próximo encuentro).

Lejos y no tan lejos de las grandes ciudades del país -aunque con la misma fuerza-, las redes y tramas feministas siguen su proceso de expansión y ramificación en todos estos puntos del territorio bonaerense. El pacto de silencio ante las violencias machistas es el paisaje habitual de muchas de estas localidades. Pero también lo es - y cada vez más- la multiplicación de espacios, cooperativas y asambleas, como Mujeres en Lucha de Azul, conformada en 2017 ante el caso de (in)justicia patriarcal sufrido por Cristina Santillán; o el Movimiento de Mujeres Organizadas de Azul que nucleó a mujeres e identidades disidentes en la organización del paro internacional del 8 de marzo de 2018 y luego en la lucha por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

Estas -y muchas otras- experiencias de lucha, resistencia y encuentro, empezaron a gestarse en 2016, cuando el neoliberalismo se hizo partido de gobierno con la asunción de Cambiemos. El feroz y acelerado retroceso en materia de derechos, hizo imperiosa la necesidad de construir transversalidad entre distintas organizaciones, colectivas y compañeras en todo el país. Aquellos primeros hilos que empezaban a urdir el marco de unidad por esos años, perduraron en el tiempo, transformándose en diversas tramas de contención, organización y afecto.

Recuperando prácticas caldeadas al fuego de las ollas populares de los ‘90, estas tramas hablan de un feminismo popular que ante las crisis (económicas, sociales, políticas, personales) da respuestas y se organiza desde la vida misma contra el despojo y la mercantilización de las relaciones. Allí donde la política patriarcal distribuye desidia, irresponsabilidad y ausencia, los feminismos populares crean, disputan y conquistan respuestas. Eso es lo que se vibró en los talleres, debates y espacios culturales que se instalaron en el corazón de Azul.

Expresión máxima de la política patriarcal, la miseria impartida por Cambiemos vino acompañada de discursos de odio que se reflejaron, por ejemplo, en un tremendo aumento de travesticidios y ataques de homo-lesbo-trans-odio en todo el país. En contextos de desempleo y pobreza, el acceso a la justicia se hace cada vez más lejano y las escasas políticas públicas que existen, no brindan soluciones a las complejas situaciones que atraviesan las mujeres e identidades sexuales disidentes más pobres de nuestro país.

Frente a la crisis, la política neoliberal-patriarcal no sólo ajusta, sino que también se desliga de garantizar las condiciones mínimas para la reproducción de la vida. Y la precarización vital profundiza la explotación intensificando la triple jornada femenina: en laburos precarios, en sus propias casas y en los barrios, que están estallados. Comedores y merenderos reciben cada vez a más niñes, al ritmo del crecimiento exponencial de la pobreza infantil, del desfinanciamiento de las escuelas públicas y del aumento constante del índice de violaciones y embarazos en niñas de 11 a 14 años. Las mismas que sostienen esos comedores y merenderos comunitarios, son las que limpian las oficinas en el centro, las que acompañan los casos de violencia, las que hacen las filas en los hospitales y las que a la noche, cuando llegan a sus casas, preparan la cena haciendo magia con un presupuesto que a cada hora alcanza para menos.

Trueques, ferias, sueltas, donaciones, consejerías, asambleas, talleres, bolsas de trabajo en las redes sociales, merenderos, cooperativas -que desde abajo y con lógicas feministas crecen en cada rincón del país- desacatan el mandato del individualismo neoliberal, ganando terreno en los oficios, deportes y espacios históricamente categorizados como espacios de varones; recuperando y compartiendo saberes ancestrales, de la historia reciente y de las nuevas tecnologías, y sobretodo, manejando otros códigos: los de la solidaridad, la sororidad, la escucha, la sinceridad y el aguante.

Son estas redes, estos encuentros y estas tramas que fuimos construyendo a lo largo de los años, las que nos acompañan y nos bancan en lo individual y en lo colectivo y las que, amalgamadas con la agenda feminista formulada transversalmente en las calles, sostienen a las barriadas, a les niñes, a les viejes, defendiendo y reinventando una y otra vez, el trabajo.

Los gritos furiosos del Ni Una Menos, las calles desbordadas pidiendo por Aborto Legal, la manada del No Nos Callamos Más y el Yo Sí Te Creo, la unidad de las Trabajadoras Somos Todas, y la fuerza sin fronteras del Nosotras Paramos el Mundo, se sustentan, se apoyan y se sujetan en este tejido feminista y devienen alternativas, modos de vida, propuestas y, finalmente, proyecto político para el pueblo todo.

Es por eso que derrotar al macrismo es sólo un piso para nosotres. Nombrar nuestra potencia como proyecto político es hacer valer nuestro trabajo como respuesta a las crisis; y poner por delante nuestra unidad es nuestra responsabilidad para desbordar los límites de lo posible, lo negociable y lo establecido, para poder tramar un futuro feminista. 

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